Una nación sin cerrojo, desprovista de autoridad por decretos bienintencionados, invita a su propio incendio.
Popper me contempla desde la estantería de mi despacho. Parece que me llama con insistencia. Así que cojo el volumen que me ofrece: es el primer tomo de “La sociedad abierta y sus enemigos.” Mis dedos se detienen en las páginas del capítulo séptimo, allí donde el pensador austriaco anotó la advertencia que hoy quita el sueño a a gran parte de Occidente.
Leo y medito sobre su célebre paradoja: “Si una sociedad es tolerante sin límites, su capacidad de ser tolerante será finalmente destruida por los intolerantes.”
Tomo después mi pluma de punto itálico, mojo el plumín en la tinta densa de la realidad, y escribo haciendo antes un breve resumen de su pensamiento y de lo que sobre él se ha comentado:
Karl Popper veía El Estado como un «mal necesario» pero fundamental para proteger a los ciudadanos de la violencia y de los abusos de los más fuertes, pero sus instituciones deben estar diseñadas para evitar que el propio gobierno acumule demasiado poder.
Argumentaba que la filosofía política siempre ha fallado al preguntar «¿Quién debe gobernar?» Él cambia la pregunta a: «¿Cómo podemos organizar las instituciones políticas para evitar que los gobernantes malos o incompetentes causen demasiado daño?».
Intelectuales y políticos de izquierda moderada han catalogado a Popper como un teórico excepcional de la socialdemocracia, por defender el intervencionismo estatal contra la explotación, rechazando el capitalismo salvaje.
De igual modo Popper se oponía radicalmente a las revoluciones utópicas que pretenden derribar toda la sociedad para crear un «paraíso» desde cero (lo que suele terminar en tiranías totalitarias como el estalinismo). En su lugar, proponía el método socialdemócrata o reformista.
Karl Popper, como defensor acérrimo del racionalismo crítico y también, no lo olvidemos, defensor de la sociedad abierta en la política, vigila desde el estante, con su mirada honda y metódica con la que nos hace su advertencia en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945). Y resuena hoy más incómodo que nunca para el poder político.
La tolerancia elevada por el actual ejecutivo a la categoría de dogma oficial, no es una virtud democrática, sino un abismo que conduce irremediablemente al suicidio de la libertad.
Un eco romántico resuena en mi vigilia de cronista: la libertad es un fuego sagrado que exige un ara, y el ara exige un límite. Al diluir las fronteras del derecho positivo, el orden oficial convierte el templo de la civilización en un montón de cenizas.
La ceguera y sus riesgos. Miramos como la tarde cae, lenta, vestida de melancolía y abandono administrativo. Hay un silencio de tiempo, pero un rumor inquietante cruza la frontera indefensa ante la pasividad gubernamental.
Una nación sin cerrojo, desprovista de autoridad por decretos bienintencionados, o no, invita a su propio incendio. La lírica de la Generación del 27 dibujaría el peligro con ángeles llorando sobre el mapa nacional.
La razón popperiana dicta su fallo definitivo, si las leyes del Estado toleran al intolerante, la tolerancia agoniza y muere. El falaz buenismo gubernamental es una venda negra sobre los ojos de una ciudadanía hoy desarmada.
Se pretende que seamos una casa abierta para quien viene a quemar el hogar, ignorando que el viento del norte ya arrastra las cenizas del conflicto.
El hogar es la memoria de los abuelos, los libros alineados en el anaquel y el pan compartido sobre el mantel limpio de la legalidad vigente. Cuando llega el caminante proscrito se le ofrece el pan y la sal de la legítima hospitalidad; sin embargo, la complicidad oficial despierta sospechas si el huésped oculta una maza.
No se ofrece asilo al que viene a derribar la casa; el muro no es odio, es pura arquitectura institucional que el actual Gobierno se empeña en desmantelar.
Protección frente al desorden. El muro de la protección es la línea recta que define el asilo, el límite exacto donde la convivencia no se rompe en mil pedazos. Los poetas del 27 cantaban al límite; Lorca buscaba el perfil del agua de plata, y Alberti el mapa de la luz pura, contornos precisos que la negligencia pública difumina hoy con desidia.
Bajo el amparo de la inacción gubernamental, el huésped que no respeta se convierte en hoguera segura sobre la nación. El tapiz de la civilización arde con rapidez, las llamas lamen los zócalos de madera de nuestras instituciones y el humo asfixia.
Conceptos como derecho, ley y templanza sufren en esta vigilia donde un dolor agudo parte el pecho del cronista ante los silencios del presidente.
Amamos la libertad con furia sagrada y por eso mismo denunciamos la renuncia a la defensa de nuestra propia frontera. La llave de casa no se entrega al invasor; hacerlo por cálculo electoral o debilidad doctrinal es una traición imperdonable al mañana de los nuestros.
Significa dejar a las próximas generaciones sin herencia y vaciar el cofre de los mitos y leyes que nos fundaron como pueblo libre. El invasor de las normas comunes no busca el diálogo, sino la sumisión del anfitrión rendido por la debilidad de sus gobernantes.
Popper lo advirtió: la sociedad abierta tiene enemigos feroces que usan los propios mecanismos democráticos para destruirla desde dentro. Debemos tener puertas de hierro y leyes firmes para quienes traen la tea, esa antorcha que brilla con fulgor maldito en los suburbios del desorden.
Rostros cargados de desprecio se iluminan en la oscuridad de las calles sin guardia, y frente al fuego, el hierro de la ley debe responder con la Constitución en la mano.
Es el deber de la propia conservación lo que inunda esta redacción con un lirismo severo, urgente y profundamente crítico con el oficialismo.
Las golondrinas no volverán a los balcones ministeriales si el país entero es pasto de las llamas del fanatismo tolerado. No hay techo compartido con quien desprecia los muros; quien niega el límite legal, niega la vecindad.
Sentencia para el porvenir. El desprecio a la norma busca la estepa salvaje y el caos primitivo, un desorden que el Gobierno maquilla hoy con falsa retórica de progreso.
Frente a la desidia del poder, recordamos el orden menudo de las cosas limpias, la maceta de geranios en la ventana que sobrevive a las crisis. La casa común no puede ser refugio de su propio enemigo bajo ninguna circunstancia, por más que los portavoces oficiales insistan en su falsa narrativa.
El enemigo íntimo se sienta a la mesa de noche, bebe de nuestra copa acogedora mientras afila el acero ante la mirada esquiva de las autoridades. La tolerancia sin límites que promueve el actual Ejecutivo al invasor es la abdicación de la propia inteligencia; una tragedia idílica que la historia no perdonará.