Por José Valenzuela Ávila
Mientras España quedaba en penumbra unos minutos por el eclipse, las costas de Ceuta se desbordan en una crisis migratoria insostenible que parece permanente, y los ministros descorchan botellas de alta gama en su búnker vacacional, regadas con amplias sonrisas.
La Mareta, 2026. No es solo un gasto obsceno con dinero público; es una bofetada cruel a los ciudadanos. Esta espantada veraniega resucita con total descaro la historia del mayor ridículo taurino convertido en dicho popular. Conecta el lodo del pasado reciente con el abandono del presente.
Cuando el miedo se vuelve carnicería. El gran público repite a menudo este famoso dicho popular, pero no todos conocen el lamentable suceso del 25 de agosto de 1927 en que se consumó un acto de crueldad y cobardía absolutas, cuando el torero Joaquín Rodríguez, «Cagancho», se vio superado por un pánico atroz en Ciudad Real.
Huyó de forma humillante hacia las maderas del callejón. Desde la seguridad de la barrera, aterrado e incapaz de clavar una estocada limpia, apuñaló al animal sádicamente una y otra vez en el cuello y los costados.
Aquella matanza desató una batalla campal.
La muchedumbre saltó al ruedo armada con adoquines y botijos para ajusticiar al cobarde torero. La Guardia Civil fue barrida por la furia popular. El Gobierno de entonces se vio obligado a enviar a un regimiento de caballería del Ejército a golpe de sable para despejar la plaza y meter al torero en un calabozo. Solo así salió vivo. Esta es la historia.
Ese mismo instinto de fuga es el que une a Cagancho con sucesos recientes. La tierra en Paiporta se había vuelto fango negro que se pegaba a las botas. Los vivos y los muertos se confundían en las esquinas de los pueblos inundados. No había música. Solo una gran desolación y el murmullo de las almas atrapadas bajo los puentes. El aire pesaba cargando con el rencor y sufrimiento de toda una provincia. Y de toda España.
Fue entonces cuando llegó la comitiva presidencial. Avanzaban con la pomposidad burocrática de quien confunde una catástrofe humanitaria con un desfile de modelos. El fango voló primero. Luego llovieron los insultos y los palos.
Un torero valiente aguanta cuando el animal aprieta. Un hombre de valor aguanta la embestida de la realidad. Pedro no aguantó. Activó la doctrina de la espantada. No hubo dignidad ante el castigo: se dio la vuelta con la velocidad de un galgo asustado. En las calles rotas de Paiporta solo quedó el silencio. El lodo permaneció inmutable en las paredes, flotando como los fantasmas que ya no esperan nada de sus líderes.
El Galgo de Ceuta y el burladero canario: El negocio de la distancia. Hoy, en pleno agosto de 2026, con la frontera norteafricana convertida en una herida abierta por donde miles de personas entran a nado o ya usted a saber como, el guion se repite paso por paso:
Apuñalamiento por decreto: Al igual que Cagancho destrozaba al toro con crueldad, de forma antirreglamentaria desde las maderas, el Gobierno asesta decretazos de urgencia a diestro y siniestro, puñaladas legislativas a ciegas para contener las crisis fiscales y migratorias sin pisar jamás el barro de la realidad.
El sacrificio de la cuadrilla: En lugar de afrontar el toro magrebí de cara, el nuevo Cagancho se refugia en el confort insular. Envía a Margarita a actuar como escudo humano en Melilla y Ceuta ante los golpes mediáticos mientras él guarda la ropa.