El ‘generoso’ teniente coronel de Lugo que se transformó en malvado cuando su subordinada le dijo que ‘no’

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Una imagen de archivo de la oficina del Defensor del Pueblo.

A seis meses de suspensión de empleo y sueldo ha sido condenado por el Tribunal Supremo un teniente coronel del Ejército de Tierra, cuyas iniciales son Miguel G. S., jefe de campo de maniobras de tiro de la base de Guitiriz, en Lugo, por acoso sexual contra una subordinada, la soldado M. M. N.. El teniente coronel se sintió atraído por ella e hizo lo indecible, la colmó de privilegios frente a otros colegas, con tal de conquistarla. Desayunaba con ella, la ascendió, le aumentó el sueldo, le permitía llegar más tarde al trabajo e incluso llevarse a dormir a sus hijos al cuartel cuando le tocaba guardia… Eso sí, a cambio no dejaba de llamarla por teléfono a deshoras y trataba de prolongar los diálogos con temas ajenos al ámbito castrense. Y le hacía sugerencias a través de mensajes en los que le expresaba sus deseos sexuales.

Al resto de la tropa incluso llegó a molestarle el descarado trato de favor que Miguel G. S. mantenía con la soldado, a la que con frecuencia llevaba a casa y a desayunar o tomar algo en el coche oficial. Todo empezó después de que la soldado se divorciase de su marido y lo denunciase por maltrato. Luego, ella comenzó a salir con un cabo de la misma base militar. Pero al teniente coronel parecía no importarle. Estaba cegado con ella y se dejó llevar por la arbitrariedad en sus decisiones. En una ocasión, ella fue hospitalizada por un problema de riñón, y raro era el día que él no acudía a visitarla a la habitación. El novio recuerda que estando él allí, y ella con la bata hospitalaria puesta, cuando se levantaba de la cama, con la bata por la espalda semiabierta, él la miraba de soslayo. Todo fue muy bien hasta que ella empezó a cansarse. Tras una bronca entre ellos, las atenciones y privilegios desaparecieron. Y apareció su faz más malvada.

M. M. N. se divorció de su exmarido en 2017, al que denunció por maltrato psicológico. El teniente coronel comenzó a acercarse a ella. Tanto que la ascendió a jefa de la secretaría del cuartel, pese a que no reunía los méritos. Pero Miguel G. S. era el que mandaba allí y nadie abrió la boca. Y el contacto entre ambos fue a más. Él empezó a llamarla a deshoras y hacerle sugerencias sexuales. La llamaba casi todos los días con alguna excusa profesional que luego derivaba en aspectos personales.

«Tgdt [tengo ganas de tí]»

El 5 de mayo de 2017, ella recibió en WhatsApp un mensaje del teniente coronel, donde le ponía el acrónimo “tgdt”. E inmediatamente le pidió disculpas. “Perdóname”. Y ella respondió: “¿xk?” [por qué]. “¿No sabes lo que quieren decir esas siglas?”, le preguntó él. “No, la verdad. Ah, ¿lo que me escribió usted al mediodía? Pensé que se había colado…”, dijo ella. “Jajajaa, no”, replicó él. “Ha sido a conciencia (…) Si no te enfadas te digo lo que significa”. “No me enfado, pero casi mejor que no me lo diga”, zanjó ella.

Durante meses hubo más mensajes insinuantes. Fue un tiempo de privilegios: ella podía entrar a trabajar a las 9.30 y así poder llevar a sus dos hijos al colegio, sin merma de salario, una medida de conciliación que jamás se había aplicado antes en el cuartel a nadie. Se lo permitió a cambio de mantener una “disponibilidad permanente y de prestar servicio los días en que estuviera saliente de guardia, y permitiéndole además que se llevase a sus hijos a dormir al cuartel cuando le tocase guardia». Así lo dice una sentencia de la Sala de lo Militar del Supremo que ratifica una sanción de seis meses de suspensión de empleo y sueldo por acoso sexual a esta soldado.

Entre los privilegios, también tenía un suplemento económico especial por llevar la secretaría. Y casi a diario dispuso del coche oficial, junto al teniente coronel, para bajar a media mañana ambos a tomar café a un bar regentado por una amiga de ella, café al que también solía unirse un brigada del cuartel amigo del jefe. Muchas veces él la llevaba a su casa e incluso subía a su domicilio. No hay constancia de que hubiese nunca entre ellos una relación íntima.

En una ocasión, ella le contó a su benevolente jefe que se sentía acosada por un brigada de la Guardia Civil que era cuñado de su exmarido. Dijo que la vigilaba y perseguía. El teniente coronel no tuvo empacho en ir al cuartel de la Guardia Civil y preguntarle al mando que qué se podía hacer para evitar esa situación. Cuando estaban solos, él se permitía tocarle el pelo, el brazo, o la nuca. Pero la soldado siempre dejaba entrever que no le gustaba ese acercamiento físico. Ella llevaba el pelo rubio. “Tengo debilidad por las rubias”, le comentó más de una vez su jefe. Pese a que tenía un conductor asignado por ser el mando de la base, durante un tiempo prefirió que ella fuese su chófer para sus asuntos personales.

