El ejemplo a los hijos

24 de julio de 2026
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Una familia. | Flickr
La infancia es el suelo donde se plantan las semillas del hombre que mañana ha de florecer para el bien o para la desgracia de la patria.» — Gabriela Mistral
«La educación es la llave maestra de la libertad.» — Séneca

La herencia invisible que transmitimos a las siguientes generaciones se cimenta en los pequeños actos cotidianos donde los hijos asimilan de forma implacable la conducta observada en los progenitores durante sus años formativos. Como señalaba el psicoanalista Donald Winnicott, el entorno familiar temprano actúa como el espejo fundamental donde el niño construye su identidad. Nunca un buen ejemplo resulta contraproducente; por el contrario, la fortaleza moral con que se desenvuelven los padres constituye el auténtico andamiaje de su proyecto de vida y su conducta ética. Cuando los adultos actúan con absoluta coherencia entre lo que predican y ejecutan en la intimidad del hogar, construyen un cimiento pétreo que guía los pasos de la juventud hacia la rectitud y el discernimiento justiciero. No obstante, la realidad cotidiana nos enfrenta a menudo con la dolorosa contradicción de discursos vacíos que chocan frontalmente con prácticas deshonestas, dejando un vacío profundo en el alma infantil que busca referencias válidas para interpretar el complejo entramado social que le rodea y en el cual deberá desenvolverse con autonomía en su futura vida adulta sin perder jamás el rumbo moral.

Con malos ejemplos, foriaremos resentidos, sociópatas, psicópatas o mentirosos compulsivos que generan un efecto de huevos de iguanas, como cadenas cuyos eslabones encuentran justificación exclusiva en la concepción mental copiada de los padres. Desde la psicología evolutiva, Erik Erikson demostró que las fallas críticas en las etapas psicosociales tempranas derivan de la incoherencia en los modelos de crianza. Su producto final es, por lo menos, un mal ciudadano o un hombre o una mujer de estériles aportes al crecimiento colectivo, configurando una artificial manera de coexistir en un antagonismo funcional a lo bizarro. Este fenómeno destructivo perpetúa círculos viciosos de comportamiento antisocial que erosionan el tejido comunitario desde su núcleo más íntimo y frágil. La repetición inconsciente de patrones dañinos dentro del hogar familiar actúa como un virus silencioso que corrompe las bases de la convivencia armónica, transformando los hogares en semilleros de desadaptación que luego la sociedad entera sufre en forma de violencia, deshonestidad rampante y una profunda pérdida de valores cívicos fundamentales.

El universo familiar se va alimentando de los aportes cotidianos del padre y de la madre y reforzándose con los aditamentos que recoge de sus miembros, de tal modo que los hijos emulan conductas sin cesar, porque inicialmente no disciernen lo malo de lo bueno. El psicólogo Jean Piaget explicó cómo el infante atraviesa estadios de desarrollo moral donde la autoridad paterna representa la fuente absoluta de la norma. Van creciendo entronizando aquello que los padres hacen o dicen de manera natural y, sin darse cuenta, se nutren profundamente de la bondad o de la maldad imperante en su entorno. Esta ósmosis psicológica y moral convierte al hogar en el primer tribunal donde se juzgan y adoptan los hábitos indelebles que regirán irrevocablemente el destino de los ciudadanos del mañana. En consecuencia, cada palabra emitida y cada acción perpetrada frente a las criaturas deja una huella imborrable que supera con creces cualquier instrucción teórica o lección escolar impartida fuera del calor y la influencia absorbente del núcleo doméstico y afectivo primario donde se gesta la verdadera personalidad humana.

Si le damos malos ejemplos a los hijos mediante conductas desviadas, estaremos creando criaturas carentes de respeto absoluto hacia nada ni nadie, sin consideración por el orden social, sin respeto por las leyes, convertidos en seres oportunistas. Las investigaciones de Lev Vygotsky sobre el desarrollo sociocultural subrayan que las funciones superiores del pensamiento y la conducta ética se adquieren primordialmente a través de la interacción guiada por los adultos. Hombres y mujeres que andarán por la vida haciendo y diciendo lo que les viene en gana, desprovistos de prudencia y templanza cívica. La ausencia prolongada de límites claros y de modelos dignos de emulación engendra indefectiblemente una generación desprovista de brújula moral, incapaz de asumir responsabilidades colectivas. Sin el valioso legado de cultura y civilización que la humanidad ha tardado siglos en conseguir para dejar atrás el oscuro estado de barbarie, corremos el riesgo latente de retroceder hacia estadios primitivos de convivencia donde impera la ley del más fuerte y el egoísmo más desbordado.

Enseñar mediante el testimonio viviente y cotidiano exige de los padres un ejercicio incesante de rigurosa introspección, autocrítica profunda y renuncia voluntaria a las veleidades del egoísmo diario. La teoría del apego de John Bowlby nos enseña que la seguridad emocional del niño depende estrictamente de la consistencia, disponibilidad y honestidad afectiva de sus figuras parentales. No basta con exigir rectitud y obediencia a los menores mientras se toleran transgresiones morales en el ámbito privado bajo la cómoda excusa de que nadie lo nota. La verdadera autoridad moral se conquista día con día mediante la congruencia inquebrantable entre el pensamiento íntimo, el discurso público y la acción concreta dentro y fuera del hogar. Aquellos que guían los primeros pasos de la infancia tienen la altísima responsabilidad histórica de erigirse en faros luminosos de probidad, sabiendo perfectamente que cada decisión tomada en presencia de sus hijos constituye una lección imborrable que moldeará para siempre el carácter, la dignidad y el porvenir de las futuras generaciones que sostendrán la  república.

La transformación profunda y duradera de nuestra sociedad comienza inexorablemente en el microscópico espacio del hogar, donde se define con absoluta certeza si cultivamos ciudadanos íntegros o si replicamos monstruos de la desfachatez. Asumir este gigantesco reto con conciencia plena implica renunciar definitivamente a la cómoda hipocresía pedagógica para abrazar sin reservas el rigor del ejemplo auténtico, coherente y desinteresado en todos los órdenes de la vida familiar y pública. Solo de esta manera podremos aspirar razonablemente a construir un orden social fundamentado en el respeto mutuo, la equidad, la justicia y la solidaridad genuina entre todos los miembros de la colectividad organizada. El porvenir institucional descansa por entero sobre los hombros de padres y madres dispuestos a asumir con valentía, decencia y decoro el sagrado deber de educar a sus descendientes mediante la inalterable belleza de la virtud practicada sin dobleces, sin ambigüedades y sin falsas excusas morales que corrompan el espíritu juvenil.

«Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía.» — John Ruskin

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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