Quizá haya nombres que llegan a la Plaza de Las Ventas envueltos en ruido, pero hay otros nombres con mérito que llegan al ruedo de la cátedra avalados por el peso de sus hechos. El próximo 12 de abril, el albero de Las Ventas sentirá las zapatillas de un novillero con caballos que no entiende de medias tintas: Jesús Romero, a quien muchos ya llamamos con respeto «El Alcarreño».
No quiere venir Jesús Romero a Madrid a probar fortuna, sino a ratificar una trayectoria escrita con verdad y triunfos rotundos. Su esportón guarda el eco de tardes que son historia: cuatro orejas y un rabo en La Solana, otra gloria máxima en Villamayor con idéntico botín de orejas, y salidas a hombros en Sigüenza y Azuqueca de Henares.
Pero es en la suerte suprema donde muchos miden al torero. Y en esa hora de la verdad, tiene el premio por la mejor estocada en plazas de máxima exigencia como Arganda del Rey y la feria de Calasparra.
«El Alcarreño» llega a la calle de Alcalá con el marchamo de los que saben torear y, sobre todo, de los que saben matar de ley. Madrid tiene una cita con la honra; Madrid tiene una cita con la entrega absoluta de este joven guerrero.
Quien escribe estas líneas no se confiesa taurino, ni es habitual de las ferias. Sin embargo, si la rueda de la reencarnación me permitiera elegir destino una vez acabados mis días, elegiría mi nuevo destino con la certeza que da el orgullo y la dignidad: yo sería toro bravo.
No aceptaría el destino del buey, esa sombra mansa de lo que pudo ser. No querría arrastrar la existencia bajo el peso de un yugo que dobla la cerviz, con el alma amputada por la castración y el cuello castigado por las mataduras.
No nací para servir de motor a un arado en un surco infinito. Tampoco elegiría la vida de la vaca de pesebre, esa prisionera de la paja seca. No querría ser una máquina de leche, atada a un muro, sintiendo el tirón mecánico en las ubres mientras el tiempo se escapa entre cuatro paredes.
Yo elegiría reencarnarme en rey de la dehesa. Querría vivir bajo el cielo abierto, dueño de las sombras de las encinas y del horizonte de campo bravo. Prefiero el orgullo de la mirada limpia y la fuerza indómita de quien se sabe libre.
Porque si el final es inevitable, prefiero que me encuentre con la sangre caliente, en el fragor de la pelea y defendiendo mi casta hasta el último aliento. No quiero la muerte aséptica, humillante y gris, en el silencio de un matadero, asesinado en frío entre azulejos blancos. Si ha llegado mi hora y he de irme, que sea luchando; si he de ser algo, que sea bravo. Por eso, al ver la pureza, valentía y arte de un novillero de caballos como Jesús, le dedicaré unos versos, en mi propia publicación con el título de “ser toro bravo quisiera, después de mi reencarnación.”