«La gestión eficaz no es el arte de aparentar, sino el ejercicio constante de la coherencia entre el decir bien y el hacer mejor.» — Doctor Crisanto Gregorio León.
El directorio se convoca de manera ordinaria una vez por semana y, de forma extraordinaria, cuando los intereses de la cúpula así lo exijan. Estos individuos, expertos en el montaje de una puesta en escena diseñada exclusivamente para el engaño administrativo, se presentan ante la sociedad bajo el disfraz de una gestión sana, rigurosa y llena de probidad. Proyectan ante el público la imagen de guardianes del interés general que toda colectividad aspira a encontrar. Sin embargo, detrás de esta fachada de rectitud impecable, se oculta una verdad perturbadora: se exhiben como los héroes de la trama, cuando en realidad son los gángsteres que la dirigen. Sus reuniones no buscan soluciones para el organismo, sino articular sus ambiciones personales y sus acuerdos de lucro ilícito, presentándolos como urgencias técnicas de la institución. Estas conveniencias, que en rigor son el blindaje de sus negocios sucios, se exponen como la razón de ser de sus encuentros, consolidando así el escenario donde la administración se corrompe ante la vista de todos.
Los gerentes de cada área, quienes concurren a estos cónclaves, no se congregan para resolver honestamente los asuntos de la institución, sino más bien para enredarlos y ver de qué manera le sacan provecho corrupto; alimentan así un teatro del embuste que deja impávidos y atónitos a quienes, con alguna cuota de ingenuidad, todavía albergan la esperanza de encontrar rectitud en sus actos, pero que todos toleran por miedo o conveniencia. Bajo el mando de un jefe —el director— que encabeza esta mafia institucional, cada sujeto despliega un discurso mitómano; son falacias tan profundas que terminan por convencerse a sí mismos para sostener su farsa ante la audiencia externa. El mecanismo es perverso: denuncian irregularidades y fallas graves que, en esencia, han sido creadas, gestionadas y ejecutadas por ellos mismos, exteriorizando lo que en sus conciencias alteradas demoníacamente contienen. No obstante, al exponerlas en el directorio, actúan con una disociación absoluta: se muestran sorprendidos, con el gesto y la fingida estupefacción de la reina de belleza que, habiendo comprado de antemano el cetro y la corona, asume la pose de quien lleva sus manos al rostro en señal de sorpresa al ser nombrada ganadora. Son como aquel muchacho que lanza una piedra contra el ventanal del vecino y, acto seguido, se presenta en la casa para lamentarse con cinismo: «¡Caramba!, alguien le tiró una piedra a su ventana, ¿quién sería?». Se comportan como espectadores indignados de un desastre provocado por ellos mismos, siendo los únicos autores intelectuales y materiales de toda la podredumbre. Se aprovechan de su investidura para lanzar tierra a los ojos del observador, pretendiendo que nadie sería capaz de sacrificar el decoro y la pulcritud de su imagen para cometer los delitos que, en realidad, les son inherentes.
El cinismo resulta aberrante. Se estrechan las manos, se abrazan con fingida lealtad y se tratan como hermanos, mientras se prodigan puñaladas por la espalda. Son los propios caines que predominan en este entorno, pues aunque existen algunos abeles, estos son los crédulos, los inocentes, los ingenuos que, aun teniendo ante sus ojos la descomposición institucional y la perversión sistémica, no logran percatarse de la realidad por su propia candidez. Ocurre aquí lo que el paradigma nos enseña: cuando las naves llegaron a América, los nativos no lograban divisarlas porque desconocían lo que era un barco; solo cuando tomaron conciencia de su existencia pudieron verlos. De igual forma, sucede en esta institución: solo cuando alguien abre los ojos y comprende que sus jefes no son dechados de virtudes, sino artífices de una criminalidad sustentada en la extorsión, el cohecho, el soborno, la estafa y la corrupción, es cuando la realidad se vuelve nítida. Esta institución surgió con la legítima proyección de construir un prestigio; no obstante, tal proyecto fue abortado en su génesis por sus propios directivos. Han montado una estructura de aparente honorabilidad con el único propósito de validar actividades denigrantes bajo el amparo de la pretendida rectitud de la imagen institucional. Existe una separación abismal entre la gestión que pregonan y la realidad que ellos mismos pervierten a diario. Su verdadero objetivo es un sistema de expoliación perverso, una estructura de delincuencia organizada obtenida mediante la extracción depredadora del fin, el objeto, la misión y la visión de la institución. Han pisoteado la filosofía noble que inspiró este ente, arrastrando su reputación hasta el fango más profundo. La entidad es solo la plataforma de operaciones para un saqueo sistemático, una cáscara vacía donde con la ley se limpian el trasero, mientras acumulan riquezas abrumadoras que les permiten vivir como reyes del crimen.
