Hay tiempos y circunstancias en los que son imprescindibles la locura, el humor y la poesía para hacer frente a las otras locuras que sí hacen daño y necesitan ser enmascaradas con el esperpento que ya el insustituible Valle-Inclán creó para estos casos.
Son días en que se habla mucho de invasiones, escondites y responsabilidades. Desde una ironía casi inocente quiero relatar la última invasión que yo recuerdo y viví entre sueños, quimeras y burlas educadas.
NAPOLEÓN, LOS FRANCESES, CARLOS IV, GODOY, MARÍA LUISA DE PARMA, FERNANDO VII…
Nuestros vecinos, de un lado y de otro, siempre fueron peligrosos, menos los portugueses, tan hermanos.
Aunque cada uno tiene derecho a interpretarlo a su manera, la invasión napoleónica fue un descarado aprovechamiento de la debilidad e inoperancia de los Reyes Carlos IV – María Luisa de Parma y de las ambiciones sin medida de Godoy.
Ustedes perdonen, pero así me lo contaron:
…Paseaba el Rey con María Luisa en su falúa de catorce remeros por el Tajo que, con paciencia de siglos, acristala en el agua los palacios de Aranjuez. Miraban el paisaje y se daban fresas el uno al otro, procurando que no llegasen los dedos a la boca: -“Toma, mi amor”… y a la Reina se le derramaba por la comisura de los labios una fingida ternura.
En una de las curvas que hace el río buscando la Casita del Príncipe, se detuvo la embarcación porque el todopoderoso ministro Godoy deseaba urgentemente “saludar” a los monarcas. La Señora de “la fermosura”, levantando su pañuelo de seda, aceptó la cortesía del favorito, que siempre se acercaba a Su Majestad con dádivas diferentes, con delicadezas que el Rey también agradecía. Tras su acostumbrada reverencia, el Guardia de Corps venido a más, que llevaba en sus manos rosas amarillas para distraerles con su color y su perfume, fue directamente a exponer su propósito:
-Majestades, el Emperador de Francia, amigo y vecino de nuestra amada Patria, solicita vuestro permiso para atravesar el territorio español en su pretensión de conquistar el dominio de Portugal. Sólo desea expedito el camino, que luego él sabrá recompensar debidamente a Sus Majestades.
Carlos IV siguió absorto en la dulce terquedad de sus fresas y la Reina María Luisa, detenida en la corpulencia de Godoy, dijeron acompasadamente que sí y continuaron su navegación mientras dos lacayos apartaban los mosquitos de su cara.
Ya Godoy había convenido con Napoleón el reparto de tierras portuguesas a su favor, aunque, como pronto se supo, lo que verdaderamente buscaba el Emperador era quedarse con España entera y sentar a su hermano José Bonaparte en el trono de los Borbones…
Como así fue.
Con cierto oscurantismo merodeaba en justificada sospecha Fernando, hijo y heredero de los soberanos españoles. Pero se sabe De Fuentes Bien Informadas que el pretendiente estaba entretenido por aquellas fechas en buscar la destreza de los mejores urólogos a su alcance por cierta deformación en su miembro viril que mermaba considerablemente el laberinto de sus placeres. Unos y otros de los doctores consultados, aseguraron a Su Alteza Real que lo torcido de nacimiento no puede enderezarse ni reducir las proporciones de semejantes hechuras. No obstante, el futuro Fernando VII insistió en corregir el desarreglo sin consecuencias y sin conocer todavía que su ignorado yerno, Francisco de Asís, también sufriría de parecidos problemas; aunque de menor calibre en su particularidad, el esposo de Isabel II orinaba en cuclillas porque tampoco tenía remedio lo suyo, ni mucho menos la intención, escasamente varonil, de sus efluvios ni su puntería al desembocarlos. Los Reyes que vinieron después, por lo que se ha podido comprobar, tuvieron resuelto el problema en la zona de sus humedales.
Pero dejemos eso a un lado ahora.
Como Godoy le había asegurado al Emperador el sí de los Reyes españoles, Napoleón se llegó de incógnito a Madrid para sopesar el ánimo de tan valientes patriotas como le habían advertido y, de paso, comprar en la joyería Anchorena algunas pulseras y colgantes para Josefina… Hoy sabemos, sin que el misterio haya podido aclararse, que esas mismas joyas han aparecido en la caja fuerte de unas oficinas de la calle Ferraz, de Madrid, que corresponden a un señor importante.
Al verse descubierto tal personaje, y con la ayuda de su secretaria, decidió extraer las bellísimas gemas de su engarce encontrándose, bajo cada una de las esmeraldas y del imponente zafiro que colgaba en aderezo deslumbrante, un consejo escrito en diminuto papel de seda.
Bajo el rectángulo intenso de la primera esmeralda, el papelito decía: “No tardes más en revelarle al juez de donde procedo”. En la segunda esmeralda, más ancha todavía en su verde esplendor, otra leyenda: “Con esta pieza puedes pagar entera la hipoteca de tu casa”. Y bajo el extraordinario zafiro, tan exagerado que podía tapar las partes pudendas de cualquiera, con diáfana letra se leía: “Vete a tomar por el trasero”… Se nota en este último consejo una transitada educación en la persona que lo escribió, por la palabra escogida y por la forma exquisita del sinónimo preferido.
De todas formas, aquel señor de reconocida ejemplaridad se echó mano a sus posaderas, sospechando del atropello ingobernable que se le podía venir encima. Por si acaso corrió a vender la piedra más hermosa de su colección, que vaya a usted a saber si fue Josefina quien la dejó olvidada en el mismo sitio como pago a sus múltiples servicios en el tráfico de influencias que podrían haberle solicitado. Hace siglos que se perdió la inocencia.
Después vino lo que todos sabemos:
A los Reyes de las fresas les ofrecieron un palacio en París y un generoso estipendio. Tan contentos quedaron después de haber cambiado el Tajo por el Sena, las manzanas por fresas, los mosquitos por moscardas. Cada uno por su parte, siguió haciendo lo que pudo. Godoy también.
…Siempre que algo se quiere conseguir, mucho más hay que ofrecer. Y suelen perder quienes creen ganar. Aquellos franceses nos invadieron, pero la sangre levantada de los españoles consiguió recuperar el trono para Fernando VII, un Rey felón que no se lo merecía… Lo demás, como Hamlet dejó dicho, es silencio. Y el que quiera entender lo que ahora nos pasa, que se vaya a Aranjuez, alquile una falúa y muerda con entusiasmo el corazón de las fresas.
Pedro Villarejo