«Ver a mis alumnos soportando 31 grados dentro del aula, sentaditos, sudando la gota gorda y sin rechistar… ¡¡¡Se me parte el alma!!!»

1 de junio de 2026
4 minutos de lectura
Alumnos
Imagen de archivo de un centro escolar, / EP

Una profesora describe la situación en muchísimos colegios cuando se acerca el verano (o el frío invierno). Y se lamenta: «Cuando la ley no cruza la puerta de los colegios».

Por MARILA SANZ

Desde el principio de los tiempos, los niños han sido, son y serán los verdaderos protagonistas de nuestra sociedad.

Se nos llena la boca hablando de las muchísimas entidades que luchan por la infancia, por su bienestar, por su desarrollo y, por encima de todo, para que sean felices. Y es que los niños son sagrados, son intocables; así es y así debería ser siempre.

Aún se me encoge un poco el corazón cuando echo la vista atrás y recuerdo lo que vivimos hace ya seis años con la pandemia. A veces lo pienso con una mezcla de incredulidad y estupor por todo lo que nos tocó pasar.

Los adultos siempre nos acordamos de nuestras propias dificultades, pero creo que muy pocas veces hemos puesto en valor a toda esa infancia que padeció en sus propias carnes dos años escolares durísimos, con unas restricciones que a veces nos hacían retroceder en el tiempo.

Y si alguien dio la talla de verdad, si alguien nos dio una lección de vida, fueron ellos: nuestros alumnos.

«Unos campeones…»

¡Qué campeones! Aguantar sentados con la mascarilla puesta durante esas larguísimas jornadas escolares… Estar en clase en pleno invierno con las ventanas abiertas de par en par, o soportando el bochorno de la primavera, manteniendo la mascarilla estoicamente sin una sola queja.

Estaban totalmente concienciados de que había que arrimar el hombro. Recuerdo cómo desayunaban en un completo silencio para no desprotegerse, y cómo luego, con un orden admirable, limpiaban sus mesitas y se ponían su chorrito de gel antes de salir al patio.

Manteniendo las distancias, sin poder abrazarse libremente…

Son miles de situaciones que ya quedan lejos, pero a quienes las vivimos en primera persona en las aulas, se nos saltan las lágrimas de la emoción al recordar la resiliencia de esas pequeñas personitas.

Luego volvimos a la normalidad y, poco a poco, parece que toda esa valentía se ha ido olvidando.

Por eso creo que es de justicia recordar que los niños son fuertes, son nuestro futuro y los tenemos que cuidar entre todos. Eso es lo que se predica desde las instituciones, ¿verdad? Pues prediquemos con el ejemplo.

«Cuando llega mayo y junio…»

Como maestra que soy desde hace ya 31 años, se me cae la cara de vergüenza ajena cuando llega mayo, junio o incluso septiembre.

Y no hablo por nosotros, los maestros, que a día de hoy parece que solo sepamos quejarnos del sueldo a pesar de tener —como dicen algunos malinformados con mucha ligereza— «tres meses de vacaciones».

Hablo por ellos. Se me cae la cara de vergüenza al ver cómo, año tras año, al llegar estas fechas, los niños nos vuelven a dar una bofetada de madurez aguantando estos calores tan espantosos que sufrimos últimamente.

Ver a mis alumnos soportando 31 grados dentro del aula, sentaditos, sudando la gota gorda y sin rechistar… se me parte el alma.

Y ahí está el verdadero problema: que no se quejan, que no hacen huelgas y que para ellos no hay protocolos de riesgos laborales. Ellos aguantan y callan.

Y como no hacen ruido, al conseller d’educació o al ministro de turno les da exactamente igual que estemos a 31 grados o que lleguemos a los 35.

«Los niños tienen que estar en la escuela», y punto. Yo me pregunto si en los despachos de los ayuntamientos o de los ministerios trabajarían con la boquita tan cerrada si les quitaran el aire acondicionado.

Estoy convencida de que no; seguro que faltaría tiempo para que el personal protestara o exigiera el teletrabajo para no asfixiarse.

Parece mentira que tengamos un Real Decreto (el 486/1997) sobre las condiciones mínimas de salud en los lugares de trabajo que deja las cosas clarísimas.

Para trabajos sedentarios, como los de oficina o despacho, la temperatura máxima permitida por ley es de 27 grados.

, yo pregunto: ¿Alguien se imagina de verdad lo que es meter a 25 alumnos en un aula, con 32 grados en el exterior y sin un triste ventilador?

¿Dónde quedan los derechos de estos menores? ¿Cómo es posible que ningún político se plantee medidas extraordinarias para los meses de más calor?

No pido que se suspendan las clases, pero sí que se implanten horarios intensivos de verano en los centros que aún no los tienen.

Es inhumano que esas criaturas tengan que volver a entrar a las tres de la tarde a la escuela, recién comidos y al sol, con 32 grados a la sombra.

«Pero claro, no pasa nada… los niños aguantan».

Creo que el político, desde su cómodo sillón con el aire acondicionado puesto a su gusto, no tiene ni la más remota idea de lo que es tener a un grupo de niños sudando a chorros a 31 grados dentro de una clase.

claro, como son pequeños, no protestan… y, sobre todo, no votan.

Es evidente que climatizar los colegios es un «gasto excesivo» para algunos. Claro, siempre es mejor gastar el dinero público en otros menesteres de lujo o intereses propios antes que dotar a nuestros alumnos de las condiciones dignas que se merecen para recibir una educación de calidad.

Y no quiero acabar sin romper una lanza y hacer un reconocimiento inmenso a mis compañeros profesores.

Un colectivo que aguanta estoicamente la falta de personal, unas ratios que a veces superan lo que se puede atender con dignidad, una burocracia asfixiante y una pérdida de poder adquisitivo que arrastramos desde el año 2010 aquí en Cataluña.

Para nosotros, los docentes, que también realizamos un trabajo sedentario dentro del aula, parece ser que los 27 grados máximos de la ley tampoco cuentan. Se ve que el Real Decreto 486/1997 no cruza la puerta de los colegios.

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