Don Servando, el maestro

9 de mayo de 2023
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don Servando
Aula. | Fuente: Ayuntamiento de Madrid / Europa Press

La calle Poblaciones, como casi todas las calles de casi todos los pueblos, se vestían de un blanco inmutable en las fiestas que, con el tiempo, el sol quemaba. Sus farolas, apenas alumbraban las blusas grises de los hombres que pasaban al atardecer vendiendo quesos o tiestos de macetas o pregonando las noticias por orden del señor alcalde. 

A mitad de la calle, en una casa medianamente palaciega, vivía solo don Servando, que era maestro sin oposiciones, pero que no le hacía falta, ya que todos ponderaban su cultura, manifestada claramente en su conversación y en sus maneras. Tan aplaudidas eran las clases de don Servando que muchas familias estaban pendientes de cuando se quedaba libre una plaza en su escuela, ya que él sólo admitía doce alumnos, ni uno más, porque estaba convencido de que con trece, catorce o quince se disipa cualquier aprendizaje. 

Las gentes de los pueblos, que lo hablan todo, dijeron que don Servando venía de una familia carlista expulsada de Navarra, como tantas otras de distintas ideologías que se acomodaban, casi anónimamente, en los diferentes pueblos de España. Para don Servando el rey Alfonso XIII no era el rey legítimo, sino el descendiente de don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII y tío de Isabel II… líos de familia y estirpes que en nuestra tierra continuamente han llenado de sangre las banderas.

Sobre la fachada de su casa, don Servando exhibía un escudo con águilas y guerreros que en el pueblo interpretaban como un signo de que los vencidos tienen que aparentar con filigranas la impotencia de no haber sido vencedores. 

Don Servando debía tener dinero más que suficiente porque no cobraba a sus alumnos; él recibía lo que buenamente estuviera al alcance de las familias. O nada. Su riqueza consistía en verlos crecer a cambio tan solo de agradecimiento. Porque don Servando refirió más de una vez que el mejor tesoro es el saber que se regala.

Los rostros que exhibían su dignidad magisterial, de buenas o malas pulgas sobre su largo bigote, anunciaban la valía de aquellos niños y niñas que iban creciendo a su lado. O que no tenían más remedio que irse en busca de un oficio, según don Servando les aclaraba su mérito o incapacidad para los estudios.

Y acertaba. 

Aun así, no todos los que estudiaban en la escuela de don Servando eran alumnos aventajados, porque alguno que otro se le colaba de vez en cuando en la elección. Un día escuché sin pretenderlo cómo el maestro, muy enfadado, recriminaba a solas a Liberto su falta de interés en aprender los temas que correspondían a esa mañana. Don Servando le decía a Liberto:

-Tonto eres tú, tonto tu padre, tonto tu abuelo… llegarás a ser alcalde o presidente porque, como no sirves para nada, puedes ser cualquier cosa.

Y Liberto se reía con una risa menuda al convencerse que don Servando tenía razón, que él llegaría a muy altas responsabilidades. 

Algunos días don Servando con el bigote tieso y el dedo de señalar, guiando a un compañero le advertía:

-Tú eres como Einstein, que lo preguntas todo.

-¿Y eso es malo, don Servando?, volvió a preguntar el amigo con temor de niño.

-No. Porque gracias a que Einstein lo preguntaba todo, casi todo lo sabía. Aunque hay cosas que no conviene preguntar porque, o no tienen respuesta o pueden incomodar a quien las escucha. Debes saber, hijo mío, que muchas preguntas son como viejas heridas que nunca cicatrizan.

Don Servando no era muy religioso. Pero sus clases las comenzaba con la señal de la cruz. Y la Trinidad Santísima se quedaba con ellos toda la mañana.

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