A las diez de la mañana del 23 de enero de 1960, el océano Pacífico parecía tranquilo frente a la isla de Guam. En la superficie no pasaba nada extraordinario. Pero bajo el agua, Jacques Piccard y Don Walsh estaban a punto de hacer historia.
Dentro del batíscafo Trieste, una cápsula metálica del tamaño de un coche pequeño, comenzaron un descenso que nadie había logrado antes. Su objetivo era claro: llegar al punto más profundo conocido de la Tierra, la fosa de las Marianas. No había margen para errores. A medida que bajaban, la oscuridad lo devoraba todo.
El viaje duró cinco horas. Cinco horas cayendo lentamente hacia un abismo de 11.033 metros. Allí abajo, la presión es 1.086 veces mayor que en la superficie. Cualquier fallo, cualquier grieta, significaba una muerte inmediata.
A medida que el ‘Trieste’ se hundía, la luz desapareció por completo. No había referencias. No había colores. Solo silencio, acero y fe en la ingeniería.por
Cuando por fin tocaron fondo, lo hicieron en un lugar donde ningún ser humano había estado jamás.
Durante unos minutos, observaron el paisaje más hostil del planeta. Un mundo aplastado por la presión, frío, inmóvil y extraño. Contra todo pronóstico, incluso vieron vida moviéndose en aquel infierno submarino.
Después, iniciaron el regreso.Cuando el Trieste emergió de nuevo, Piccard y Walsh no solo habían bajado al punto más profundo del océano. Habían demostrado que el ser humano podía enfrentarse al límite absoluto del planeta… y volver para contarlo.