Lo más decepcionante del ser humano es que tiene que inventar alegrías para ser feliz. Por eso obliga al reloj de la Puerta del Sol a dar en diciembre las últimas campanadas del año, como si creyéramos de verdad que la fatalidad acaba o el Presidente de Gobierno ha presentado la renuncia.
Siempre, eso sí, nos enseñan cuándo deben coincidir las uvas con los sonidos, como si a la mañana siguiente tuviésemos que regresar al parvulario. Aunque hemos de reconocer que cada año nos equivocamos en todo de la misma manera, a pesar de que la piedra con la que tropezamos sigue estando en el mismo sitio.
Mientras tanto, el pueblo se deja entretener con los vestuarios de la nochevieja y cuál ha sido la cadena con mayor dosis de vulgaridad. Lo dicho: forzamos ocurrencias para seguir engañados.
La alegría que permanece como una costumbre feliz nace de una conciencia en paz, limpia, honesta y solidaria. Y no necesita campanadas.
Pedro Villarejo