A veces el otoño del calendario coincide con el de la propia vida y con las diferentes hojas que caen, cansadas y tibias, del árbol de las circunstancias.
A la España de 1931 llegó una república desacostumbrada en vivir libertades, enojada con el pueblo que la había preterido tanto tiempo. Y comenzó a vengarse torpemente de todos aquellos que creían en Dios y se atrevían a dudar del nuevo gobierno establecido, que no mostraba cordura en su cabeza. Nada más desaparecer el perfil de Alfonso XIII en las nieblas marinas de Cartagena, mataron a muchos, quemaron iglesias, echaron a las aguas de los ríos imágenes bellísimas sin saber que las vírgenes y cristos han aprendido nadar a contracorriente porque la Iglesia perseguida, que también fue perseguidora en sus humanos errores, nunca estará exenta de envidias y atropellos.
Si no reconociésemos las limitaciones y precariedades cometidas por la Iglesia a lo largo de los siglos, seríamos insensatos. Del mismo modo que lo seríamos si olvidásemos que es depositaria del proyecto común de eterna salvación que no caduca en el tiempo y reverdece en las dificultades. La presencia del Espíritu de Cristo enciende la ceniza cuando los fuegos parece que se apagan.
El otoñal declive republicano en España duró lo que tarda en llegar la primavera en resurgir de los eternos jardines remozados. Cada gobierno o jefaturas de estado que intentaron acabar con la presencia eclesial entre sus habitantes, concluyeron desterrados por los mismos a los que intentaron domesticar. Perón en Argentina es un ejemplo cercano. Con el primer templo quemado y la primera sotana colgada en un balcón de la Avenida de Santa Fe, el que aprendió de Benito Mussolini tantas “travesuras”, acabó excomulgado y en el destierro. El arzobispo de La Plata tuvo que pedir su reconciliación con la Iglesia al pretender Perón de nuevo ser el presidente de Argentina.
Con la excusa de la Ley de Memoria Democrática, o como otros quieren llamarla, pretenden que olvidemos uno de los dos frentes enfrentados en su común desolación e injusticia. Nadie tuvo la culpa de aquella tragedia y todos fueron responsables.
Aunque bien sabemos que los juicios humanos ofrecen cal y arena desde sus limitaciones y procurando respetar en lo posible las conductas ajenas, hemos de convenir que hay sujetos históricos dispuestos y disponibles para enrevesarlo todo. Del mismo modo que los niños en sus juegos, con una vara larga remueven las aguas cenagosas de los estanques sobresaltándose las aguas cristalinas al moverse los barros que dormían, así en la vida política algunos tuvieron y tienen interés en que los españoles no nos reconocernos en la turbiedad y, del mismo modo que les ocurriría a los peces, comencemos a ignorarnos unos a otros. Y mordernos en lo oscuro. Con la negrura más intensa y un maquiavelismo infame nos vino un presidente con cara de bobo y la maldad escondida en papel de seda, que removió en la España serena los barros olvidados.
Es inevitable recordar, pero aquello que se recuerda ha de ser purificado, y este señor, sin la menor pudicia, convirtió en eriales los campos florecidos… Por el tamiz del cristianismo, en nuestro caso, o por un crisol de valores convivenciales en cualquier otro, obligados estamos a perdonarle con las narices tapadas.
Ante el refrán tan conocido de “piensa mal y acertarás”, el ilustre rival de rencorosos don José María Pemán, proponía: “piensa bien, aunque no aciertes”… Los hechos y las consecuencias, desalojan la inocencia de La ley de memoria democrática que inició el expresidente conduciéndonos a un resentimiento inequívoco, tentación de carnaza para los débiles. Este señor, al que algunos llaman faro de occidente, no ha sido otra cosa que una vela caída con la tentativa de provocar un mayúsculo incendio.
Si hubiese mirado aquel extravío del 36 desde la Cruz perdonadora, no se estaría hoy buscando cruces por las esquinas, por las plazas de siempre, por los barrios de las ciudades y pueblos, para echarlas abajo con el pretexto de que representan aviesos vestigios de una atrocidad ya casi borrada. Frente a la Cruces de Mayo, levantamos los andaluces copitas de manzanilla antes del beso.
Sartre, Camus Nietzsche… en su fracaso histórico de enterrar a Cristo, nos muestran una vez más que su existencialismo se quedó sin vasijas para guardar el vino de la verdad. Los promotores de “la inefable” ley de la memoria, sólo han sabido beber las aguas tenebrosas después de removidas.
Escarmienten de una vez en el aprendizaje de que “el corazón del hombre no se contenta con menos que Dios”.
Por muy larga que sea la varita de trastornar profundidades, lo más hondo de los seres humanos es infranqueable por ser el lugar donde Dios vive y aguarda a que vuelvan a su cauce la sed de los insatisfechos.
Vivir sin fe es como quedarse en el desierto sin palmeras.