Por Marila Sanz
Muchas veces pienso e intento ponerme en el lugar de las personas que, muy a su pesar, han de abandonar su hogar, su país, su familia con el único objetivo de buscar un futuro mejor para ellos y los suyos.
Estoy convencida del dolor que les debe acontecer al dejar sus vidas atrás con la duda de no saber qué les puede deparar su futuro.
Últimamente, he de confesarlo, cuestiono si realmente debemos acoger a todo aquel que emigra, sin papeles, a nuestro país. Puede que llegue un momento en el que realmente este sistema no pueda sostener toda esta cantidad de personas que llegan a nuestra casa con una mano delante y otra detrás, sin nada, y que hemos de sostener económicamente a costa de recortar muchos de nuestros derechos y de nuestra estabilidad social.
Asistimos últimamente en nuestras calles a escenarios esperpénticos de delincuencia y de falta de civismo producidos muchas veces por personas a las cuales, probablemente, no les queda otra opción. Muchos otros ven, tal vez, una manera de vivir.
Da la impresión de que las ayudas actuales hacen que algunos se acostumbren a vivir sin trabajar. Da la sensación de que, a veces, es demasiado fácil acceder a ciertas ayudas económicas sin nada a cambio, generando pocas ganas de esforzarse en conseguirlas. Sinceramente, creo que todos, en un momento u otro, pensamos que esto se nos va de las manos. Probablemente estemos en un error de pensamiento, y es evidente que muchos de los nacidos aquí también se engloban en este tipo de comportamientos.
Afortunadamente, esta semana he podido comprobar con alegría y sobre todo con esperanza que hay familias inmigrantes que viven buscando un futuro mejor, se esfuerzan en buscarlo y luchan por él con todo su empeño. Cada vez estoy más convencida de que es la gran mayoría.
Se dan casos de jóvenes a los que sus padres, con mucho esfuerzo, han podido reagrupar en nuestro país. Han trabajado duro para traerlos de sus países y así darles un mejor futuro. Esos menores han logrado encontrar un trabajo y se integran en nuestra sociedad de manera satisfactoria.
El problema viene cuando estos chicos ven, cómo otros de su misma edad, viven la vida sin trabajar. Con facilidad y con un premio económico sin producción alguna. Ahí es cuando pretenden desviar su camino para incorporarse a la vida cómoda de terraza de bar, paseo con patinete o consumo de sustancias no saludables.
Estos jóvenes tienen la suerte de tener familias que saben perfectamente que no es esa la vida que quieren para sus hijos y que luchan como sea para apartarlos de ella. Esos jóvenes tienen la gran suerte de tener unos padres aquí presentes. Una familia donde refugiarse o donde buscar su brújula de orientación.
Mi pregunta es: ¿Quién se responsabiliza de orientar a todos esos chavales que están por desgracia solos aquí? ¿Quién les guía hacia una vida con proyecto de futuro?.
Son muchas las instituciones públicas que se hacen cargo de ellos, con resultados positivos en muchas ocasiones, pero todo chaval adolescente o no, necesita un referente fuerte para poder conseguir unos objetivos de futuro estable.
¿Realmente estamos como sociedad a la altura de poder ofrecerles los recursos realmente necesarios para su orientación? o ¿estamos ofreciendo parches monetarios para así, de esa manera, tenerlos entretenidos mientras vemos el tiempo pasar?.
Es necesario como sociedad que echemos el freno de mano y volvamos a buscar para muchos jóvenes, tengan el origen que tengan, una visión de futuro abierta a la esperanza. Una salida que no sea meramente de verlas pasar.
Es necesario ofrecer salida a todos esos jóvenes que buscando un mejor futuro, una salida a situaciones duras, salen de sus casas, de sus países, sin saber a dónde y con la duda de si podrán volver. Deberían poder volver, pero con la dignidad de poder ofrecer a los suyos ese futuro que ellos no tuvieron y necesitaron buscar.