Con suave voz de adolescente sorprendida (¡yo no he sido!), la presidenta del PSOE intentó defender al colega que, por inesperada casualidad, encontraron en su despacho ensortijados brillantes, collares de emperatrices y otras inmensidades luminosas de valor incalculable que seguramente han costado mucho más que lo tasado.
La presidenta, digo, compungida en un gesto de dolor, indeterminado como el precio de las joyas que escondía su defendido, apelaba a la dignidad del legado que el de la ceja nos dejó a los españoles como la más abierta cicatriz de aquella lucha fratricida. Para ellos fue el más dilatado de los progresos.
Su Ley de Memoria Democrática, gracias al “legado” del indefenso joyero, circula como la sangre de las cosas heridas en un río incansable de odios que ya estaban cediendo hacia el olvido. No sólo es siniestro su legado, sino él mismo en la ruina desbaratada que nos dejó. Ahora le defienden como si fuese un “ciervo vulnerado” por la intransigencia de un pueblo que no supo comprenderle en su asombrosa malignidad.
Pedro Villarejo