Algunas de esas almas nobles que nos acompañan nos transmiten, en reuniones, el deseo de lograr la paz en el mundo, añadiendo que, con una voluntad firme por parte de todos los países, se podría conseguir.
Otros piensan que, si tienen que renunciar a una parte de su reconocido poder, supremacía y protagonismo, podría ser posible, pero… Estar armados es su forma de defenderse de sus enemigos, y renunciar a ese poder de defensa parece impensable.
Dicen los hombres de paz que, desarmando a todos esos países que almacenan armas de destrucción masiva, dispuestas para ser lanzadas en cualquier momento, se podría lograr.
Suena muy bien: maravilloso, fantástico e increíble. Pero mientras las mentiras sigan extendiéndose e imponiéndose en las naciones —en algunas más que en otras—, resulta del todo inviable.
Hoy el poder rige el mundo y nadie está dispuesto a ceder un ápice. Es como cuando te cuentan que hacen caridad, pero únicamente entregan aquello que ya no les sirve. La verdadera caridad tiene una forma muy diferente de ayudar a quien lo necesita: consiste en desprendernos de una parte de aquello que nosotros mismos necesitamos.
Cada país se arma hasta los dientes, especialmente aquellos que tienen mayor poder económico, siguiendo un eslogan que parece arrastrarlos a todos: «Yo, más».
Con estas teorías, muchos jamás cambiarán su rumbo destructivo, nacido del ego y de la ambición por el poder.
En algunos países, donde sus mandatarios son también autoridades religiosas, estos imponen y disponen sobre las gentes de sus pueblos y ciudades, convertidas en súbditos obligados a cumplir una ley impuesta mediante el miedo.
Creen en un profeta, un dios o un dirigente considerado divino, con nombres diferentes y creencias que se impusieron hace siglos y que todavía hoy se mantienen. Si no las cumples, puedes exponerte a castigos de una dureza extrema, hasta el punto de que algunos se atribuyen incluso el poder de condenarte a muerte.
Con este panorama tendrían que pasar suficientes décadas para poder terminar con todo lo que, hasta hoy, se produce en el mundo.
Y quizá entonces solo quedarían tierras áridas, ríos convertidos en estercoleros y contaminados, bosques calcinados, ciudades y pueblos inundados por aguas putrefactas… Todo ello agravado por la falta de prevención y de infraestructuras.
Un desastre provocado también por mandatarios que únicamente pensaron en enriquecerse de una forma u otra, sin miramiento alguno.
Todo este desastre podría llegar después del último día, cuando a unos fanáticos se les ocurriera pulsar el maldito botón de la destrucción total de sus enemigos, como ocurrió al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Aquel país que habla de Dios tan a la ligera y sin temor fue quien, con aquel acto demencial, terminó convertido en una de las mayores potencias del mundo.
Otros aprendieron la lección y así comenzó una carrera armamentística atroz.
Después llegaría el gran silencio de las armas, después de haber intentado combatir el mal con más mal para toda la humanidad. Mientras tanto, los poderosos podrían permanecer durante décadas en ciudades subterráneas, esperando el momento de abandonar sus lujosas madrigueras.
Pero, cuando finalmente pudieran salir, la realidad sería el reflejo de su propio mal. Quizá tendrían que transcurrir muchas décadas antes de que fuera posible volver a vivir en el exterior.
La rueda de la vida tendría que comenzar a girar al revés y, desde ese mismo instante, empezaría a construirse un nuevo mundo, una nueva forma de vida y una idea fija entre los supervivientes: intentar sobrevivir unidos y ayudándonos los unos a los otros.
Por eso, con esta recreación y este pensamiento de ficción, llegas a la conclusión de que las luchas por el poder son siempre uno de los mayores detonantes de la destrucción de los países, de sus gentes, sus creencias y sus logros.
Prefieren destruir al otro, aun a costa de provocar también su propia destrucción.
