El soborno y el sobornario

29 de septiembre de 2025
2 minutos de lectura

«La corrupción es más peligrosa para la libertad de una nación que los enemigos.» – Alexis de Tocqueville

Introducción: Un nuevo vocablo para una moralidad compartida

En el complejo mundo de la corrupción, existen dos figuras que, si bien actúan desde roles opuestos, comparten una misma naturaleza moral. Para nombrar a esta dualidad en una sola palabra, introduzco el vocablo sobornario, un neologismo que describe tanto a quien soborna como a quien es sobornado. Este término se aleja de la simple descripción del acto (sobornador, sobornado) para encapsular la esencia de la complicidad. El sobornario representa la unión de voluntades en un acto deshonesto, donde la corrupción no se entiende como una transacción, sino como una identidad compartida. Este artículo ahonda en las profundidades de este vocablo y en la necesidad de un concepto que abarque las dos caras de una misma moneda.

Como precursor de este vocablo, y dado el significado y la utilidad que el término «sobornario» aporta a la lengua española, me dirijo a la Real Academia Española para que tome en cuenta su incorporación. Este artículo será publicado en Madrid, en las inmediaciones de la RAE, con la intención de que el uso y la lógica del vocablo lo hagan digno de su consideración.

La anatomía de un soborno

Un soborno es la antítesis de un favor. Mientras el favor genuino se nutre de la buena voluntad, el soborno se alimenta de la malicia y del interés propio. No se basa en el aprecio o el afecto, sino en la codicia y la necesidad de manipular un resultado. Es un acto que corrompe la voluntad de quien lo ofrece y de quien lo recibe, creando una deuda invisible, no de gratitud, sino de complicidad.

Esta deuda moral es el verdadero precio del soborno. La persona que lo ofrece, lo hace con la expectativa de un resultado ilícito y, al mismo tiempo, con la esperanza de que su acto le otorgue una posición de poder sobre el sobornado. Por otro lado, la persona que lo recibe, vende su integridad, su ética y su moral, quedando ligada de por vida a un acto que descompone su alma.

Las dos caras del sobornario

El sobornario es una figura con dos rostros, inseparables en su naturaleza.

  • El sobornario activo: Es aquel que propone el soborno. Su motivación puede ser la desesperación, la ambición desmedida o la simple creencia de que todo tiene un precio. Actúa desde la prepotencia de quien cree que el dinero puede doblegar la voluntad ajena. Su acción es una traición a la moralidad, un acto que reduce las relaciones humanas a meras transacciones.
  • El sobornario pasivo: Es aquel que recibe el soborno. Su motivación, al igual que la de la otra parte, puede ser la codicia o una circunstancia apremiante. Al aceptar, este individuo renuncia a su dignidad. Cada billete, cada bien, es un recordatorio de que ha vendido lo que no tiene precio, quedando sujeto a la voluntad de quien lo ha corrompido. La sumisión es el inevitable resultado de este acto.

Ambos, el que da y el que recibe, se degradan mutuamente. Comparten el peso de una misma culpa y una misma deshonra.

Un llamado a la reflexión

El soborno, lejos de ser un mero intercambio de favores, es un cáncer que carcome los cimientos de la honestidad y la confianza. La figura del sobornario, al encapsular a los dos actores de este drama en un solo concepto, nos obliga a reconocer que en un acto de corrupción, la culpa y la responsabilidad son siempre compartidas. El soborno no es un acto aislado, sino una cadena de complicidades que degrada tanto a la persona como a la sociedad en su conjunto.

«El alma de un hombre honrado es el templo de su integridad.»

«Yo soy humano y nada de lo que es humano me es ajeno.» – Terencio

Crisanto Gregorio León – Profesor Universitario

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