Buena Nueva: No sólo nos salvó…

24 de diciembre de 2024
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Recreación informática del rostro de Jesucristo | EP
Recreación informática del rostro de Jesucristo | EP

Isabel Vidal de Tenreiro

¡Si pudiéramos imaginar realmente cómo era la situación de la humanidad antes de la venida de Cristo! Si lográramos comprender lo que sentían aquellos que esperaban al Mesías prometido, podríamos valorar aún más su llegada. Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6), describen cómo la humanidad estaba perdida en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”. Entonces, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz… se rompió el yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano”.

Qué alegría inmensa debieron sentir ante el anuncio del Ángel a los pastores cercanos a la cueva de Belén: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14).

Si ese “Niño” no hubiera nacido, la humanidad seguiría bajo “el cetro del tirano”, el “príncipe de este mundo”. Sin embargo, con su nacimiento hace más de dos mil años, se pagó nuestro rescate y fuimos liberados del secuestro del Demonio. Dios se rebajó de su divinidad a nuestra humanidad y elevó nuestra condición hasta su dignidad. A todos los que le reciben, a quienes creen en su Nombre, les concedió “llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1, 1-18).

Jesús era el Hijo de Dios, y nosotros, simples criaturas divinas (¡que ya era bastante!), fuimos elevados a la categoría de hijos de Dios, igual que Él. Jesús nos da a Su Padre para que sea nuestro Padre. ¡Qué infinito privilegio!

Y al ser hijos, somos herederos: herederos del Reino de los Cielos. Nuestra herencia es la misma que la de nuestro Salvador. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran Luz”. Esa Luz, que es Cristo, confiere a nuestra humanidad derechos de eternidad: vivir eternamente con Él en la gloria del Cielo.

Por todo esto, el día de Navidad no podemos hacer otra cosa que aclamar, llenos de alegría, junto con los Ángeles: ¡“Gloria a Dios en el Cielo”! Que esta celebración nos inspire a vivir con esperanza, amor y gratitud por el regalo que hemos recibido.

*Por su interés reproducimos este artículo de Isabel Vidal de Tenreiro publicado en El Impulso

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