Anteriormente a la segunda república (con ella no se puso remedio, más bien se agrandó la enfermedad), don Antonio Machado agrupó el sufrimiento de la época en un poema bellísimo y trágico que puede servirnos de faro en la noche actual de nuestra navegación histórica:
“A una España joven”, y dice así: “Fue un tiempo de mentira, de infamia//. A España toda// la malherida España de carnaval vestida// nos la pusieron pobre y escuálida y beoda// para que no acertara la mano con la herida”… Con el tiempo, don Antonio ha demostrado ser también profeta anunciando que moriría ligero de equipaje, casi desnudo, como el buen hombre que era, lúcido y desinteresado. Desde la otra orilla, hoy también nos ilumina.
Nunca es mi intención, ni será conscientemente, ofender a nadie, porque uno tiene bastante con sus propios errores. Pero a ratos soy, como profesaba Luis Cernuda, “un buen español sin ganas” viendo lo que veo y sufriéndolo, sobre todo, en vidas ajenas. De ahí que no me atreva a pontificar un análisis, sino una consideración lo más exculpatoria posible de lo que está sucediendo en el acorchamiento del verano, en una atroz indiferencia, como si de pronto hubiesen desaparecido de la vida española sus extremados oleajes.
DESPROPÓSITOS
Son demasiadas aguas salidas de su cauce en España las que amenazan con un ahogo colectivo que sentimos agrandadas hoy con el desajuste de Ceuta.
Muchas de las leyes que se nos han dado no son sólo permisivas, sino ajenas al sentido común y a la organizada convivencia. Nadie con fraterno sentido cristiano, o simplemente ético, puede oponerse a la digna acogida de los más vulnerables que estén padeciendo miserias o persecuciones en sus propios países. Pero nunca debe realizarse como invasión a un pueblo que, lejos de poder servirlos, se hunde en su propia impotencia al carecer de recursos y disponibilidades, como ha sucedido en la orfandad de Ceuta.
Marruecos juega un poquito más cada día con nuestro territorio hasta comprobar los avances que le son permitidos. Igual que Inglaterra con las aguas territoriales en Gibraltar. Con amigos así, la cartera peligra en el bolsillo.
El gobierno de la Nación no es que sea malo, es simplemente inútil, incapaz de resolver cualquier exceso que él mismo ha provocado desde una demagogia incompetente. Antes de abrir las lindes de una casa, se deben asegurar víveres y reservas para el asentamiento. Hasta que eso llegue, las puertas han de entornarse. Y más cuidadito en permitir a las serpientes que sigan mordiendo con la boca cerrada.
Las cosas son como se principian, escribía Santa Teresa de Jesús. Y si se principian elevando como jefe de correos a quien no sabe en qué esquina del sobre han de pegarse los sellos: el resultado, como ha sido, no debe sorprender a nadie: la ruina del estamento público. Si se principian colocando al frente de los ferrocarriles a un señor de vía estrecha, cuya incompetencia le impedirá vigilar el mantenimiento de los servicios, el descarrilamiento es inevitablemente la consecuencia. En lo exterior, como somos amigos de los terroristas y alejados de países relevantes que pueda echarnos una mano, los socios de Europa ven razonable que los vecinos nos sigan dando puntapiés, a veces con disimulo y otras con descaro… Y así.
Centenares de asesores en todos los organismos oficiales que, según los resultados, no asesoran de nada porque desconocen las temáticas de su asesoramiento y son únicamente personas a las que se les deben favores y es precioso situar como sea liberando sitios. O creándolos ad hoc.
Los ministros de cualquier ramo están deshabitados de ilusiones y conocimientos. Si para dirigir la orquesta nacional pusieran a un sordo, hasta los pájaros huirían. Eso sucede en la actualidad. Sólo se parchea con gastos desorbitados que concluirán asolándonos en una sorprendente y desproporcionada miseria.
El presidente del gobierno, en la tumbona de su descanso, bien podía recitar los versos de Bécquer: “Mi vida es un erial: / flor que toco se deshoja; / que en mi camino fatal / alguien va sembrando el mal / para que yo lo recoja”. Son libros que debiera también aconsejarnos.
Carezco de ideología política que impida mi libertad de ser relativamente objetivo. Soy católico de oficio y convicción. Si los que vengan, si vienen, se encharcan en parecidas torpezas, me atreveré a dar también una opinión para el que desee como penitencia leerla. Pido disculpas si alguien puede ofenderse; me siento, como Ortega y Gasset, un espectador que, con escaso criterio, publica ensayos y artículos bien intencionados, deseando de una vez por todas que en la patria común “acierte la mano con la herida”.
…Y, si la herida es más grande que la mano, busquemos otra hasta encontrar la adecuada que tapone, por fin, las hemorragias.
Pedro Villarejo