Sobre arboledas perdidas escribe Alberti en su biografía, como de perdidos paraísos habla Milton en su grandioso poema épico sobre la libertad y la desobediencia, tratando de encauzar el camino de la fe. Algunos autores aseguran que el Paraíso fue creado para ser perdido a causa de un árbol cuyos frutos eran el conocimiento que sólo a Dios correspondía.
De cualquier modo, en el paisaje de todas las vidas nos acompañan los árboles, vigilándonos o amonestándonos, con las palabras que el viento les hace pronunciar cuando por ellos pasa. Como, según Vicente Aleixandre, los árboles no duermen, tienen tiempo de sobra para cubrirnos con las hojas precisas o abrir sus carnes de madera para que se escondan los perseguidos ya que el árbol del laurel fue el disfraz que los dioses permitieron para que Dafne se escondiera del acosador Apolo.
Aquí necesitamos un bosque cavernario para esconder a los que huyen de la verdad y dicen ser perseguidos por ideas políticas. Los árboles nobles sacarán resinas de liria para atraparlos como a pájaros que, creyendo en las alturas, quedaron retenidos en la trampa de las ramas ungidas. En los troncos de la justicia no tienen sitio los malhechores.