Tras las elecciones andaluzas, cada uno dora como puede el desdoro y apenas si detectan fracaso los fracasados que, en una observación exigente, alcanzó a todos los partidos políticos que se presentaron. Unos porque esperaban más y otros porque ensayaron la resignación de quedarse con menos. Pero disimulan. Los equilibrios en los discursos perdedores se parecen bastante a las impotencias.
Analistas inteligentes de mi entorno aseguran que el PP no alcanzó la mayoría absoluta por su destacada languidez de conformismo. Su representante ha ofrecido a los votantes una estampa de solidaridad con los adversarios, de rebujito que se bebe en el vaso de todos mientras cantan sevillanas en la imposible caseta donde todos cabemos. Y eso destiñe la contundencia. Se es frío o caliente. Eso de “vamos a entendernos como hermanos” está bien para la vida religiosa pero nunca para la vida política, donde se esconden en el mismo sitio los cuchillos de cortar jamón con las navajas del “no me interesas porque no me conviene”.
Con muchas cosas buenas a sus espaldas, al líder de PP andaluz le han sobrado sonrisas de complacencias y le han hecho falta rechazos y corajes. Es un suponer.