Cuando lo que se es no puede ejercerse, terminan las potencias atrofiadas y las voluntades reducidas a un uniforme maltrecho. En Ceuta le han asignado a los militares una especie de “revolución de los claveles”, donde las balas se transformen en rojeces aromáticas para embelesar al enemigo. Los soldados allí no llevan armas, por si acaso se dispara alguna sin querer y la flor deja una herida. De cada cuatro, uno sostiene un fusil en su mano a modo de símbolo persuasorio sin munición, supongo, para no caer en el peligro de los riesgos.
La señora ministra de Defensa (de la guerra también, cuando hace falta) es, como el rey Ramiro I, mitad monje, mitad soldado. Unos días se levanta como madre superiora de las ursulinas y otro con el pecho abierto de guerrera. Prefiere que sus subordinados se defiendan con caricias y, en caso de que los invasores se subleven indebidamente, que les den una leche en el sitio más blando de su mejilla, no vaya a marcarse la cicatriz con la exageración de la violencia.
Nuestros soldados no saben ya cómo ponerse: han comprobado que los invasores tienen más fuerza porque tienen más hambre, pero lo suyo, según la ministra, es que sigan sembrando magnolios en la arena.