Si aman la naturaleza como dicen y dejan que esta se alimente de sí misma; si permiten que los ríos acumulen cañas y hojarasca y que los bosques y los valles rebosen de maleza, tarde o temprano la propia naturaleza reaccionará. Los ríos expulsarán hacia sus márgenes aquello que les sobra y la vegetación acumulada será pasto de las llamas. Es cuestión de lógica.
Algo parecido ocurre con ciertos «amantes del planeta» y con los señores de las guerras, que dejan paisajes dantescos allí por donde pasan sus malditas botas y las de quienes, calzándolas, son obligados a matar.
Siempre han existido inundaciones terribles. Nuestros mayores las han vivido, igual que los incendios de verano o las altas temperaturas. Ellos mismos cuentan que determinados fenómenos ocurrían cada veinticinco o cincuenta años.
Después llegó la moda de abrazar árboles, pero no siempre la de limpiarlos, podarlos y cuidarlos. Todo queda muy idílico y televisivo…
Y nosotros acabamos pareciendo una panda de palurdos que se deja manipular.
¿El desarme total? ¿De qué armas? Ustedes mismos, con una imaginación creativa y suficientemente avanzada, podrán visualizarlo.
¿Una sola creencia? Quizá habría que unir aquello que todas puedan tener en común: un único interés, el ser humano y su supervivencia, acompañado de una voluntad auténtica de ayudarnos los unos a los otros. Tal vez no quedaría otra solución que el hermanamiento entre todos los pueblos del mundo.
Suena a falacia total.
Otros dirigentes daban mítines interminables para atontar a quienes estaban obligados a escuchar sus sandeces durante horas. Otros se convertían en actores ante los ojos de sus seguidores.
Hubo alguno tan engreído que llegó a contar cómo un anterior mandatario, ya fallecido, convertido en pájaro, le hablaba. Y algunos ni siquiera se asombraban.
Bueno, ya lo habían sufrido vivo y bien alimentado, aunque no precisamente como un humilde gorrión, sino más bien como un cuervo grande, gordo y poderoso, y muy poco amante de las gentes de su propio país.
Existen mandatarios que jamás hablan de aquello que guardan en determinadas instalaciones, disfrazadas bajo nombres que aluden a centros para la paz, el progreso o cualquier supuesto beneficio para la humanidad. En ocasiones, solo son fachadas.
Vivimos rodeados de algunas de las mentiras más despiadadas que jamás pudimos imaginar que llegaríamos a soportar.
En nuestro propio país, muchas cosas que fueron consideradas sagradas por una parte de la sociedad han sido pisoteadas, deshonradas o destruidas.
Mientras tanto, fuera de nuestras cada vez más difusas fronteras, permanece ese polvorín creado entre verdaderas potencias con un poder destructivo incalculable, desarrollado por sus brillantes expertos y a la espera de un momento que solo a un loco podría interesarle: hacer la «machada» de pulsar el botón.
Pero en la historia ya hubo un país que lo hizo, y eso nunca podrá olvidarse.
Esperemos que esas armas continúen durmiendo bajo el suelo de inmensas llanuras y que nunca abran sus fauces, porque podrían acabar matándonos a todos.
Menos mal que la buena fe nos mantiene, la esperanza nos ayuda y creer en aquello que no vemos nos permite continuar.
Nosotros podemos seguir las enseñanzas de quien recorrió los pueblos de aquella bendita tierra para mostrarnos un camino: Jesucristo, que, en nombre de su Padre y siendo el mismo Dios, hoy nos cuida entre tanta perversión que nos invade y que quienes carecen de conciencia intentan vendernos mediante mentiras porque les beneficia.
Él no necesitó vivir en palacios. Caminaba con sandalias, atravesaba aquellas tierras, compartía el alimento, predicaba, curaba y ofrecía amor y comprensión.
Cuando las riquezas podrían servir para calmar el hambre de los pueblos, no todos los mandatarios están dispuestos a desprenderse de una pequeña parte de aquello que han atesorado. Es más, algunos incluso roban a sus ciudadanos a cara descubierta.
Él nos dio ejemplo de amor y de perdón.
Y yo me pregunto: ¿hemos aprendido algo?