Para entender por qué esta estructura nunca cambiará, debemos recordar la historia del médico anciano que tras décadas de ejercicio decide tomarse unas vacaciones, dejando a cargo de su consultorio a su hijo, un joven imbuido de ideas de ética y corrección. El hijo, con espíritu noble, empieza a atender a los pacientes; el consultorio se llena, los cura, los receta y los sana con eficiencia. Los pacientes quedan maravillados. Cuando el padre regresa y pide cuentas, el hijo orgulloso le dice: «Papá, no entiendo por qué tenías tantos enfermos, si era tan fácil curarlos. A todos los he sanado». El padre, con la frialdad de quien ha hecho de la enfermedad un negocio, le responde: «Ahora vas a ver cómo mantendremos la casa y los gastos; esos pacientes eran mi renta diaria. Yo los mantenía enfermos para obtener mis ingresos. ¿Ahora qué vamos a hacer?«. Esta historia es la cruda radiografía de este directorio: mantienen a la entidad enferma porque la enfermedad es su mayor activo financiero. Es exactamente como el odontólogo que no elimina la caries del diente al paciente para poder continuar cobrando; apenas aplica paños tibios en la herida, porque si sana el mal, se acaba su negocio.
A estos sujetos no les conviene, bajo ninguna circunstancia, ingresar a la institución a personas realmente decentes, éticas, de probidad inobjetable y de espíritu noble, salvo que sea para utilizarlas como un escudo de fachada, como un adorno de honestidad para despistar de sus crímenes y negocios sucios; pero jamás permitirán que alguien con verdadera ética ponga los puntos sobre las íes, porque una conducta honrada desmantelaría el sistema de expoliación que los mantiene en el poder. Siendo esto así, ¿no es acaso evidente que esta institución está habitada por una verdadera legión? Recordemos el pasaje bíblico en el Evangelio de Marcos (5:9), donde Jesús pregunta al hombre poseído por espíritus inmundos: «¿Cuál es tu nombre?», a lo que aquel responde: «Legión me llamo, porque somos muchos». Así opera este directorio: no es un individuo, sino una multitud de entidades malignas que han tomado el control, una legión de voluntades pervertidas que actúan al unísono para devorar los recursos y la dignidad de la institución, imposibilitando cualquier atisbo de rectitud.
Es una contradicción absoluta, una inutilidad manifiesta, pretender que una caterva de ladrones cuide el erario y el prestigio de la institución. ¿Cómo se le puede dar a una banda de analfabetas morales la responsabilidad de administrar los recursos de la institución? Es como pedirle al lobo que cuide a las ovejas. Ellos no van a inyectarse una vacuna para sanar, porque no quieren sanar la organización; ellos necesitan que esta mantenga su estado putrefacto para poder continuar extrayendo dinero negro a manos llenas. Si contratan a un hombre probo, su negocio se acaba; si entra la decencia, el robo se detiene. Por eso, cualquier intento de saneamiento que ellos promuevan es una mentira más, un engaño diseñado por los mismos que están desvalijando la institución desde adentro, con la complicidad de quienes guardan un silencio criminal. Son disfraces de personas que han convergido donde pueden dar rienda suelta a sus trastornos.
Estos sujetos padecen, casi sin excepción, de trastornos psicopáticos de la personalidad, narcisismo, megalomanía, efecto Dunning-Kruger, síndrome de hybris y trastorno sádico de la personalidad. Se acercan a los sitios de poder no para servir, sino porque el poder es el único estimulante que calma su hambre patológica; buscan el cargo para ser admirados y dominar. La psicología clínica es clara: cuando a un psicópata se le dan las riendas de una institución, el resultado final es siempre el mismo: la quiebra absoluta. No tienen límites, no tienen alma, y su capacidad de destrucción es proporcional a la investidura que han usurpado para fines criminales. Son individuos que han convertido el despacho en un cubil de fieras, donde el único lenguaje que entienden es el del lucro desmedido y el poder corrupto que creen eternizar con su soberbia.
