(En las diferentes generaciones, los niños crecen con demasiados juguetes y escasísimos besos… A la tarde, no encontramos ternura en la memoria)
Casi todos los niños que he conocido necesitan para dormirse el abrazo de sus muñecos preferidos: una jirafa, un oso de peluche tibio, una muñeca desmayada… son reclamo de seguridad cuando se apaga la luz del dormitorio y ellos precisan encender las sombras con los signos de la ternura. Aunque no sepan todavía expresarlos, los sueños nacidos de esa serenidad tendrán más tarde consecuencias en el diverso equipaje de sus vidas.
Esas inanimadas compañías entre las sábanas representan la continuidad de la presencia familiar y de este modo enmascaran la ausencia. Porque lo que más miedo da es no tener a alguien fiable en los desamparos, cerrar los ojos y que la oscuridad te lleve a destinos sombríos en el oscuro túnel de la noche.
Sin el tacto seguro de la presencia los sueños se vuelven pesadillas y los fuegos queman los entusiasmos convirtiendo en cenizas las buscadas alegrías.
También los mayores precisamos echar mano de algo o de alguien, no sólo para dormir, sino para seguir viviendo… Depende de los signos elegidos que llevemos al dormitorio la placidez se encadena o el malestar se instala en la conciencia como una madrastra turbadora.
Los que creemos en Jesucristo con Él dormimos y con el propósito de ser más sinceros y honestos a la hora de seguirlo. La voluntad también es un músculo dormido si no se sacuden en ella los entrenamientos. Se desmayan con frecuencias las ganas de ser fieles. Los que creen en el dinero por encima de casi todo, se llevan a la cama su máquina de contar papeles y terminan adormilados con el fulgor amarillo de los billetes. Como las liebres, duermen con un solo ojo por si alguien de madrugada le roba parte de sus ambiciones. Sueñan con el Ibex 35, con las influencias de los que pueden traerles beneficios, con “amigos” que reclaman su porcentaje en las adjudicaciones indebidas… Sueños que no ayudan al descanso, sino que favorecen los infartos y columpian el alma en el trapecio de la vida. Caerán cualquier día de las alturas y no tendrán ni siquiera un peluche que les acompañe.
(Por qué este agobio de subir piedras ajenas si los años nos han robado las fuerzas, incluso para subir las propias)
Siempre imaginé a Sísifo como la metáfora de un personaje absurdo que ha de subir la piedra cada día a la cima señalada y, cuando está a punto, vuelve a rodar a la llanura. Puede que sea también la metáfora del cansancio, de la rutina sin emprendimiento, de la escasa libertad que nos impide salir del laberinto.
Levantarse cada mañana y escuchar siempre las mismas imparcialidades, veladas corrupciones de los mismos, idénticas noticias nacidas del oscuro corazón del hombre sin otra novedad que los folios de los autos que inculpan o la cantidad de dinero que roban. Se reconoce, entonces, que tras el descanso llega otra vez el cansancio del día con el peso de lo inevitable. Tales noticias y las mismas nos privan de un paisaje necesario, sembrado de pájaros y flores donde encuentren su recreo las más hondas necesidades.
Escribe Santa Teresa que el alma es como un castillo todo de cristal o muy puro diamante en cuya habitación principal el Esposo descansa aguardando la presencia del alma amada para vivir juntos una singular historia de amor ensortijada. Pero insiste la Santa de Ávila que, para entrar en ese castillo, la puerta es la oración que hemos de sortear porque, alrededor, no hay más que sabandijas impidiendo el paso… y no son fáciles de ignorar ya que su oficio es señalar caminos equivocados, encrucijadas sin destino.
La única espada que puede cortar la cabeza de las alimañas es sorprenderlas en su distracción antes de ir o antes de que lleguen de los juzgados adonde, tarde o temprano habrán de ir para dar cuentas, no sólo de nuestros bolsillos robados, sino de que nos hayan cambiado “camino por vereda, oro viejo por cobre”, serenidades por angustias.