Se van de viaje, pero el gesto no nos conmueve. Probablemente porque hace tiempo que se marcharon y nos quedamos a la espera, como la mascota tranquila que fija la mirada expectante en la puerta. Volvemos a la rutina sin pensar demasiado en la ausencia.
Nos hemos acostumbrado a todo y pocas cosas revuelven los sentidos, excepto la plegaria como un don que carece de reverso. La vida en común, escrita sobre arena de playa, queda a merced de unas olas que en su vaivén pretenden el reinicio desolado de algo que fue pleno.
Los recuerdos y añoranzas de nada sirven. Cada vez nos cuesta menos olvidar; no es necesario el propósito. Basta con no prestar atención y entregarse a otros hábitos para que nada quede fijado. Guardamos lo menos posible para que no ocupe espacio.
El interés es proporcional al valor de lo recibido. Las promesas carentes de futuro ya no son moneda de cambio ni pagarés temporales girados a disposición del usuario. Se escucha con el crédito del no creyente, con tanta indiferencia que parecemos extraños, abarcando solamente lo que es preciso y desechando la inutilidad de las virutas que nada aportan.
El lugar que ocupamos sigue respirando sin que nos demos cuenta. Atados con ligaduras deshechas que ya no impiden ni estorban, ofrecen lo que no interesa. Son baratijas de saldo, sin valor ni conciencia. El mundo creado contiene lo necesario, y en él solo caben los restos de un naufragio que es lo único que, al final, importa.