Debilidad por el poder

26 de julio de 2026
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«El poder no corrompe a los hombres; sin embargo, los necios, si llegan al poder, corrompen el poder» (George Bernard Shaw, Hombre y superhombre, 1903)

La naturaleza política del hombre lo hace un ser fascinante, en el entendido de que su pensamiento envuelve diversas directrices en cuanto a asumir una tarea con finalidad individual o como provecho colectivo. Ambos casos son lógicos y comprensibles, pero cuando el hombre asume la política como carrera, en la que los demás están expectantes por la envergadura e importancia de los asuntos que le deben ocupar, entonces el político, individualmente considerado, debe sublimar su rol y tener plena conciencia de que a medida que el pensamiento y la percepción política de todos se van desarrollando y evolucionando, ya nadie más quiere ser engañado. Esta dinámica ciudadana exige integridad y rechaza tajantemente la mezquindad de quienes instrumentalizan el servicio público como un trampolín de beneficios particulares y vanidades mezquinas.

El fragor del pensamiento político le da ocupación a muchos políticos desocupados que sólo piensan en ellos, en su particular carrera, como también le da ocupación a muchos que se desocupan de su deber político, cuando pierden la perspectiva de la concepción de la política como instrumento para servir al pueblo. Siendo entonces su conducta una antítesis de la política, que ensombrece los parámetros de acción y desdibuja la consecución de los intereses de todos. Ponerse de acuerdo, dejando a un lado las apetencias personales, clarifica el pensamiento y apacigua el espíritu, para que las proyecciones objetivas e individualistas sucumban ante los elevados y mayores intereses de la nación. La verdadera vocación de servicio exige un desprendimiento absoluto de las ambiciones personales para anteponer el bienestar común como brújula inquebrantable de la gestión pública.

Ciertamente es válido el dinamismo político que inyecta participación en las cosas del Estado, para que deje de ser una utopía la democracia, como el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, y en función de ello, el propio pueblo se ocupe de su pueblo en el sentido de que el pueblo es la población en general. Los gobernantes afectados por el síndrome de hubris pierden todo sentido de la realidad y desarrollan una desmedida soberbia, creyéndose infalibles e inmunes al juicio ciudadano. Esta soberbia patológica desarticula la expectativa que los habitantes de cualquier latitud tienen como mejor destino, convirtiéndose en una aberración que debe desecharse, si se aspira a configurarse en una fórmula que propende regresar a lo ignominioso de cualquier época, situación, régimen o trasnochado pensamiento.

Una introspección del espíritu nada daña al que lo hace; se puede cambiar, y lo que se hace, se hace por loables y magnánimos propósitos y no a causa de la debilidad por el poder, que enturbia el pensamiento. Hemos escuchado en los inicios de diversas administraciones públicas, en largas arengas, manifestar una honda preocupación y un profundo dolor social por los sectores excluidos, por los niños desamparados, por los ancianos indigentes y por los enfermos que mendigan amparo en las calles. Sin embargo, con el transcurso de los años, la realidad suele mostrar un panorama críptico donde las promesas de bienestar general se diluyen entre la burocracia, la indiferencia institucional y la persistencia de la pobreza infantil que deambula por las esquinas urbanas, cerrando trágicamente la satisfacción de las necesidades físicas y psicológicas de los ciudadanos sin distingo alguno.

Hemos escuchado a diversos gobernantes y figuras públicas manifestar su inquebrantable compromiso humano en épocas de proselitismo electoral, prometiendo transformar las condiciones de vida de los más vulnerables, pero luego vuelve a cundir el silencio y la insensibilidad de quienes ocupan los altos cargos del Estado. La soberbia del poder y la desconexión entre el discurso redentor y la dolorosa realidad de la infancia desatendida evidencian una profunda crisis de moralidad política que afecta a las democracias modernas en su conjunto, donde la promesa de equidad se estrella contra el muro de la ambición desmedida y el desprecio por el ciudadano común.

A la unidad deberemos acudir con el pensamiento lúcido y la voluntad firme, desterrando de una vez por todas los personalismos estériles que fragmentan el tejido social. La debilidad por el poder ciega el entendimiento institucional y sumerge a las naciones en crisis recurrentes de moralidad administrativa. Es imperativo consolidar un frente de rectitud ética, donde la ley y la justicia sean el norte indiscutible del quehacer político, rescatando el valor supremo de la dignidad humana y el bienestar colectivo frente a la ambición desmedida. Solo mediante la transformación profunda de la conciencia ciudadana y el compromiso inquebrantable con la verdad republicana lograremos superar las sombras de la demagogia y edificar un porvenir próspero y verdaderamente democrático para todos los ciudadanos.

«El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente» (Lord Acton, Carta a Mandell Creighton, 1887).

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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