El ‘rey del Cachopo’, que descuartizó a su novia, ironizaba así en la cárcel ante sus colegas: «Cuando me lleven al juez, diré: ‘señoría, esto no tiene ni pies ni cabeza… vamos por partes…'»

17 de septiembre de 2026
4 minutos de lectura
Imagen del documental sobre César Román, el 'Rey del Cachopo' (Netflix)

La manipulación se demuestra con contradicciones. Y las contradicciones de César Román, el rey del Cachopo, no necesitan demasiada literatura: están escritas en su propia trayectoria

En la actualidad, el llamado Rey del Cachopo, César Román Viruete, parece haber convertido su vida de mentiras en una sucesión interminable de relatos provisionales. Durante años negó haber matado a Heidi Paz, su novia dominicana.

Tras muchas mentiras, llegó la confesión: reconoció el crimen, habló de arrepentimiento y pidió perdón. Parecía el final. Pero con César Román, sin embargo, casi nunca parecía existir un final.

Los jueces no le creyeron sus lamentos de inocencia y fue condenado a 15 años por haber asesinado a su novia. La descuartizó. El tronco del cuerpo lo metió en una maleta. Las demás partes, cabeza, pies, nunca aparecieron. Al principio negó ser el autor del crimen. Después lo admitió.

Cuando le llevaron a Soto del Real, tras haberse encontrado solamente el tronco, que lo metió en una maleta, se jactaba entre risas ante sus compañeros de módulo. en la cárcel de Soto: «Cuando me llamé el juez, le voy a decir, señoría, esto no tienen ni pies mi cabeza… vamos por partes…». Nunca se encontraron la cabeza y ni las extremidades de su víctima.

Versiones

Antes de confesar, dio muchas versiones, todas de inocencia. Era un teatrero. La muerte habría ocurrido de otra manera y el descuartizamiento habría correspondido, según uno de sus relatos, a un familiar ya fallecido. Otra pirueta. Otra reconstrucción. Otro capítulo añadido cuando el anterior parecía cerrado.

Y ahí aparece una constante inquietante: César Román siempre deja algo pendiente.

Pendiente estuvo durante años la verdad. Pendientes quedaron partes del cuerpo de Heidi. Pendiente quedó una confesión que tardó años en llegar. Y cuando llegó, tampoco fue la última explicación.

Ahora ocurre algo parecido con sus estudios. César Román estudia Derecho en prisión. Es cierto, y estudiar en prisión no merece reproche alguno. Formación, trabajo y educación forman parte de cualquier proceso serio de reinserción. Pero estudiar Derecho no equivale a haber terminado Derecho. Estar cursando asignaturas de un curso superior tampoco significa haber superado todas las anteriores. Ha aprobado materias, continúa estudiando y mantiene otras pendientes. Y no existe públicamente un expediente académico completo que permita presentar esa trayectoria como algo distinto de lo que realmente sea.

La pregunta, por tanto, resulta inevitable: ¿César Román estudia Derecho o estudia también su propio expediente penitenciario?

Porque reconocimiento del delito, arrepentimiento, formación y evolución personal tienen relevancia dentro del tratamiento penitenciario. No conceden automáticamente permisos ni progresiones, pero sí forman parte de la valoración global de un interno. Y después de tantos cambios de versión resulta legítimo preguntarse dónde termina la evolución personal y dónde comienza la estrategia.

También está su antigua abogada, Ana Isabel Peña. Durante años sostuvo su defensa y defendió públicamente su inocencia. Después llegaron las cartas. La propia letrada relató haber recibido numerosas comunicaciones desde prisión, algunas de contenido intensamente personal, además de llamadas insistentes. Finalmente, la relación profesional se rompió y Román volvió a cambiar de defensa.

Otra vez el mismo mecanismo.

Primero, la inocencia.

Después, la confesión.

Después, una nueva explicación.

Después, otro responsable.

Después, otro abogado.

Ahora, el estudiante de Derecho.

Siempre queda algo pendiente y, demasiadas veces, alguien cargando con la versión anterior.

Pero existe un episodio que, de ser cierto como lo relatan quienes aseguran haberlo escuchado en prisión, quizá retrate mejor que ningún otro la forma en la que César Román afrontaba su propia causa.

Según esos testimonios penitenciarios —no consta como frase pronunciada ante un tribunal y debe dejarse claro— Román se habría jactado, entre risas, de lo que pensaba decir cuando llegara el juicio:

“Señoría, esto no tiene ni pies ni cabeza.”

Y después:

“Señoría, vamos por partes.”

No eran expresiones inocentes.

Quienes afirman haber presenciado aquellas conversaciones sostienen que precisamente ahí estaba la gracia que él encontraba: Heidi Paz había sido desmembrada y su cuerpo apareció incompleto.

Si ese relato es fiel a lo sucedido, no estamos ante una ocurrencia brillante ni ante humor negro.

Estamos ante algo mucho más inquietante: la utilización del propio crimen como material para la chanza.

“Ni pies ni cabeza.”

“Vamos por partes.”

Dos frases aparentemente jurídicas convertidas, supuestamente, en un juego macabro alrededor de una mujer asesinada y desmembrada.

Eso es lo que convierte aquella escena en especialmente reveladora.

No hace falta calificar psicológicamente a César Román. No hace falta diagnosticarlo ni adornarlo con grandes adjetivos.

Basta observar la secuencia.

Negó durante años.

Después reconoció.

Más tarde reinterpretó.

Introdujo a un fallecido en su nueva versión.

Cambió de defensa.

Escribió durante años a quien sostenía jurídicamente su inocencia.

Y ahora construye una nueva identidad alrededor de sus estudios universitarios.

La mentira judicial, cuando existe, se combate con pruebas. La manipulación se demuestra con contradicciones. Y las contradicciones de César Román no necesitan demasiada literatura: están escritas en su propia trayectoria.

Por eso conviene no perder nunca de vista quién ocupa realmente el centro de esta historia.

La víctima no es César Román.

La víctima se llamaba Heidi Paz.

Ella no pudo cambiar de versión.

No pudo recurrir.

No pudo escribir cartas.

No pudo empezar una carrera.

No pudo reinventarse.

César Román sí.

Tiene derecho a estudiar, a evolucionar y a que su situación penitenciaria sea examinada conforme a la ley. Pero la reinserción auténtica exige algo más difícil que aprobar una asignatura o aprender un artículo del Código Penal.

Exige asumir definitivamente la realidad sin necesitar una nueva versión cuando la anterior deja de resultar conveniente.

Porque las asignaturas pendientes pueden recuperarse.

Los créditos pueden aprobarse.

Los abogados pueden cambiarse.

Las versiones pueden reescribirse.

Los personajes pueden reinventarse.

Heidi Paz no puede volver a empezar.

Y quizá ahí esté la diferencia definitiva entre estudiar Derecho y comprender verdaderamente lo que significa la responsabilidad.

7 Comments Responder

  1. Cuando la psique de un interno está totalmente desestructurada es muy difícil que funcione reinserción alguna, por mucho empeño que se ponga en ello. Solo queda que se cumpla íntegramente la pena impuesta, y quedarnos con el carácter retributivo de la misma, que es la única compensación que obtendrán las víctimas. Excelente artículo.

  2. Pues sí artículo cojonudos y que le quiten la careta al asesino de nuestra Heidi.
    Aún tenemos la fé en Dios y nos deje un día enterrarla como merece y le caiga toda la Justicia que jamás se ha hecho con este Asesino, ya que no debería salir nunca de prisión.

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