La geopolítica contemporánea exige una comprensión profunda que trascienda los discursos oficiales sobre el papel. Cuando el célebre estratega oriental sentencia que la cumbre de la milicia es vencer sin combatir, describe con precisión el fenómeno que padece la península, donde esta agresión silenciosa no dispara una sola bala ni despliega estandartes beligerantes en el horizonte.
Al contrario, avanza mediante el desgaste institucional y la sustitución de la identidad cultural; un proceso frente al cual Ceuta encarna un desafío implacable donde la pasividad gubernamental desdibuja los límites reales de la protección fronteriza. No basta con proclamar la pertenencia histórica de una plaza si las acciones demuestran desinterés en su resguardo.
Recordando las aulas del seminario, acude a mi memoria la categórica lección de mi recordado mentor, el presbítero José Adrián Setien Peña, quien con agudeza sentenciaba: «Si alguien deja un dinero en la mesa que es de su propiedad, y viene otro y delante de él se apropia de ese dinero, quien se adueñó de él no es un ladrón, sino que quien se dejó arrebatar su patrimonio es un tonto». Esta analogía encaja perfectamente en la realidad actual de la plaza africana, donde la inacción estatal obsequia parcelas de autoridad a terceros que progresan sin resistencia alguna.
El territorio ceutí se ha transformado en una especie de herida abierta en el propio cuerpo de la nación, una laceración desatendida que clama por un tratamiento urgente para evitar dinámicas que terminen siendo totalmente irreversibles. Cuando el dueño de un organismo físico ignora una lesión evidente y no hace absolutamente nada para sanarla, permite de forma implícita que la afección progrese hacia la gangrena y se llene de parásitos indeseables.
De la misma manera, el Gobierno contempla su frontera desguarnecida sin aplicar la firmeza soberana necesaria para cauterizar el foco del conflicto. Una patria que presume de defender su integridad territorial, pero permite el deterioro sistemático de sus controles, incurre en una omisión temeraria que pone en riesgo su propia estabilidad a largo plazo.
El señorío nacional no se sostiene únicamente con efemérides o argumentos jurídicos del pasado, sino con el ejercicio diario del control aduanero y la seguridad nacional. Ignorar este postulado es abrir las compuertas al colapso de la identidad propia, permitiendo que las fisuras del sistema sean aprovechadas por quienes buscan debilitar el orden.
Para ilustrar este escenario con claridad cotidiana, imaginemos a un ciudadano que posee un piso o una casa en cualquier localidad de la península y toma la decisión de mantener las puertas y ventanas abiertas de par en par.
Sin cerraduras, sin vigilancia y sin la menor intención de resguardar el acceso, el propietario expone la intimidad de su hogar a que cualquier persona extraña o animal ingrese libremente a causar destrozos en las habitaciones.
Exactamente este fenómeno es lo que ocurre hoy debido al debilitamiento de las fronteras españolas (y de la Unión Europea) en el continente africano, donde los perímetros de contención parecen ceder ante las presiones externas de forma alarmante. Proteger una vivienda implica colocar barreras eficientes que disuadan la intrusión, y trasladando ese principio elemental al ámbito de la defensa estatal, resulta inaceptable que los flujos migratorios descontrolados vulneren la cotidianidad local ante una mirada institucional estupefacta.
La permeabilidad consentida destruye el concepto de seguridad ciudadana, pues transforma el santuario del orden social en un territorio de libre tránsito para fuerzas que no respetan las normas del hogar.
El análisis estratégico nos revela que nos encontramos inmersos en una auténtica guerra fría fronteriza donde abundan las declaraciones vacías y los pactos diplomáticos de fachada que no resuelven la raíz del problema estratégico. En el argot popular se suele afirmar que hay «mucho ruido y pocas nueces», traduciéndose esta expresión en una avalancha de comunicados mediáticos mientras la tranquilidad ciudadana se debilita de forma alarmante.
Las verdaderas nueces de esta disputa geopolítica radican en garantizar la paz pública, instaurar un control migratorio estricto y detener de raíz lo que a todas luces se perfila como una inmigración masiva vestida con ropajes de invasión silenciosa. Quien comprende el arte de la estrategia sabe que ceder el terreno por negligencia equivale a firmar la capitulación sin haber disparado un solo cartucho, entregando las llaves del reino a una fuerza que avanza pacientemente aprovechando la indecisión ajena.
Esta ofensiva se manifiesta de manera preocupante en el plano cultural, donde los contingentes entran bajo un disfraz de paz y vulnerabilidad para luego desplegar una agenda de asimilación inversa. El objetivo último de este fenómeno no es la integración en la sociedad receptora, sino el intento coordinado de cambiar las costumbres locales e imponer dogmas propios que desestabilizan las tradiciones milenarias españolas.
Este proceso de suplantación socava directamente el modo de pensar del habitante peninsular, introduciendo pautas de conducta que resultan incompatibles con los valores jurídicos y sociales de Occidente. Nos enfrentamos a la introducción forzosa de dinámicas colectivas que son flagrantemente anticristianas y contrarias al orden tradicional, buscando erosionar los pilares espirituales que han definido la historia ibérica. La tolerancia mal entendida se convierte en el vehículo para que el absolutismo cultural foráneo proscriba los símbolos y las libertades de la patria que les dio acogida, transformando la hospitalidad en una herramienta de sumisión.
La solución definitiva a este dilema histórico no reside en la hostilidad abierta, sino en la reconstitución inmediata del principio de autoridad del Estado en cada rincón de su geografía. España debe asumir con valentía el cuidado integral de su territorio periférico, cerrando esa brecha fronteriza antes de que los factores de inestabilidad social terminen por corromper la convivencia en Ceuta.
Es imperativo abandonar la retórica de la complacencia y fortalecer las barreras físicas, tecnológicas y policiales que devuelvan el orden y el respeto a los límites fronterizos. Solo cuando el propietario de la casa decide echar la llave y asegurar sus ventanas, el entorno comprende que ese espacio privado cuenta con un defensor dispuesto a preservar la integridad de su patrimonio familiar. La pasividad política debe dar paso a una doctrina de firmeza nacional para que la soberanía ceutí deje de ser una herida expuesta al arbitrio ajeno, resguardando así la identidad, los valores ancestrales y el porvenir de las futuras generaciones frente a cualquier pretensión de dominio.
«Una nación que no puede controlar sus fronteras no es una nación». — Ronald Reagan, Discurso sobre seguridad nacional.
Doctor Crisanto Gregorio León
ExPresbítero, Profesor Universitario y Brocaster