¿Quién tiene aquí carisma?

12 de julio de 2026
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El poder carismático es uno de los componentes más eficaces de un liderazgo. Sin él, personajillos como Adolf Hitler o Benito Mussolini no hubieran podido encaramarse en el alto escalón político que ocuparon

El carisma es un concepto religioso asociado a la gracia. Fue prestado a la Política, la Ciencia del poder, que alumbró a su vez el concepto de poder carismático. Por él se entiende la capacidad de generar afecto o adhesión. ¿Quién en nuestra circundancia goza de poder carismático?: el Papa, León XIV. ¿Quién más lo tiene o lo tuvo? Veamos: ¿Alberto Núñez Feijóo?: No. ¿José María Aznar?: tampoco. Felipe González, sin duda gozó otrora de poder carismático. También lo tuvo Pablo Iglesias. ¿Pedro Sánchez?: parece que sí, y bastante, entre sus seguidores. ¿Gabriel Rufián?: sí, su cualificación parlamentaria le otorga tal poder. ¿Santiago Abascal?: si, entre los suyos aunque, más que afecto, le muestran adhesión; incluso, según algunos, cierto miedo. ¿A qué se deberá esta particularidad?

El poder carismático es uno de los componentes más eficaces de un liderazgo. Sin él, personajillos como Adolf Hitler o Benito Mussolini no hubieran podido encaramarse en el alto escalón político que ocuparon. Hitler gozaba de tal poder de un modo potencial, poder que un genio diabólico de la escenografía política, Josep Goebbels, supo transformar en energía política cinética, en movimiento de masas. ¿Qué fue lo que acreditó el liderazgo de Adolf Hitler?: sobre esto hay distinta teorías, pero este escribidor se orienta por la que lo explica mediante el deseo del alemán de a pie de resarcirse de una desmoralización, magnificada por él, presumiblemente provocada por la derrota germana en la Primera Guerra Mundial. Con una voz penetrantemente aguda y un léxico simplista, más la cuidada escenografía de Goebbels con sus elevadísimos atriles; sus himnos y estandartes de sangre, bluthfanners; sus banderolas; la marcialidad de los desfiles; los mensajes por radio a la nación alemana al caer la tarde, cuando las defensas del oyente decaen abruptamente; por los planos ascensionales de la camarógrafa Lili Riefenthal; y aquel símbolo solar, tan eficaz como diabólico y dinámico, la svástica bajo el que se amparaba un partido verticalizado al máximo regido por fanáticos como él… toda aquella parafernalia convirtió al cabo Hitler en Führer, en jefe supremo y caudillo de un país que sin rechistar, fue por él conducido a una guerra devastadora.

Por nuestros lares, Francisco Franco era un remedo de aquel poder hitleriano. Partido propio no lo tenía, se lo brindó la Falange de José Antonio Primo de Rivera, al que dejó morir tras negarse a autorizar el plan falangista de un sofisticado rescate, con apoyo alemán e italiano, en la laxa prisión de Alicante donde el hijo del dictador se hallaba preso en 1936. Más que brindárselo, Franco se apropió del estro, del impulso incluso poético -Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Agustín de Foxá, José María Alfaro- del que el falangismo gozaba en clave imperial y cídica al calor de los fascismos europeos. Franco tampoco tuvo voz, solo un hilo agudo de grititos que se enredaba en frases tópicas reiteradamente repetidas, con obsesiones conspirativas permanentes contra el comunismo, el liberalismo y la masonería. ¿Entonces, qué fue lo que perpetuó su poder? Recurriendo a Maquiavelo, el tirano Nicolás de Siracusa perduró casi 50 años en el poder porque nada más iniciar su mandato “decapitó a casi todos sus opositores…” La represión fue su arma, la que le procuró el miedo como palanca infalible para generar el recelo sobre el que construyó su régimen. Porque las tres dimensiones que caracterizan un liderazgo, a saber, la agitación, la teorización y la administración, no figuraron entre las virtudes del dictador gallego. Agitar no sabía, con aquella voz monocorde de tópicos sin pulso. Teorizar, tampoco, salvo escarceos que no se atrevió firmar, oculto bajo un seudónimo, Juan de Andrade. Y la administración la dejaba en manos de funcionarios eficientes que, desde luego, si le rendían pleitesía.

