El Adviento, la memorable espera del Rey que transforma el corazón

29 de noviembre de 2025
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La conmemoración de la triple venida

«El Adviento nos recuerda que Jesús ha venido, pero que también volverá. Es una doble venida, una a la carne y otra en gloria.» — Cardenal Raniero Cantalamessa

El tiempo litúrgico de preparación para la Navidad, el Adviento, la memorable espera, se traduce en inimaginable júbilo de exaltación divina al ver el fruto de la gloria del Padre que, encarnado en María Purísima, es donado para la limpieza de nuestras almas y la transformación de nuestros corazones. Esta estación, que marca el inicio del Año Litúrgico, no es simplemente una cuenta regresiva; es una profunda meditación sobre el concepto central de la venida de Dios a la historia.

La profundidad teológica de la espera

La riqueza teológica del Adviento, como nos recuerda San Bernardo de Claraval, se centra en una triple venida de Cristo:

  1. La venida histórica (en la carne): Es la que conmemoramos en la Natividad, el cumplimiento de las profecías. El nacimiento de un Rey al que los reyes de la tierra verán y se pondrán en pie, a quien los príncipes se inclinarán (Isaías 49,1-16). La magnífica bienaventuranza del nacimiento de Jesús, el Unigénito, el Predilecto del Señor de los Cielos, de aquel en cuyo rostro y alma se satisface y recrea el diseñador y constructor del universo; aquel en quien el Padre se enaltece, se ha dignado nacer entre los hombres, para liberarnos, para ser ejemplo de amor. Un prodigio de niño, que es la esperanza de los pueblos y de las naciones de la tierra, un niño que llena de gozo los corazones de los hombres de buena voluntad y de los hombres mansos.
  2. La venida mística o intermedia (en el espíritu): Es la venida diaria y constante a nuestra alma. El Niñito Jesús, que es pura dulzura, pura ternura, pura inocencia, puro amor y todo alegría, nos llama al reencuentro fraterno, a la entrega y al perdón, al arrepentimiento y a la paz, a la transformación, al nacer de nuevo, a la reconciliación, al sacrificio, a la oración, a la alabanza al Padre y nos extiende sus tiernas manitas para caminar con él, para que seamos dócil rebaño que él pueda pastorear. La Natividad del Hijo de Dios es, en este sentido, tiempo para que Jesús nazca también en nuestros corazones y se apodere del timón de nuestras vidas, para navegar en aguas llenas de fortaleza divina, orientados con la brújula de su palabra y el faro de su esperanza.
  3. La venida escatológica (en la gloria): Es el retorno final de Cristo al final de los tiempos, que nos impulsa a la vigilancia y la esperanza activa.

La orona de Adviento: un símbolo de vigilancia

Para vivir esta cuádruple preparación —que va de la vigilancia escatológica, pasa por la voz de Juan el Bautista, se centra en María y culmina en la cuna—, la Iglesia nos ofrece la corona de Adviento.

● Su forma circular representa la eternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, sin principio ni fin.
● El follaje verde (pino o abeto) simboliza la vida y la persistencia de la esperanza.
● Las cuatro velas representan las cuatro semanas de la espera:

  • Primera (morada – esperanza): Nos recuerda la profecía y la necesidad de vigilia.
  • Segunda (morada – paz): Evoca la paz que Cristo viene a traer al mundo, pidiéndonos la reconciliación.
  • Cuarta (morada – amor): Simboliza el amor supremo de Dios que se manifiesta al enviar a Su Hijo.

Nuevamente conmemoramos la llegada del cordero. Estamos a tiempo para hacer menos pesada su cruz y su sacrificio, reconozcamos la trascendencia de su entrega y que tanto amor no sea en vano. El Adviento nos exige despojarnos de la somnolencia espiritual, revestirnos de las obras de la luz y clamar con fe: ¡Maranatha, ven Señor Jesús!

«El Adviento es caminar juntos, acompañados por el Señor, que viene a nuestro encuentro. Es un tiempo de gracia y de esperanza.» — Papa Francisco

Doctor Crisanto Gregorio León,

Profesor Universitario, ex- sacerdote

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