En esa dinámica de recriminaciones mutuas a través de escarnios, utilizan una táctica infame: el silbato de Galton. Como aquel silbato que solo es audible para los perros, se dicen cosas donde todos se denuncian entre sí mediante indirectas y frases con doble sentido. Cada quien sabe a quién va dirigida la puñalada, pero todos se hacen los estúpidos y siguen con su farsa. Exponen sus trapos sucios, tan grandes como sábanas, delante de los demás sin mencionar nombres; no sabemos si lo hacen por orgullo desmedido ante su propia corrupción o por una ingenua necesidad del alma que busca purgar sus culpas en la ignominia. Todos son los canes entrenados que oyen el silbato; se lanzan las verdades a la cara, se humillan y se denigran, pero luego se saludan como si nada hubiera ocurrido. Es una guerra silente, un lenguaje cifrado de traidores donde nadie está a salvo y donde la desconfianza es el único vínculo real entre estos delincuentes de cuello blanco.
Aunque pretenden mantener un bajo perfil para no despertar sospechas sobre el origen de sus rentas, los signos exteriores de riqueza los ponen en evidencia. Es una ostentación cruda y sin pudor: exhiben ropas de marcas exclusivas, teléfonos inteligentes de última generación, vehículos de alta gama, propiedades suntuosas, féminas que acompañan su estatus y un etcétera inacabable que culmina por desmentir cualquier discurso de austeridad. La realidad es que, tras esos saludos afectuosos, se esconden traiciones profundas y una competencia depredadora por el control de los negocios. Engañan a otros, pero se engañan principalmente a sí mismos, creyendo fervientemente en sus propias liebres como si fueran verdades absolutas. Su conducta es una elección consciente por lo inmoral; prefieren sostener la farsa antes que enmendar las fallas que ellos mismos alimentan, demostrando que su paso por la institución es puramente extractivo. Llegan a llenarse los bolsillos de dinero ilícito, producto de la extorsión, el cohecho y la corrupción, sin importar la forma en que lo obtienen. Para ellos, el fin justifica los medios de manera absoluta, actuando con una falta de escrúpulos que ya hubiera espantado al propio Maquiavelo, pues han transformado el servicio en un cubil de fieras donde el único lenguaje que entienden es el del lucro desmedido y el poder corrupto.
La inmoralidad tiene un capítulo especial en esta historia: el negocio de la infidelidad compartida. No tienen techo para la indecencia, son auténticos idiotas morales. No honran a sus cónyuges, no cuidan el hogar ni la unión que tengan. Es un descaro total: relaciones entre hombres, mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, en un desprecio absoluto por la moralidad. Son cómplices no solo de la desgracia del organismo, sino que traicionan la inocencia de sus parejas y la confianza de sus hogares al ocultar estas prácticas en el sitio de trabajo. Si estos son los padres y madres de familia que tienen las riendas, ¿qué se puede esperar de su gestión institucional? Si no son correctos en su vida familiar, es una quimera esperar que lo sean en el ejercicio de sus funciones.
«¿Acaso habrá algún hijo que, al llegar a casa, diga con orgullo: ‘Mi padre es un corrupto, él amasa su fortuna producto de la extorsión, el cohecho, el soborno y la estafa dentro de esa institución; estoy orgulloso de tener un padre criminal’? ¿Cómo se verá esto reflejado en el alma de esos jóvenes cuando descubran, inevitablemente, el origen manchado de sus comodidades?»
Han llegado al extremo de contagiar enfermedades como el VIH/SIDA a sus parejas, demostrando que no tienen control, no tienen raíz moral y no tienen decencia. No es el prestigio profesional lo que les importa, sino blindar sus particulares negocios de corrupción; el cargo es apenas un medio para ostentar posición y mantener la plataforma que garantiza la continuidad de su enriquecimiento sucio.
Cada novedad, cada suceso y cada situación extraña que exponen en el directorio es, en esencia, una purga involuntaria ante la incontinencia de la conciencia; pues ellos son los artífices y autores intelectuales de esas mismas anomalías que pretenden denunciar. El entorno es vomitivo para quien mantiene la integridad, pues convivir con quienes gestionan la perversión institucional es una carga insoportable para el alma que somatiza el cuerpo. Esta es la crónica de una administración que, bajo el amparo de un directorio, ha convertido la gestión en un cubil de delincuentes, sacrificando todo por el dinero sucio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Excusatio non petita, acusatio manifesta (disculpa no pedida, acusación manifiesta). La impunidad es el techo que los cubre, pero la podredumbre es el suelo que pisan, y ambos se están desmoronando bajo el peso de su propia maldad. Son una caterva de inmorales que han secuestrado el erario y el prestigio de la institución para convertirlo en su botín personal, sin importarles que estén destruyendo no solo la entidad, sino también sus propias familias y su propia humanidad.
«La hipocresía es el colmo de la maldad, porque es el pecado que se disfraza de virtud.» — Sócrates.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario