Las mariquitas son insectos pequeños, redondeados, de un color rojo encendido y vistosos lunares negros. Ante los ojos del mundo, poseen una apariencia inofensiva, casi tierna; sin embargo, bajo esa fachada colorida se esconden feroces depredadores que devoran todo a su paso y que, al sentirse descubiertos, segregan un líquido amargo y pestilente para defenderse.
En el idioma anglosajón se les conoce como ladybugs, vocablo que se traduce literalmente como «bichos dama», lo que genera la falsa creencia de que en su especie solo habitan hembras cuando, en realidad, machos y hembras son visualmente idénticos. Es imperativo aclarar que el nombre Alexandar corresponde a una grafía propia de la Europa Oriental (frecuente en naciones eslavas como Serbia o Bulgaria), hecho que distancia por completo este relato de cualquier entorno o contexto lingüístico de los hispanohablantes.
Este relato desnudador se desenvuelve en la intrincada ciudad de las mariquitas. Este es un cuento infantil, una historia concebida al estilo de mi obra ¡Un sapo bigotudo!. Hoy, en los pasillos más sombríos del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Pradera, habita una mutación de opereta y pesadilla: Alexandar la mariquita. A diferencia de otros insectos previsores, la naturaleza de este espécimen está completamente deformada: opera con un sadismo implacable y no devora de inmediato, sino que prefiere mantener cautivos a los pulgones para prolongar su agonía en una cacería interminable.
Su instinto no se conforma con el alimento biológico; a esta criatura de la Depredación Plenipotenciaria la mueve una obsesión enfermiza por acumular montañas de dinero verde, ya sean dólares o euros, convirtiendo el huerto en un despiadado coto de extorsión, atrapada para siempre en una eterna y tramposa dualidad. En los corrillos de la comarca, los insectos murmuran además que se ha visto con frecuencia a Alexandar acudir a las discotecas de ambiente de la pradera profunda, buscando en la noche el reflejo de sus propias contradicciones.
Este es el verdadero núcleo de su puesta en escena dentro del ecosistema de las hogueras de la ciudad de las mariquitas. Hacia el exterior, el discurso oficial de la Inquisición de la Pradera vende la idea de una perseguidora comprometida, una protectora incondicional de los desvalidos que hace honor a su etiqueta de ladybug. Las incautas y el sistema aplauden la farsa creyendo que, ante cualquier amenaza, «ellas cuentan con él». Pero detrás del escritorio del Santo Oficio, cuando las puertas de madera se cierran y comienzan las negociaciones de las arcas, la realidad se transforma de golpe: en la sombra, todos descubren que en realidad «cuentan con ella».
Es ahí donde emerge esta mariquita inyectada en la burocracia del castigo. El varón se desdibuja para dar paso a la alcahueta social, la operadora que habla el mismo idioma de la jueza inquisidora y el séquito de subalternas ignorantes que operan bajo el amargo síndrome de Dunning-Kruger. A esta red le molesta profundamente que aparezca un pulgón protector a ejercer el amparo técnico de los suyos, desatando su ira institucional contra cualquiera que intente frenar sus abusos en el huerto. Esta depredadora y sus cómplices padecen la aristocracia de la ignorancia atrevida. Son funcionarias de la fe civil que apenas pueden deletrear las normas básicas, pero se autoperciben como las científicas del dogma y mentes brillantes de la doctrina de la pradera. No hay nada más peligroso que una ignorante con iniciativa, una cuota de poder y una placa de fe. No saben de doctrina, no saben que no saben, pero conocen con precisión quirúrgica el oficio de hacer daño y dictar sentencias de hoguera al revés, sin sustento ni fundamento real.
