Probado está que, ni de lejos, Maduro ganó las últimas elecciones en Venezuela. Una red tupida de intereses y maleficios cubrió las urnas de engaños para que, a los de siempre, no se les acabara la desmesura. Ocho millones tuvieron que exiliarse a la fuerza; la mitad de los que quedaron, soportan una miseria entristecida.
Cuando esto ocurre, ¿quién defiende a un pueblo de mandatarios ilegítimos, de inacabables prepotencias?
Los ortodoxos de insólitas posturas esgrimen derechos democráticos sesgados, como en España ocurre con los políticos aprovechados que viven y visten de oropeles. Ya han levantado el grito al considerar un atropello la intervención de Estados Unidos contra el narco y las indignidades, olvidándose de un pueblo que sí está en extremo sometido.
Colateralmente puede que haya también intereses espurios en la intromisión… pero de un solo manotazo se quedó Zapatero sin trabajo y los explotadores sin destino.