Con la excepción de que no se engaña a quien se sabe engañado, es el colmo de la indecencia arrogarse galardones por hazañas jamás cumplidas. Resulta de una bajeza y cobardía extremas regodearse intencionalmente por logros que nunca se han ejecutado; y mayor aún es la vileza si con ello se pretende engañar la credulidad ajena, manipulando la percepción pública para construir un pedestal sobre cimientos de barro que, tarde o temprano, terminarán por ceder ante el peso de la realidad.
Qué desproporción tan alarmante existe entre los hechos y la realidad que algunos pretenden fabricar. Es frustrante observar cómo ciertos individuos manipulan la verdad a tal punto de presentar una «media verdad» como un hecho absoluto, olvidando que una verdad a medias no es más que una mentira disfrazada de virtud. En la España de hoy, como en cualquier sociedad que aspire a la integridad, la ética debe ser el filtro que detenga este avance de la impostura que busca confundir el éxito con la mera notoriedad.
Una condecoración es, por definición, una insignia de distinción y de honor. Se gana por la transparencia en un evidente trabajo o sacrificio, realizado a la vista de todo el mundo y capaz de generar una admiración genuina. El lustre que recibe el destinatario nace del reconocimiento ajeno, no de la gestión propia. Es un honor que otros imponen por méritos comprobados y no porque el “condecorado” haya intervenido en su confección, para luego fingir sorpresa como una reina de belleza que ya conocía el veredicto antes de que se abriera el sobre.
Evocando al poeta italiano Ugo Foscolo: “En tiempo de bárbaras naciones, colgaban de las cruces a los ladrones; y ahora en el siglo de las luces, del pecho del ladrón cuelgan las cruces”.
Con este trascendental pensamiento, se evidencia la penosa circunstancia por la cual personas moralmente reprochables son objeto de condecoraciones que, en condiciones de justicia y decencia normalizada, jamás se les otorgarían. Por el contrario, tales individuos deberían ser señalados por sus desafueros morales o por su apología del delito. Existe una disonancia cognitiva y social cuando el delincuente, el corrupto o el mediocre es elevado a la categoría de ejemplo público, distorsionando los valores que sirven de brújula a la juventud.
Imaginemos las acuarelas psicológicas de alguien cuya fragilidad de ego le lleve a montar espectáculos circenses para autocondecorarse. Es una pantomima donde el protagonista cree engañar al espectador, cuando en realidad, todos tienen claro que no hay mérito, sino una burda puesta en escena. Al final, la verdad siempre emerge con la fuerza de un río desbordado, pues no hay zapato, por lujoso que sea, que logre ocultar la naturaleza de quien no tiene el carácter para caminar con dignidad y honestidad.
“El honor no se mendiga ni se asalta; es la sombra que proyecta una vida de coherencia.” Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario