Salvo excepciones, cada uno muere como ha vivido. Porque las últimas señales de la vida condensan lo más destacado, lo sobresaliente de los años. A mayor lucidez más dolorosa la agonía, que tiende a lamentarse de lo que debió hacer y quedó deshecho o de lo que se hizo mal y ya no hay tiempo para corregir. Morirse es un desvelo, una encrucijada de asombros que se enternecen si hemos sido capaces de responder a la pregunta que inquietó siempre a don Miguel de Unamuno: “El problema no es para qué se vive, sino para quién se vive”.
Escuchando la sentencia teresiana de que “las cosas terminan como se principian”, esta legislatura empezó con mentiras calculadas, con enredos de prestidigitador y con asistencias de cinismo, aprovechando una timorata actitud de quien debió empuñar otro coraje para defenderse.
Acabado el ciclo irremediablemente, debieran tener la dignidad de buscar una mortaja adecuada que revistiera de generosidades lo que nunca fueron sino atropellos y concomitancias para que cada uno vendiera a precio de oro sus votos necesarios. Aunque sólo sea al final, háganle un favor a España.
Pedro Villarejo