¿Cabe pues afirmar que Franco poseyó poder carismático? Si, cabe, entendido tal poder como el capaz de generar adhesión. En su caso, mediante el miedo, a través de la seca frialdad con la que mandaba al pelotón de ejecución no solo a sus adversarios y rivales, sino incluso a aquel legionario a sus órdenes que se quejó de la pésima comida que el Ejército le dispensaba, “pese a jugarse la vida por España”. “Vaya Usted a comer al comedor de oficiales”, le dijo, para recibirle a la salida y llevarlo directamente al paredón. Sin contemplaciones.

En consecuencia, el miedo puede ser uno de los soportes del poder carismático en su dimensión, digamos, adhesiva. Pero en su dimensión afectiva, resulta bastante más grato. Los líderes con carisma suelen recibir miles, a veces millones, de proyecciones de seres que quieren identificarse con ellos. Y ello les puede y les suele guiar hacia un delirio semejante al de cierta conciencia de invulnerabilidad, incluso, a veces, de inmortalidad. La afectividad recibida, si no es relativizada por el líder y dimensionada en sus justos términos, puede ocasionar tremendos desastres como los que protagonizaron Hitler y Mussolini. Juan Domingo Perón fue otro caso de poder carismático malamente gestionado. Y el de su esposa, Evita, todo un universo emocional tan enraizado en la doliente Argentina.

Por la otra parte, aquel tipo de delirio enraizó asimismo en Winston Churchill quien, tras su meritorio liderazgo de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, creyó verse investido de aquella suerte de inmortalidad política y perdió vergonzosamente las primeras elecciones convocadas tras el fin de la contienda. Ensoberbecerse del poder y del carisma es un mal consejero de los políticos. Peor aún es que se ensoberbezcan quienes aún no lo tienen, como acontece por nuestros lares.

Con todo, el poder carismático es uno de los fenómenos más atractivos de la Ciencia Política. Pensadores como el francés Roger Caillois, el alemán Wilhelm Reich, el también germano Max Weber y, desde la óptica el estudio de las élites de poder, el estadounidense Wrigth Mills, lo estudiaron en profundidad. Pero de sus reflexiones quedan flecos sin explicación. ¿Cómo, por qué razón o sinrazón personajillos vagos, vacuos, viciosos, narcisistas, incluso delincuentes, pederastas, disfóricos, esquizoides, pueden encaramarse en el poder político de la manera en la que hoy lo presenciamos? El pensador francés Jean Baudrillard, hablando de la seducción -cualidad ésta de los líderes carismáticos- decía que sólo seduce quien se deja seducir. ¿Significa esto que tipos como Donald J. Trump ha conseguido aunar a la derecha estadounidense por su capacidad de seducirla y, a la vez, por dejarse seducir por ella?. Algo falla en el esquema. ¿Es quizá Vladimir Putin un seductor? No, su frialdad lleva a enjuiciarlo con otros parámetros, más vinculados quizás a dotes de administración, organización y condiciones por el estilo, incluso a cierto temor que parece capaz de inspirar, sobre todo entre sus opositores. De Xi Jinping poco se puede decir mucho con conocimiento: China sigue siendo, desde la perspectiva de los valores, una gran incógnita.

Volviendo al suelo patrio, el poder carismático parece repartido entre el líder socialista, el de Esquerra y Abascal. Veremos quién lo conserva tras las próximas elecciones, aunque el poder carismático fluye por otros canales distintos a los de las urnas. Afectos y temores sobrevuelan encima de los votos. Y, como dice el adagio, “obras son amores…”.

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