Unos años antes de que naciera Jesucristo, en las anchuras de una Córdoba con perfume de azahares continuos, estaba la mansión de los Anneo, muy cerca del antiguo convento donde hoy luce y crece la Fundación Antonio Gala. Entonces, y hasta hace poco, las mujeres cordobesas cosían o hilaban a las puertas de sus casas, ponían alfileres en los bolilleros para conseguir encajes que adornasen las albas clericales y los mantos de novia. Más de una vez, desde las ventanas abiertas de casas importantes, escuchaban sabidurías menudas de poetas o filósofos que se asomaban a comprobar en la noche los crecimientos de la luna.
Marco Anneo Séneca vivía en una de ellas, era procurador del Impero en la ciudad que luego sería de los califas. Sometida por unos o por otros, Córdoba nunca dejó de ser libre y, a veces, libertina en su constante maravilla, en su habilidad para deshacerse de las ataduras. Marco encontró en Arjona una muchacha noble para casarse, Helvia, con la que tuvo tres hijos. Lucio Anneo Séneca, el nuestro, el más brillante, el político, orador, filósofo… y redentor de cautivos de la ignorancia. Y otros dos, en los que destaca Mela por ser el padre de Lucano.
No es mi propósito relatar la biografía que ya todos ustedes conocen del eminente estoico. Deseo quedarme y compartir algunas claves de su inteligencia y su destino, como el que siembra en tierra fértil esperando cosecha.
Volveré a ser joven cuando tú regreses, había escrito Raquel Lanseros tal vez pensando en que sólo la presencia de los sabios devuelve el vigor de aquellos años perdidos. Encontrarse en la vida con alguno de ellos es recuperar de pronto la vibración de los sueños.
Al final de la cordobesa calle de El Pañuelo hay una fuente y un naranjo. Se llama así tal estrechura porque abriendo los brazos pueden tocarse las paredes enfrentadas, como si se hubiesen medido con la extensión de un pañuelo. Aquel día en que por esa callejuela aparecí, estaban podando el árbol dos muchachos que hacían caer al suelo las ramas y las hojas, avergonzadas en su desdicha. El sol dormía. La fuente en su llanto no escuchaba. Junto al sonoro cascabel del agua un anciano enjugaba con sus manos la tarde que caía mientras hablaba para sí: “Nadie podrá distinguir la hermosura de este grito entre las ramas que hoy mueren y las que nacerán mañana”… Al llegar a mi casa leí por sorpresa un poema de Miguel DÓrs que también se lamentaba: «Nunca me he estrechado bastante contra tu pecho».
Séneca en mi pensamiento ha significado todo eso junto: rama, fuente, pecho, hoja muerta y hoja viva, sabiduría que abraza las paredes del mundo.
Lucio Anneo Séneca abarcó los saberes de aquel vastísimo Imperio y eso, a mi parecer, fue su única y grande equivocación. Cuando se es querido por propios y ajenos, valorado incluso por rivales políticos, servidor de emperadores locos como Nerón y artesano de la inteligencia y los valores que no pueden aplicarse, el oscuro peligro de la traición comienza a empuñar la daga de la muerte. Nunca conviene distinguirse demasiado entre mediocres porque encontrarán sin pudor el ovillo de la trampa.
Viendo cómo los olivos se retorcían con los años por la carga de los frutos Séneca, cargado de ellos y antes de que le llegaran los retorcimientos, porque estoicos y senadores le requerían para cabeza de sus política, decidió retirarse de todo encumbramiento hace el año 62 después de Cristo.
El filósofo ya se sabía condenado por Nerón y sólo ignoraba la fecha y hora de su tránsito, porque le advirtieron sus allegados que el emperador llevaba tiempo urdiendo la manera de envenenarlo o traspasarlo a espada , a causa del desafecto que el sabio había mostrado ante un gobierno degenerado y cruel como el suyo. Y comenzó a adelgazar para que la muerte se llevara lo menos posible. En Tácito encontramos señales videntes de aquel desafío.
Ajustando el tiempo convenido, Nerón le envió a sus soldados acusando a Séneca de conspiración.
Cenaba el cordobés con su esposa Paulina y dos amigos cuando llegaron con las denuncias pretextadas. Aunque se declaró inocente después de escucharlas, la muerte desplegó sus alas oscuras de mariposa inquieta. Sabiéndolo Séneca, pidió por benevolencia unas tablillas para completar su testamento… pero tampoco se lo permitieron.
Con su acostumbrada serenidad de estoico declaró allí mismo, ante los comensales y testigos, que agradecía profundamente el bien que de muchos había recibido y entregaba en ese instante, de palabra, lo único que le habían autorizado: “la imagen de su vida”, que consistía en el ofrecimiento de sus virtudes y en su inquebrantable fidelidad de amigo.
Cuando las virtudes faltan, más que amigos que defiendan y acompañen, se tienen sicarios que envilecen. Bueno es desear amigos, pero es sabio quien puede vivir sin ellos… Dos consecuencias que extraemos de una vida ejemplar nacida en una tierra donde permanecen encendidas las lámparas, que por muchos debieran ser aprovechadas.
He aquí al Séneca cordobés inquebrantable que nos dejó un último consejo: “Procura que mueran tus vicios antes que tu persona”.