Hay días en que la tierra amanece con sorpresas evitables. Este pasado viernes 31 de julio, como el jueves anterior, el aire del Tarajal no era aire, era un vapor espeso que olía a sal y a miedo. Dicen los que estuvieron allí que el mar empezó a entregar cuerpos desde la madrugada entera. No eran peces, eran hombres y muchachos que traían los ojos abiertos como si buscaran algo perdido.
Llegaban abrazados a neumáticos y a botellas de plástico, aferrados a la idea de estar vivos. En Ceuta las cosas siempre llegan tarde, menos la desgracia, que esa siempre madruga y encuentra sitio.
El rumor corrió por los callejones. «Ya vienen», decían en el mercado, con ese estoicismo de quien ya lo ha visto todo y no espera nada bueno. La frontera, que en los mapas parece una raya bien pintada, sobre el terreno era un colador inservible.
Del lado marroquí, los centinelas vecinos miraban el horizonte como quien mira llover. Es sabido que cuando el vecino afloja la vigilancia por interés, su terreno se vacía y los fugitivos estimulados, tal vez, corren a buscar el grano ajeno, con alivio del propio.
Las sirenas de las ambulancias empezaron a aullar con un eco que se metía en la boca del estómago. Era un ruido de ciudad enferma, un compás apresurado que contrastaba con la quietud de los recién llegados. Los muchachos corrían por la arena entre la euforia de haber cruzado y el espanto de no saber dónde estaban ni adónde ir.
Unos reían y otros se caían de bruces en la arena, rendidos por el peso del agua. La Cruz Roja corría de un lado a otro repartiendo mantas térmicas que brillaban al sol. Los guardias hacían lo que podían, que era bien poco, porque contra el hambre no hay escudo que aguante el golpe.
Rescataban cuerpos del agua con una profesionalidad impecable, pero con la cara larga del que sabe que el pozo no tiene fondo. La escena tenía algo de comedia bufa si uno no miraba los ojos de los que se estaban ahogando a pocos metros.
Las administraciones gubernamentales, como es su costumbre inmemorial, reaccionaron con la velocidad de un buey viejo y cojo en el barro. Hacía ya cinco años de la última gran oleada, cinco años de discursos, y de promesas incumplidas, como de costumbre.
Pero nuestros gobernantes no es que sean animales que tropiezan dos veces con la misma piedra, sino que además le cogen cariño al tropezón. No quieren aprender porque es más cómodo olvidar y confiar en que la fortuna sea propicia dos veces seguidas.
Son muy poco sabios, porque el sabio sabe que la adversidad no avisa, y que quien no se prepara para el infortunio, cuanto este llega le agarra siempre en mantillas. En los despachos de Madrid los teléfonos ardían, pero el fuego de los teléfonos nunca ha apagado el fuego de la calle.
El ministro Marlaska anunció su viaje de urgencia para el día siguiente. Al presidente Sánchez también le dio por girar visita, un desfile de chaquetas de sastre sobre el polvo de la tragedia. Vinieron a ver lo que ya todos sabían, a poner cara de circunstancias, y a firmar decretos que no cierran compuertas, y a recibir los consabidos y acostumbrados piropos de vituperio.
Algunas políticas tienen esa virtud de hacer que lo urgente parezca un trámite, y lo trágico una estadística de ingenio pueril que busca o inventa algo peor con lo que comparar.
Y mire usted por donde, en la Asamblea de Ceuta ocurrió el milagro que ni la fe más ciega habría podido anticipar jamás. Los de un lado y los del otro, las derechas rancias y las izquierdas inverosímiles y un tanto musulmanas, se dieron la mano sin asco. El PP, el PSOE, Vox y los partidos menores firmaron un papel conjunto exigiendo que el Ejército tomara el mando.
Y es que cuando los lobos cercan la aldea, hasta los perros traidores del pueblo dejaron de morderse entre sí, y pidieron la emergencia nacional, invocando las leyes del Estado y reclamando que Ceuta no fuera el patio trasero de nadie.
Porque una cosa es la teoría humanitaria que se discute con un café y un cubata en la mano, y otra el miedo que da salir a la calle. Las tiendas cerraron sus persianas con un estrépito que sonaba a disparo en mitad de la tarde desierta.
Los parques públicos, donde antes jugaban los niños, se llenaron de sombras forasteras. Había un desasosiego espeso, una sensación de que las paredes de las casas se habían vuelto de papel de liar cigarrillos. La gente miraba desde las ventanas y balcones, conversando algunos en voz baja para no espantar la poca paz que quedaba.
«Esto ya no es una crisis», decía un viejo, «esto es que nos están empujando al mar y no nos damos cuenta». El efecto llamada funcionaba como el agua en la pendiente: donde pasa uno, la grieta se agranda y la riada no para.
Los que cruzaron ayer llamaban por el móvil a los que esperaban allá, diciendo que la puerta estaba entornada. Y el norte de África se convierte en un mar de jóvenes que se lanzan al agua salada.
El Ejército llegó por fin, con sus camiones verdes y sus caras de no entender muy bien a quién debían apuntar. Desplegaron los alambres, pusieron soldados en fila frente a las olas que seguían rompiendo con fuerza. El metal de los fusiles relucía, pero los fusiles no sirven de mucho cuando el enemigo viene desnudo.
El espectáculo de fuerza inútil y de debilidad organizada, era un decorado para que la prensa sacara fotos con sus cámaras, buscando el niño llorando o del soldado con cara de pocos amigos. Todo se vuelve mercancía y la crónica exige titulares que despierten al lector adormecido.
Alguien llamado Juan José Contreras recordaba el año veintiuno como si fuera ayer, y sentía la rabia sorda de quien ve repetir la función con los mismos actores. «Cinco años tirados a la basura». La imprevisión de los gobernantes es una afrenta a la razón, un vicio que los pueblos pagan siempre con su propia tranquilidad. Esperar que el peligro desaparezca por arte de magia es la actitud del avestruz.
Marruecos sabe jugar sus cartas con la paciencia del que no tiene prisa y conoce las debilidades del vecino del norte. Abre el grifo cuando necesita o quiere prebendas y dinero. Y el grifo esta vez se abrió del todo con carne humana que inundó las playas de la ciudad.
Llamarlo chantaje es decir poco; es una guerra sin pólvora. Esos millares de marroquíes no son más que peones en un tablero de ajedrez donde los reyes nunca se manchan las botas. Se lanzaban al agua porque les decían que al otro lado el paraíso estaba abierto y que nadie les iba a cerrar el paso. Luego llega la realidad del tío Paco.
«Es una cuestión de Estado», repetían los editoriales de los periódicos con esa gravedad hueca que da el estar lejos. Pero Séneca nos dejó dicho que nadie es más infeliz que aquel a quien la fortuna nunca ha puesto a prueba en la vida.
El aire de Ceuta tardará tiempo en limpiarse de este olor a miedo y a contingencia que lo ha invadido todo de repente. Los comercios volverán a abrir, los niños regresarán a los parques, pero la normalidad ya será otra cosa bien distinta. Será una normalidad vigilada.
Lamentablemente, es posible que dentro de unos meses la crisis del veintiséis será solo un informe más en un cajón cerrado con llave doble. Hasta que el agua vuelva a llenarse de brazos y las piedras del Tarajal tengan que volver a callar el secreto.
Pero eso sí, antes prometerán fondos, prometerán ayuda, dirán que Ceuta no está sola, que el Gobierno responderá con toda la fuerza, y lo dirán con palabras, con palabras que el viento de levante se llevará antes de que los aviones oficiales vuelvan a despegar hacia la capital.