Cada 6 de enero, la tradición cristiana revive una escena cargada de simbolismo: la llegada de los Reyes Magos al pesebre con sus ofrendas. Oro, incienso y mirra. Mientras los dos primeros regalos suelen entenderse con facilidad, la mirra sigue despertando preguntas, curiosidad y reflexión. ¿Por qué entregar a un recién nacido una sustancia tan ligada al dolor y a la muerte? La respuesta no es simple, pero sí profundamente humana y espiritual.
La mirra es una resina aromática extraída de árboles del género Commiphora, originarios del noreste de África y de la península arábiga. En la antigüedad era un bien escaso, difícil de obtener y extremadamente valioso, hasta el punto de rivalizar con el oro. Su aroma intenso, amargo y persistente la convirtió en un elemento esencial en rituales, medicinas y ungüentos sagrados.
A diferencia del oro, símbolo de realeza, y del incienso, asociado a lo divino, la mirra tenía una connotación más compleja. Estaba vinculada al cuerpo, al dolor, a la mortalidad. Por eso, su presencia en el nacimiento de Jesús resulta tan poderosa. No fue un regalo casual, sino un mensaje simbólico: aquel niño no solo sería rey y Dios, sino también humano, con un destino marcado por el sufrimiento y el sacrificio.
Este gesto anticipaba una de las ideas centrales del cristianismo: la dualidad entre lo divino y lo humano. La mirra, silenciosa y discreta, ya anunciaba que la vida de Jesús estaría atravesada por el amor, pero también por la entrega y el dolor, según La Vanguardia MX.
En los tiempos bíblicos, la mirra tenía usos tanto prácticos como espirituales. Se empleaba como analgésico natural, antiséptico y componente clave en tratamientos curativos. También se quemaba en ceremonias religiosas para purificar espacios y acompañar la oración, creando una atmósfera de recogimiento y trascendencia.
Uno de sus usos más significativos era el funerario. La mirra se utilizaba para ungir cuerpos y ralentizar su descomposición. No es casual que los evangelios mencionen que Jesús fue tratado con mirra tras su crucifixión. Así, la sustancia aparece tanto en su nacimiento como en su muerte, cerrando un ciclo simbólico profundamente coherente.
Este detalle refuerza la idea de que la mirra no fue el regalo más extraño, sino quizás el más revelador. Un obsequio que hablaba del sentido de la vida, del dolor y de la esperanza. Un recordatorio de que, incluso en el pesebre, ya estaba presente toda la historia humana de Jesús.