Pero, a partir de septiembre de 2018, todo cambió. Ella cortó toda relación extraprofesional y la respuesta del teniente coronel fue inmiscuirse en su vida cotidiana más allá de lo permisible. Tras haber estado visitándola en el hospital a diario, ella siguió de baja durante algunos días más. Y no le hacía mucho caso. Un día, estando de baja, en el bar de su amiga, donde solían ir los dos al mediodía a tomar café, él la telefoneó, y le soltó, enfadado: “Si estás bien para ir al bar, estás bien para venir a trabajar. Yo te puedo dar de alta, tengo potestad para eso”, le dijo. Ella fue al médico y se dio el alta. La relación personal empezó a deteriorarse.

«Está loca, lo que tiene es un trastorno alimentario»

El 12 de octubre de 2018, la soldado sufrió un desvanecimiento por una bajada de azúcar. Era su cumpleaños. Su novio, un cabo de la misma base militar, la llevó al hospital. En el trayecto él llamó dos veces al cabo, quien le explicó lo sucedido. Por la tarde, el teniente coronel fue a visitarla a su casa en unión de la amiga de ella del bar, donde iban antes a tomar café. Ya en casa, contó el teniente coronel al novio: “No le pasa nada; yo sé lo que le pasa”, le dijo. “Está loca, lo que tiene es un trastorno alimentario; y se ha inventado lo del bajón de azúcar”. La soldado se enfadó al oírle y mandó a todos que se fueran y la dejaran sola con su jefe y con su amiga del bar. «No tengo ningún trastorno alimentario; el problema eres tú», le dijo. Discutieron y ella acabó echándolo de casa.

Una semana después, el jefe convocó una reunión en el cuartel con ella, su amiga de la cafetería, que era una civil, el novio y un brigada amigo del jefe. Tras mandar callar a la soldado, la acusó de haber difundido un vídeo suyo de contenido sexual. Su testigo era la chica del bar, la amiga de la soldado, que lo corroboró. La soldado pidió entonces, muy enfadada, que se fuesen todos del despacho. Y le soltó al teniente coronel: «Saca el móvil, que aquí vamos a hablar de todo…». El jefe le advirtió que su conducta era sancionable, y ella le repuso que lo iba denunciar por abuso de autoridad y por los mensajes suyos que guardaba en el móvil.

Una semana después, el jefe la llamó y le dijo: «Se te han acabado los privilegios, tienes que entrar a la hora normal al servicio, y te buscas la vida con tus hijos». La soldado fue a hablar con un brigada para que se le aplicase las medidas de flexibilidad horaria, pero este le indicó que el único que podía aprobarlas era el teniente coronel. Pese a ello, el teniente coronel no dejaba de inmiscuirse en la vida de ella. En marzo de 2019, telefoneó al comandante de puesto de la Guardia Civil para preguntarle quiénes eran los guardias que él veía que rondaban a veces la casa de ella. Este le dijo que eran agentes que solían hacer vigilancia porque ella tenía denunciado por maltrato a su exmarido.

«Es mi soldado»

«Es mi soldado, cada vez que vayan a casa tenéis que informarme», le dijo al comandante de puesto. En otra ocasión habló con el director de un colegio (se presentó sin cita previa en las instalaciones educativas junto a un brigada del cuartel, vestidos ambos de uniforme) para preguntarle si ella, «mi soldado», había omitido la obligación de ayudar a una escolar que, durante una excursión, se sintió indispuesta al pasar frente de la casa de la soldado. Le pidió información al director alegando que era su obligación saber si ella había atendido o no a la escolar correctamente. El director le dijo que sí la había atendido, si bien le comentó que no llegaba a entender el motivo de su visita allí. «Es una soldado bajo mi mando y tiene dos hijos en este colegio; los soldados somos soldados las 24 horas del día», le dijo al director. «Y he de saber si ha cometido una falta del deber de auxilio».

La soldado se hartó del acoso y pidió entrevistarse con el coronel jefe de la base, que estaba en Valladolid. No explicó el motivo de la entrevista, pero el coronel, precisamente por ese detalle, ordenó al teniente coronel que le facilitase el salvoconducto porque iba a recibirla y oírla. Ella le contó todo y este abrió un protocolo de acoso sexual. Los psicólogos que la atendieron la notaron «triste, y a veces rompía llorar; ansiedad y depresión», por lo que aconsejaron un distanciamiento del teniente coronel. Ella describió que hacía dos años que se sentía acosada. Y que llevaba mucho tiempo con «insomnio, sueño intermitente y no reparador; que se sentía cansada y que temía las represalias del jefe», al tiempo que expresó «un sentimiento de culpa por no haber sabido frenar desde un principio la actitud del teniente coronel», y que incluso llegó a pensar que, quizás, sin desearlo, con su cordialidad, había podido crear en él cierta confusión y que durante mucho tiempo «intentó evitarle».

Después de todo esto, el Ejército abrió un expediente al teniente coronel y el Ministerio de Defensa le impuso seis meses de suspensión de empleo y sueldo. Acudió a los tribunales militares, que confirmaron la sanción. Y ahora lo ha hecho el Tribunal Supremo en una sentencia a la que ha tenido acceso FUENTES INFORMADAS en la que describe el asedio sufrido por esta soldado tras decirle no a su jefe.

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