Un cuadro del Servicio Meteorológico Nacional de 1952, con las temperaturas máximas absolutas registradas en 25 observatorios entre 1949 y 1951, permite comparar aquellos veranos con los últimos años a partir de un único criterio: los picos de calor.
Un documento oficial del Ministerio del Aire —el «Cuadro nº 17» de su Serie A de Climatología, publicado en Madrid en 1952— recoge las temperaturas máximas absolutas anuales registradas en 1949, 1950 y 1951 en los veinticinco observatorios principales de España.
Setenta y cinco años después, comparar esas cifras con los récords más recientes de la AEMET, ciudad por ciudad y bajo ese mismo criterio —el de la temperatura máxima alcanzada, no la media—, arroja un resultado más moderado de lo que cabría esperar.

Los datos de posguerra ya mostraban un país de veranos duros en el sur y el interior. Sevilla encabezaba la lista con 46,6 °C en 1949, seguida de Badajoz (45,0 °C), Córdoba (44,6 °C) y Murcia (44,1 °C). En el extremo opuesto, las estaciones del norte y la cornisa cantábrica —A Coruña, San Sebastián, Vigo o Santander— no superaban los 36 °C en ninguno de los tres años. Madrid (Retiro) registró 40,7 °C en 1949, 39,6 °C en 1950 y 40,2 °C en 1951.
Sevilla: el récord absoluto de la estación de referencia (Sevilla Aeropuerto) sigue siendo el de 1995, con 46,6 °C, una cifra prácticamente idéntica a la que ya figuraba en 1949. Setenta años después, el techo de calor de la ciudad no se ha movido.
Madrid: el 14 de julio de 2022 la capital alcanzó 40,7 °C en el Retiro, igualando exactamente —sin superarlo— el valor que la misma estación había registrado en 1949.
Córdoba: la ciudad que marcaba 44,6 °C en 1949 no ha vuelto a acercarse a esa cifra en los últimos años; su registro más comentado recientemente, los 38,8 °C de abril de 2023, corresponde a un mes distinto y por tanto no es comparable directamente con el máximo absoluto anual de la posguerra.
Barcelona: es la excepción más clara. El observatorio Fabra, que en 1949-1951 rondaba los 37-39 °C, alcanzó 40 °C el 30 de julio de 2024, superando el récord que llevaba desde 1982 (39,8 °C). Aquí sí hay un techo nuevo, aunque la subida respecto a los años cuarenta ronda apenas 1-2 grados.
Zaragoza: no se dispone de un registro reciente de temperatura máxima absoluta que supere claramente los valores de referencia de 1949-1951; el dato más citado de los últimos años en esta estación corresponde a una temperatura mínima inusualmente alta (28,1 °C en julio de 2024), una magnitud distinta a la que recoge el cuadro original.
Tomando exclusivamente las temperaturas máximas absolutas como vara de medir —el mismo criterio que empleaba el cuadro de 1952—, la comparación con la actualidad no muestra un salto dramático. Sevilla sigue sin superar, siete décadas después, el entorno de los 46-47 °C que ya alcanzaba en 1949.
Madrid tuvo que esperar hasta 2022 para simplemente igualar, no superar, su máximo de posguerra. Córdoba y Zaragoza tampoco presentan registros recientes que superen con claridad sus valores de 1949-1951. Barcelona es la única de las ciudades analizadas donde el récord absoluto se ha superado de forma inequívoca, y aun así por un margen moderado.
En definitiva, si el análisis se limita al dato concreto de la temperatura máxima alcanzada en cada observatorio —el mismo que ofrece este cuadro histórico—, los picos de calor de España no han variado en exceso entre la posguerra y la actualidad.
El calor extremo ha dejado de ser únicamente un problema ambiental o sanitario para convertirse en un factor que condiciona la actividad económica de las ciudades.
El aumento de las temperaturas está elevando los costes de operación de edificios e infraestructuras, incrementando la demanda energética y afectando a la productividad, con un impacto directo en algunos de los sectores sobre los que se sostiene la economía urbana.
Esta evolución se enmarca en una tendencia cada vez más evidente. Según los últimos datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), España ha registrado el doble de olas de calor entre 2001 y 2025 que, en los 25 años anteriores, con episodios cada vez más prolongados.
Partiendo de esta situación, Arup, firma global de desarrollo sostenible, ha identificado cuatro sectores estratégicos en los que el calor extremo ya está generando un impacto directo sobre la economía urbana:
1. Edificios y sector inmobiliario
La mayor necesidad de refrigeración eleva el consumo energético y los costes de operación de viviendas, oficinas, hospitales, centros educativos y edificios públicos. Este escenario afecta especialmente a los edificios antiguos o poco eficientes y refuerza la necesidad de adaptar un parque construido diseñado, en muchos casos, para condiciones climáticas distintas a las actuales, con el objetivo de mejorar el confort, la seguridad y la habitabilidad para personas de todas las edades.
2. Infraestructuras de transporte
Los sistemas de transporte público son un pilar de la actividad económica urbana, pero están cada vez más expuestos al aumento de las temperaturas. El calor extremo puede provocar deformaciones en vías ferroviarias, deterioro del asfalto y de pistas aeroportuarias, así como fallos en equipos y tecnologías clave, incrementando las necesidades de inspección y mantenimiento.
3. Redes energéticas
Para operadores y propietarios de infraestructuras energéticas, el aumento de las temperaturas supone un desafío para redes y activos expuestos. Los riesgos asociados al calor pueden manifestarse en forma de mayor demanda eléctrica e incremento del riesgo de interrupciones de suministro por sobrecarga de la red, impactos directos sobre la infraestructura, daños en redes o un incremento del riesgo de incendios forestales, lo que exige reforzar la capacidad de respuesta y la resiliencia del sistema.