El gran peligro de esta perseguidora es que opera como esas copias falsificadas de carteras de marca o productos de imitación: a simple vista, resulta ser una copia visualmente perversa. Ostenta el cargo, viste el hábito, maneja la jerga litúrgica y repite los protocolos; sin embargo, no es más que una rékira adulterada que parece exacta pero es una copia imperfecta. Basta someterla a la primera prueba de honestidad o al mínimo análisis de verdad para que la imitación se rompa y se deteriore rápidamente. No hay calidad en sus argumentos, no hay costuras firmes en sus actas; es puro plástico procesal diseñado para el engaño y el lucro.
Esta versión grotesca de la autoridad invierte por completo los fines de la Inquisición de la Pradera. Su verdadera jornada laboral no consiste en limpiar el huerto, sino en blindar la impunidad de su propia red y defender su negocio. Bajo el amparo de la institución, estas funcionarias tienen montada una especie de choza o quiosco criminal donde despachan sus transacciones.
Lo único que cuidan y protegen con celo ciego son sus ingresos particulares, dado que operan exactamente como un Grupo Estructurado de Delincuencia Organizada (GEDO). Ella se convierte en la guardiana de sus cómplices, defendiendo a capa y espada a la jueza coludida y a las mariquitas ignorantes que la acompañan en el platanal inquisitorial mientras encierran, queman y devoran a los pulgones inocentes, acusándolos de brujería.
Pero los asediados no asisten inermes al cadalso. El gremio de las víctimas encuentra su voz en Gideon, el pulgón del resguardo. Bajo su liderazgo, los pulgones estructuran su propio ejército de soldados, activan feromonas de alarma comunitaria para romper el cerco inquisitorial y convocan a las hormigas guardianas como muros de contención. Cuando el abuso desborda los límites y el enjambre de depredadores se vuelve una plaga insoportable que amenaza con asfixiar todo el jardín, la resistencia ejecuta la purga definitiva.
El sistema reacciona ante la infestación mediante una implacable aspiración institucional y la aplicación de diatomeas de contraloría, deshidratando la impunidad de la red y desarmando su quiosco. A pesar de los cercos, la trinchera de los pulgones no se rinde ante la voracidad de la Depredación Plenipotenciaria. No buscan la verdad; la energía de la inquisidora se concentra en el arte del encubrimiento, cuidándose obsesivamente de que nadie descubra la evidente corruptela que mantienen viva en cada proceso de fe.
En su despacho, el dogma no es un instrumento de orden, sino una herramienta de extorsión: un mecanismo frío para dilatar los expedientes hasta que el pulgón asfixiado ceda ante la extorsión. Al final, Alexandar la mariquita no es más que el espejo partido de un sistema podrido: una funcionaria atrapada en su propia farsa, una falsa protectora cuyo único y verdadero sostén es el monstruo de la corrupción que engorda día tras día antes de su inminente exterminio como plaga.
Nota de autoría, descargo de responsabilidad y canon técnico
El presente texto constituye una pieza de creación artística y literaria de ficción, desarrollada con fines docentes, de investigación académica, analíticos y de entretenimiento. Los personajes, nombres y situaciones descritos forman parte de un ejercicio de narrativa pedagógica y cuento infantil corto ambientado en una fábula alegórica de insectos.
Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, o con hechos de la vida real, es pura coincidencia. Este ejercicio crítico y literario se ampara bajo la doctrina universal de la libertad de expresión, el derecho a la crítica institucional y la contraloría social, ampliamente consagrados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH).
El escrutinio público, el debate y la sátira sobre el ejercicio de la función estatal son pilares de la salud civil que ejercen intelectuales, escritores y ciudadanos. Finalmente, ante cualquier intento de censura o señalamiento personal por esta obra de ficción, cabe recordar el milenario aforismo jurídico: Excusatio non petita, accusatio manifesta; quien se excusa o se da por aludido sin que nadie lo haya llamado, manifiesta su propia culpabilidad. Todo esto sucede en la pradera imaginaria del imaginario país de Torenza.
Doctor crisanto Gregorio León
Profesor universitario