Ceuta y la ‘guerra invisible’: ¿por qué las fronteras ya no se defienden solo con vallas?

10 de septiembre de 2026
3 minutos de lectura

El nuevo “Arte de la Guerra”

Por PABLO E. RODRÍGUEZ PÉREZ, ex director general de la Policía Local de Madrid

Cuando escuchamos hablar de la crisis en Ceuta, la tendencia natural es pensar en una emergencia humanitaria o en un problema de flujos migratorios. Es lo que vemos en la televisión. Sin embargo, si miramos el trasfondo con las gafas de la seguridad nacional, lo que está ocurriendo en la ciudad autónoma es algo mucho más complejo y silencioso.

Estamos ante un laboratorio de lo que los expertos llaman la «Zona Gris»: una estrategia donde ya no hacen falta tanques ni soldados para poner en jaque a un país. El objetivo del adversario actual ya no es conquistar territorio, sino desgastar nuestra paciencia, quebrar nuestra voluntad política y dividirnos.

Hoy en día, las democracias occidentales sufrimos la «Paradoja de la Fragilidad». Somos potencias militares y económicas indiscutibles, pero esa misma fortaleza se vuelve en nuestra contra cuando se atacan nuestros valores éticos y legales.

Vivimos en un entorno volátil e impredecible donde un problema fronterizo puede provocar, de la noche a la mañana, un colapso en cadena en los servicios de una ciudad: servicios de acogida desbordados, policías locales agotados por el control de masas y una preocupante sensación de inseguridad que deteriora la convivencia. Mientras el Estado duda sobre cómo responder respetando los derechos humanos, el atacante aprovecha ese vacío para inundar el relato público.

Esta táctica no es nueva, sino la versión del siglo XXI de la máxima de Sun Tzu: «El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar». Al instrumentalizar la desesperación de colectivos vulnerables y menores de edad, el adversario consigue desactivar por completo los tanques de la OTAN o las respuestas militares tradicionales, que se vuelven inútiles ante una crisis humanitaria. Saben perfectamente que nuestra ética democrática nos impide actuar con fuerza bruta.

Por eso, el verdadero campo de batalla ya no es el suelo que pisamos, sino nuestra propia mente: la victoria del atacante no consiste en invadir un territorio, sino en dinamitar la cohesión social, agotar la psicología de un país y forzarlo a rendirse por puro cansancio ante los hechos consumados.

Porque la verdadera batalla ya no es solo física; es digital y psicológica. Existe un frente invisible que actúa a la sombra. Mientras las cámaras y los recursos se concentran de forma agónica en la valla o en las playas, por detrás se activan ciberataques contra los ayuntamientos o la policía, se sabotean encubiertamente redes de agua y luz, y se lanzan oleadas de fake news en las redes sociales.

Estos bulos no buscan convencer a nadie de una ideología, sino polarizar a la sociedad, sembrar el pánico y desgastar emocionalmente a los agentes que están en primera línea.

Por eso, defender la frontera hoy requiere cuidar la neuroseguridad y el factor humano de nuestros protectores. Si la moral de los agentes se rompe por la falta de apoyo jurídico o por órdenes confusas, la valla caerá por añadido. Los mandos necesitan certidumbre, información veraz y, sobre todo, un respaldo institucional firme que los haga sentir respaldados y no abandonados ante el dilema de la calle.

Al fin y al cabo, el arte de la estrategia nos enseña que ningún ejército gana una batalla si sus soldados dudan antes de dar el primer paso. El propio Sun Tzu insistía en que cuando las órdenes de los generales no son claras y la tropa carece de una dirección firme, el desorden está garantizado.

En la frontera de Ceuta, el verdadero peligro no es solo la presión física sobre la valla, sino el desgaste psicológico y emocional que sufren quienes la custodian al verse inmersos en un asedio invisible. Si el adversario logra quebrar la moral y la confianza de las fuerzas de seguridad mediante la confusión jurídica y el desamparo mediático, habrá ganado la partida sin disparar un solo cartucho, demostrando que la mente es el sensor más crítico de toda nuestra defensa.

Para adaptarnos a este nuevo siglo, la solución ya no es acumular «capacidad de fuego». La soberanía moderna se defiende con tecnología, agilidad y resiliencia logística.

Necesitamos aplicar ya tres pilares básicos: automatizar la cooperación entre la Policía, la Guardia Civil y el Ejército para que actúen a una sin trabas burocráticas; crear gabinetes de comunicación en tiempo real que desmonten los bulos antes de que causen disturbios; y blindar digitalmente nuestros servicios críticos para que sigan funcionando aunque sufran un ciberataque.

En definitiva, frente a la guerra invisible, las viejas estructuras rígidas ya no sirven. La seguridad del futuro consistirá en ser más rápidos, estar más coordinados y entender que la mente de los ciudadanos es hoy el principal campo de batalla. Es la victoria de la red frente a la jerarquía.

Por PABLO E. RODRÍGUEZ PÉREZ, ex director general de la Policía Local de Madrid

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