La ministra del ramo, sin perfume de flor que llevarse a la boca, ha despreciado severamente a los jóvenes soñados que se atrevan a cantar el Cara al Sol por nuestras calles. En caso de que así fuera, no sé qué tiene de maléfico un himno que habla de primaveras que ríen esperadas por el cielo, mar y tierra en una España que prefiere mirar al sol de frente desde el amor de Dante, motor del universo y sus estrellas. Poetas como Dionisio Ridruejo y otras almas contaminadas de esperanza, pusieron su pluma en la palabra.
Sin embargo, se aplaude y se permite cantar la Internacional, que arrastra ira en su discurso, cantando sobre parias y opresiones, sobre un pasado que “hay que hacer añicos”, leyes que estorban, desprecio de otros salvadores que no sean “nuestros brazos”.
Los poemas no pertenecen a las dictaduras ni a otras ideologías que no sean la del estremecimiento ante lo que es hermoso. Duele saber que se prohíba aquello que a nadie hace daño, sino más bien recuerda el deseo de una primavera que aún no ha llegado y que, si seguimos por este camino, sufriremos la desolación los jardines.