Hay algo que el Partido Popular lleva tiempo enseñando con sorprendente facilidad: en sus filas el ruido manda más que la disciplina y la bronca cotiza bastante más al alza que la sensatez. El último episodio lo ha vuelto a demostrar. La portavoz popular Ester Muñoz comparó la retención de un militar español por parte de Israel con un simple control de tráfico. Como si una crisis diplomática fuese algo parecido a soplar en un alcoholímetro camino de la playa.
Una frase así no es una torpeza menor. Es una frivolidad. Y en un partido que aspira a gobernar un país, esas cosas deberían tener consecuencias. Pero en el PP casi nunca las tienen.
Ahí reside el verdadero problema de Alberto Núñez Feijóo. Un aspirante a presidente del Gobierno no puede venderse como garantía de orden si no es capaz de ordenar su propia casa. Cuando alguien de tu equipo cruza una línea roja y la respuesta es un encogimiento de hombros y el mutismo desde Génova, el mensaje es bastante sencillo de entender: manda poco, corrige menos y asume todo tarde, mal o nunca.
Lo de Ester Muñoz tampoco es una excepción. Es más bien la norma. El PP lleva tiempo convirtiendo el tono bronco en identidad política. Basta recordar el ya famoso “me gusta la fruta”, el elegante rodeo lingüístico con el que la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso decidió disfrazar un insulto. Un eufemismo que terminó confundiendo el desahogo con el liderazgo y la mala educación con la inteligencia institucional.
Feijóo, que llegó a Madrid prometiendo moderación, parece haberse resignado a convivir con esa banda sonora permanente de provocación y exceso. No corrige, no desautoriza, no impone límites. Observa. Y espera que pase la tormenta. Claro que, cuando nadie controla el timón, la tormenta acaba marcando el rumbo.
Tampoco ayudan ciertos deslices del propio líder popular que arrastra desde hace años. Equivocarse al situar Huelva en el mapa no es una anécdota simpática ni el tipo de detalle que uno espera de alguien que pretende proyectar solvencia internacional. Sobre todo cuando aspira a sentarse en mesas donde los problemas que se discuten no se resuelven con ocurrencias ni con improvisación geográfica. La preparación, en política, no es un adorno: es el mínimo exigible.
Y luego están las versiones que se desmontan solas. Feijóo aseguró que durante la DANA estuvo informado en todo momento por Carlos Mazón. Pero después aparecieron los mensajes y la cronología empezó a hacer aguas. Porque el primer WhatsApp conocido llegó bastante más tarde de lo que se había dado a entender. Otra vez la misma escena: primero se lanza una versión y luego aparecen los hechos. En el PP el problema no es que falle el plan… es que nunca está del todo claro si hay algún plan.
Núñez Feijóo intenta vender serenidad, pero su partido habla otro idioma: más bronco, más altivo, más irrespetuoso, mucho más chabacano y bastante menos institucional. Y él no corrige el acento, ni la gramática ni el tono. O no puede o no quiere. En cualquiera de los dos casos, el resultado es siempre el mismo: un PP donde cada uno va a su bola y un Feijóo al que cada vez le cuesta más que se le tome en serio.
El PP insiste en presentarse como una alternativa responsable de gobierno. Pero la imagen que proyecta empieza a parecerse más a una oficina de Mortadelo y Filemón en plena misión imposible: un día aparece una salida de tono, al siguiente sale un portavoz a explicarla y termina enredándola todavía más, mientras los mensajes del partido parecen pasar antes por el karaoke que por una sala de coordinación. Y en medio de ese desbarajuste, Feijóo intenta ejercer de jefe de la T.I.A.… aunque dé la sensación de que en su partido el mando se sortea por horas.
Pero gobernar un país así, por turnos y con el programa electoral extraviado en algún cajón, suele acabar mal.