Conozco a un escritor de reconocida valía que durante mucho tiempo recopiló datos, informaciones y reflejos históricos para escribir una novela histórica sobre el rey de Marruecos, Mohamed VI, sin dejar atrás los recovecos de su impudicia. De pronto recibió un mensaje alertándole del peligro al que se exponía si continuaba con su desarrollo y publicación.
La inteligencia manipuladora del sultán debe ser prodigiosa porque, siendo un gobernante riquísimo con permanente hambruna en un pueblo sometido que, al parecer, le besa la mano y le venera; poco edificante en los otros órdenes de su vida social y personal, desvergonzado en pedir y quedarse con lo que no le pertenece, sin embargo, se siente “respetado” por EEUU, Israel, Francia. Y “temido”, sobre todo, por una España que condecora a su ministro de asuntos religiosos, dos meses antes de pedir Ceuta y Melilla en el cumpleaños de Mahoma, delante del rey y de todos sus espías que buscan el momento de nuestra mayor debilidad para quedarse con lo que no es suyo.
Como espectador sin otras posibilidades, grito hoy la tristeza de sentirme, por mis gobernantes, traicionado.