Gezel: la igualdad como esencia del ser

21 de julio de 2026
2 minutos de lectura

«Las necesidades de todos están por encima de las necesidades de pocos o de uno.» — Sr. Spock (Personaje icónico de la franquicia Star Trek, interpretado por Leonard Nimoy en la película Star Trek II: La ira de Khan, 1982)

«La modestia es la forma más elevada de la inteligencia, pues reconoce que el conocimiento es un horizonte que siempre se aleja.» — Antal Szerb (escritor húngaro, reconocido por su maestría en la novela europea y su profunda erudición literaria)

En el corazón de la cultura neerlandesa late un concepto que define su estructura social y su forma de entender la convivencia: el gezel. Esta palabra, breve y contundente, encapsula una filosofía donde el ego se disuelve ante la realidad de que todos somos esencialmente iguales. Mientras que otras naciones construyen jerarquías sobre pedestales de vanidad, el espíritu de esta máxima sugiere que la verdadera dignidad no reside en la superioridad, sino en la capacidad de tratarse como pares, eliminando cualquier pretensión de jerarquía innecesaria que pueda enturbiar la transparencia de las relaciones humanas.

Esta visión de mundo actúa como un freno contra el narcisismo desmedido. En un entorno donde gezel es la norma, sobresalir de forma pretenciosa es visto como una anomalía social. La igualdad no se proclama en discursos vacíos, sino que se practica en la sencillez del trato diario. Se trata de una renuncia voluntaria al estatus como herramienta de control, permitiendo que la autenticidad fluya sin las máscaras que a menudo imponen las sociedades obsesionadas con el poder, logrando una madurez colectiva que permite respirar a una comunidad entera.

Sin embargo, alcanzar este nivel de equilibrio requiere una profunda introspección. Tal como señalaba Sándor Márai (escritor húngaro, célebre por su introspección psicológica y sus crónicas sobre el ocaso de la burguesía centroeuropea), la soledad y la soberbia son los peores consejeros del hombre, pues quien se aísla en su propia autoproclamada superioridad pierde el contacto con la humanidad que lo sostiene. Cuando el individuo deja de ver al otro como un instrumento para escalar y comienza a verlo como un espejo de su propia condición, el conflicto se desvanece. La lección es que la grandeza no es un título, sino un ejercicio de respeto mutuo donde cada ciudadano se sabe parte de un todo.

La implementación práctica de este principio conlleva desafíos. En contextos legales y administrativos, esta horizontalidad suele enfrentarse a la rigidez de sistemas que intentan imponer una verticalidad autoritaria. Los jueces y fiscales deben comprender que la justicia no es el ejercicio de una superioridad, sino un servicio prestado por pares a otros pares, garantizando siempre el debido proceso. Las irregularidades en las investigaciones penales nacen cuando se olvida que la cadena de custodia no es una formalidad, sino el garante de la igualdad ante la evidencia.

Para avanzar, es vital integrar esta visión en la formación de los nuevos profesionales del derecho y la administración pública. Si logramos entender que la función que desempeñamos no nos otorga una naturaleza distinta, habremos dado un paso fundamental hacia una sociedad más justa. Las soluciones a las crisis institucionales no vendrán de hombres que se creen dioses, sino de servidores que aceptan la igualdad como el eje de su responsabilidad, exigiendo una limpieza moral que comience por el reconocimiento del otro como alguien de igual valor.

«La libertad es un ejercicio de disciplina interior, no una licencia para imponerse sobre los demás, pues quien domina a otro se esclaviza a sí mismo.» — László Krasznahorkai (escritor húngaro, galardonado con el Premio Man Booker Internacional por su compleja y visionaria narrativa existencial)

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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