El México virreinal fue una potencia global admirada por príncipes daneses y científicos alemanes. Sin embargo, para tapar los fracasos de la administración actual, el Gobierno de México prefiere resucitar la falsa leyenda negra y declarar una guerra eterna a los muertos.
Gobernar el presente es un dolor de cabeza en México.
Por eso, en la tierra de los mariachis, ahora se prefiere gobernar el pasado. Los muertos tienen ventajas imbatibles: no conceden entrevistas, no pueden defenderse, no publican datos de homicidios y, sobre todo, no votan.
La insistencia del Gobierno de Claudiabel, la del triste nivel, en exigir que España pida perdón por la conquista es una genialidad del ilusionismo.
Resulta fascinante ver a una administración tan obsesionada con las heridas virreinales de hace cinco siglos, mientras el México real desangra sus mañanas en Sinaloa o Guanajuato.
Es una simple cuestión de comodidad burocrática: siempre será más fácil exigirle cuentas a un rey que pacificar a los cárteles. La historia no protesta; los vivos sí.
Para sostener este teatro, el relato oficial necesita una amnesia histórica impecable.
Venden que el virreinato de la Nueva España fue un largo apocalipsis de saqueo y miseria. Y olvidan el incómodo detalle de que la actual Ciudad de México no era una colonia exprimida al estilo anglosajón, sino la metrópoli más rica, culta y pujante del planeta.
Tenía universidades, hospitales gratuitos y una moneda global, el Real de a Ocho, mucho antes de que Nueva York fuera algo más que un pantano habitado por castores.
Incluso los observadores menos sospechosos de simpatía con la Corona española quedaron atónitos ante aquel esplendor.
En el siglo XVI, el príncipe danés Fray Jacobo Daciano, cruzó el océano y defendió la madurez de las instituciones americanas frente a quienes pretendían rebajarlas, dejando por escrito que «los nativos de estas tierras poseen un orden social, una razón y una capacidad política iguales o superiores a las de muchas naciones de Europa».
Siglos después, el famoso geógrafo, naturalista y explorador alemán, Alexander von Humboldt, en su célebre ensayo político sobre el reino de la Nueva España, publicado originalmente en francés en 1811, su obra cumbre, daba gran valor al primer gran estudio científico, estadístico y sociopolítico sobre el territorio que hoy es México. De hecho, analizó de forma minuciosa la geografía, la demografía, la minería, el comercio y la administración del virreinato justo antes de que estallara la guerra de Independencia.
Inmortalizando aquel florecimiento al afirmar textualmente que:
«Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México».
«La Europa misma apenas tiene un museo de historia natural tan completo ni laboratorios químicos tan perfectos como los que yo he visto allí», decía. México no era el sótano del mundo; era su centro comercial y cultural.
Edward Jenner, inventor de la vacuna contra la viruela, (inglés, por tanto, una nación rival de España en esa época), elogió la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803) financiada por España para llevar la cura a toda América y Asia.
«No me imagino que, en los anales de la historia, haya un ejemplo de filantropía tan noble y tan grande como este», mantuvo.
La expedición llevó la cura de forma totalmente gratuita a miles de personas en Puerto Rico, Venezuela, Cuba, México, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, extendiéndose después hasta Filipinas y China.
La expedición no se limitó a vacunar y marcharse; los médicos españoles fundaron las «Juntas de Vacunación» en las principales ciudades americanas y enseñaron a los locales a producir y conservar la vacuna de forma autónoma
Veredicto de Charles F. Lummis, historiador y periodista estadounidense, formado en la Universidad de Harvard, dedicó su vida a estudiar el suroeste de EE UU y Sudamérica.
En su célebre libro Los pioneros españoles en América (1893) dejó escrito uno de los mayores reconocimientos a la labor educativa y humanitaria de la Corona española:
«La corona de España hizo un esfuerzo humano y humanitario tan colosal para educar y elevar a los indios, que ningún otro país del mundo ha igualado jamás». Construyeron las primeras iglesias, las primeras escuelas y las primeras universidades en América».
John Tate Lanning es un historiador estadounidense. Especializado en la historia académica colonial. Este profesor de la Universidad de Duke analizó el sistema universitario que el Imperio replicó en América (fundando más de 25 universidades antes de que existiera la primera en EE UU).
«La transferencia de la cultura europea a América a través de las universidades españolas fue uno de los logros intelectuales más asombrosos en la historia de la humanidad», sostiene.
Especialista en la administración colonial y el sistema laboral en el virreinato de la Nueva España, Simpson destacó la profunda base jurídica del imperio: «Las Leyes de Indias de España constituyen el código humanitario más amplio y compasivo que jamás haya diseñado una nación conquistadora para la protección de los pueblos nativos».
Pero reconocer que el México de hace tres siglos era una potencia global arruinaría el negocio del agravio político. Culpar a los fantasmas tiene un beneficio incalculable: convierte la incompetencia de hoy en una herencia colonial.
El truco es perfecto. La falta de medicinas, la impunidad y la violencia salvaje dejan de ser fallas de gestión pública para convertirse en melancólicos ecos del virreinato.
Exigir disculpas históricas es un negocio redondo: no cuesta un peso, genera aplausos y maquilla el fracaso.
Al final, la estrategia oficial de Claudiabel y su antecesor es de una ironía sublime.
Han descubierto que la forma más barata de ocultar el desastre del presente es declararles una guerra eterna a los muertos. Es una verdadera lástima que los vivos sigan cayendo en el frente.