Cuando Europa se deja humillar por Trump

19 de enero de 2026
4 minutos de lectura
El presidente republicano Donald Trump le echa un pulso a Europa. / Imagen generada con IA

La amenaza sobre Groenlandia no es una excentricidad del presidente estadounidense, sino el síntoma de una Unión Europea dependiente, lenta y sin capacidad de respuesta.

Es un aviso. Otro más. Donald Trump habla de Groenlandia como si fuera un activo inmobiliario: «comprarla», «asegurarla por razones estratégicas», «protegerla». Palabras propias del siglo XIX, no de la diplomacia actual. El problema, sin embargo, no es solo el lenguaje, sino el contexto: el tablero internacional se juega a golpe de fuerza y Europa sigue comportándose como si estuviera en un seminario de Bruselas.

Groenlandia no es un paisaje remoto cubierto de hielo y osos polares. Es geopolítica en estado puro: rutas marítimas en el Ártico, minerales, bases militares y control territorial. En una palabra, dinero. Cuando Trump habla de la isla no lo hace como socio ni como aliado, sino como dueño, dando por hecho que Europa es su patio trasero.

¿Hasta cuándo va a tolerar la Unión Europea Europa que otros países decidan por ella?

Durante décadas, el proyecto europeo se ha sostenido sobre dos dependencias frágiles y peligrosas: la energía rusa y la protección militar estadounidense. La primera quedó al descubierto cuando el gas se convirtió en un arma de presión política; bastó con que Moscú cerrara el grifo para evidenciar la falta de alternativas europeas. Con la segunda ocurre algo parecido. La OTAN ofrece seguridad, sí. Pero también limita. Sin el paraguas militar de Estados Unidos, Europa no tiene plena autonomía para proteger su espacio aéreo. Y cuando Washington señala a un país como adversario, Bruselas suele alinearse, le convenga o no.

El resultado es un continente de 450 millones de personas, primera potencia comercial del mundo, comportándose como un adolescente que pide permiso para todo. Así es imposible ejercer influencia.

Estados Unidos actúa siempre en función de sus intereses. Con Biden, de forma más educada; y ahora con el republicano, a lo bruto y sin disimulo. Ya lo dejó claro en su primer mandato, aunque muchos prefirieron no tomárselo en serio: Europa no es un socio prioritario, es un mercado y, a menudo, un cliente. Trump ha vuelto y el mensaje es el mismo, solo que con el volumen más alto. Primero América, y después, si queda espacio, también. Ante este escenario, Europa necesita abordar dos emancipaciones urgentes:

  • Independencia energética total. Ni gas ni petróleo sujetos a presiones políticas. La Unión Europea debe impulsar energías renovables a gran escala, gestionar la energía nuclear donde sea necesario, reforzar el almacenamiento y completar las interconexiones entre Estados miembros. Diversificar suministros y priorizar la soberanía tecnológica en renovables no es una opción ideológica, es una necesidad estratégica.
  • Autonomía militar creíble. No se trata de romper con la OTAN, como pretenden algunos discursos simplistas, sino de dejar de actuar como dependientes. Europa necesita una capacidad defensiva propia, operativa y disuasoria, que le permita proteger sus intereses sin pedir permiso a Washington.

Frente al ‘America First’, ‘Europe as a pillar‘. Ya no bastan los comunicados tibios ni las declaraciones de “profunda preocupación” que no intimidan a nadie. Si Europa se sigue dejando tratar como si fuera la casa de Florida de Trump, debe responder como bloque, con herramientas de presión acordes a su peso histórico:

  • Visados obligatorios para estadounidenses que entren en la Unión Europea. Si Estados Unidos exige requisitos a los ciudadanos europeos, los estadounidenses deben afrontar controles equivalentes para entrar en la UE. Se acabó el turismo gratuito.
  • Sanciones comerciales selectivas cuando se vulneren intereses europeos, mediante aranceles o la suspensión de acuerdos. Usar el mayor mercado del mundo no es una escalada bélica, es hacer política con dientes.
  • Condiciones a empresas y fondos de EEUU. Acceso al mercado europeo, sí, pero bajo reglas europeas. Y bloqueo de contratos públicos si existe riesgo de dependencia estratégica.
  • Autonomía en política exterior. No toda crisis o conflicto internacional de Washington debe convertir automáticamente a Europa en parte implicada.
  • Revisión del estatus de las bases militares estadounidenses en suelo europeo. No se trata de expulsarlas, sino de establecer pautas, fijar obligaciones, límites de actuación y contribuciones económicas. Quien está en tu casa debe respetar tus reglas, no imponer las suyas.
  • Inversión en defensa y tecnológica. Europa debe dejar de comprar seguridad fuera y empezar a producirla dentro, con proyectos industriales comunes que funcionen y garanticen independencia. A día de hoy, la autonomía es una inversión, no un gasto prescindible.
  • La creación de un Consejo de Seguridad Europeo. Un órgano reducido, permanente y con poder ejecutivo, sin Estados Unidos y sin vetos. Decidir rápido, actuar rápido y hablar con una sola voz cuando haya amenazas reales.
  • Fin a la hegemonía del dólar. Uso obligatorio del euro en contratos energéticos, materias primas y acuerdos estratégicos dentro y fuera de la UE. El dinero también es poder político, y Europa lo tiene, pero no lo ejerce.
  • Auditorías legales y fiscales. Investigación y congelación preventiva de activos, negocios e inversiones vinculadas a Trump y a su entorno en la Unión Europea. Quien quiera atacar a Europa debe saber que pagará un precio.

Ese es el lenguaje que entiende Donald Trump: cuando le plantas cara, te escucha; cuando le sonríes, te pisa. El problema no es un presidente que grita, presiona y amenaza. El problema es que puede hacerlo. Porque sabe que, pase lo que pase, Europa protestará en voz baja, pondrá cara de disgusto… y al día siguiente todo seguirá igual: fotos, apretones de manos y sonrisas en las cumbres internacionales.

La Unión Europea no puede estar dirigida por políticos que confunden diplomacia con sumisión. En este escenario, no actuar es más peligroso que equivocarse.

Europa tiene dos caminos: espabilar y empezar a comportarse como la potencia adulta que debería ser —política, energética y militarmente—, con líderes capaces de ejercer y exigir respeto; o resignarse a que otros decidan por ella e impongan sus normas. Mientras continúen las dependencias, Europa seguirá siendo un tablero, no un jugador. Y con dirigentes como Trump, la segunda opción no es prudente: es suicida.

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