España huele a pino quemado este verano. Los mapas del telediario se llenan de manchas rojas y a uno se le hace un nudo en la garganta al ver los montes vacíos; duele el pecho de una forma que no se sabe explicar, como una culpa ajena que se nos mete dentro con el humo.
La gente mira la desgracia con una pena antigua, como si ya supieran que el fuego es el dueño de la tierra. Pero el español tiene eso: se le quema la casa y no le da por pedir cuentas; se pone a sacar cubos de agua de donde no hay. Es una fijeza vieja. Viene de atrás, de saber que todo es prestado y que al final el polvo regresa al polvo. No hay nada de poesía en eso, solo la costumbre de aguantar el golpe.
Quizá por eso, para no mirar el humo de afuera ni masticar esa rabia que da el desastre, uno enciende la pantalla buscando cualquier pantalla vieja. Ahí sale Silvana Mangano, recortada con un vestido oscuro y estrecho sobre el blanco y negro de la película. No cantaba ella; la voz se la prestaba otra mujer llamada Flo Sandon’s, porque la belleza de la Mangano no necesitaba sonido. Le bastaba con moverse.
Tenía una carne pesada, seria, de la Italia de posguerra, que no buscaba agradar al público sino doblarle la voluntad. Se movía al ritmo del bayón con una ligereza extraña, como si supiera que la juventud dura poco y que los hombres que la miraban desde la oscuridad solo guardaban un puñado de humo.
Los músicos de Cuba se volvieron locos con ella, pero la pantalla parpadeaba y ella seguía allí, sola, ajena al ruido, cargando con su propia estampa como quien lleva una viga al hombro. Una hermosura de tierra que se gasta con mirarla.
Al apagar la televisión la realidad sigue ahí, fría, esperando en la sala. Queda el tizón negro y los hombres con las manos quemadas volviendo a levantar la pared. Así ha sido siempre. El viento se lleva la ceniza y la gente se queda en el mismo sitio, callada, esperando el invierno. Sin embargo, debajo de la costra de los pinos, la raíz sigue viva, ciega en lo oscuro, empujando con paciencia hacia arriba porque sabe que la tierra siempre vuelve a brotar.
José-Carlos Maldonado V.