Venezuela es hoy una nación que comienza a dar sus pininos hacia la libertad gracias a la intervención decisiva de los Estados Unidos. Bajo el liderazgo y la determinación del presidente Donald Trump, las fuerzas del bien han logrado fracturar la estructura criminal que oprimía al país, alcanzando la captura de Nicolás Maduro, quien ahora se encuentra bajo custodia estadounidense. Dios bendiga al presidente Donald Trump por este acto de justicia histórica que marca el despertar de una nación que empieza a caminar fuera de las garras de una tiranía que parecía inamovible. Tras un cuarto de siglo de sombras, el estruendo de la dictadura ha sido silenciado por la voluntad de un pueblo que nunca dejó de esperar, y la alegría desbordada en las calles no es un espejismo; es el suspiro de alivio de millones que hoy ven la posibilidad real de poner fin a una era de miseria, oscuridad y muerte
Sin embargo, estos primeros pasos exigen una limpieza profunda y absoluta. No basta con la caída de la cabeza del régimen; es imperativo remover a la vasta red de verdugos, corruptos y figuras malignas que aún permanecen enquistadas en la estructura estatal. Esta cúpula de delincuentes desalmados y criminales no solo secuestró las instituciones, sino que saqueó impunemente las riquezas naturales de la nación. El oro, el petróleo, el coltán y los minerales estratégicos que pertenecen a todos los venezolanos fueron extraídos y traficados para el beneficio personal de una red de narcotraficantes, liderada por Maduro y secundada por personajes como los hermanos Rodríguez, cuya conducta plenamente psicopática transformó la abundancia en escasez crónica. Venezuela, que en otro tiempo fue ejemplo de civilidad y prosperidad en el mundo, fue tomada por asalto por estos sujetos que utilizaron el talento nacional únicamente en función de lisonjear al castrocomunismo para asegurar puestos de poder carentes de toda ética y probidad.
Resulta cínico y aberrante que los bárbaros que todavía permanecen en el poder pretendan pedir misericordia para el dictador. Es el mismo tirano que no tuvo piedad alguna con Óscar Pérez, un verdadero patriota y héroe nacional que, estando rendido y manifestando su voluntad de entrega, fue ejecutado sin clemencia por orden directa del régimen junto a seis personas más en una masacre que el mundo no olvida. No puede existir misericordia para quienes no la tuvieron; no hay espacio para la impunidad mientras aún existan patriotas sometidos a torturas indignas en las mazmorras de El Helicoide, ni podemos olvidar el ensañamiento y las violaciones a los derechos humanos contra la Jueza Afiuni por parte de un sistema judicial contaminado y servil a la dictadura.
Es imperativo que esta gente malvada sea erradicada de los cargos públicos para que estos pininos de libertad conduzcan a un país limpio y puro. La justicia, que hasta ahora ha sido un brazo ejecutor de la maldad y el sacrificio de inocentes, debe ser refundada para servir al pueblo y no a la cúpula. Solo mediante una depuración radical se podrá garantizar que las inmensas riquezas del país y el talento de su gente se utilicen para el beneficio de una sociedad que ha estado sumida en el dolor y el hambre extrema. Hoy, las máscaras de «palomas» han caído, revelando el rostro del narcoterrorismo y la trata de blancas. El pueblo está jubiloso por la ausencia de sus verdugos, pero clama por la salida total de quienes constituyeron el engranaje del sufrimiento. Solo así, honrando la sangre de los caídos y la valentía de los héroes, se podrá transformar este inicio en una libertad plena, institucional y duradera.