El pasado 4 de mayo, el diario El País cumplió cincuenta años. También los cumplieron sus lectores, el medio millón de españoles y españolas pertenecientes a dos generaciones de demócratas y progresistas, que ha seguido leyéndolo desde entonces junto con gentes provectas y jóvenes instruidos. Y lo han hecho fielmente, pese a los disgustos provocados por lo que se interpretaba, en ocasiones, como avatares adversos en su línea editorial, menos frecuentes de lo que parece, pese a lo abrupto de algunos de sus cambios en fechas no demasiado lejanas. Su Dirección, Redacción, Secretaría, sus Talleres, sus secciones de Publicidad, Recursos Humanos, sus Comités de Empresa y su sección sindical de Comisiones Obreras… más todos los componentes que configuran un periódico, pertenecientes a un organismo vivo, han mostrado fases de crecimiento, desarrollo, crisis y consunción a lo largo de estas cinco décadas. Pero, en conjunto, ha logrado rehacerse al modo de un ave fénix mediática con capacidad de adaptación a grandes cambios sobrevenidos en la escena política, económica, comercial, financiera, cultural y, señaladamente, tecnológica de nuestro país y del mundo.
¿Cuál ha podido ser la causa de esta supervivencia que la lealtad de sus lectores y la profesionalidad de sus trabajadores todavía exhiben? La respuesta, subjetiva pues, que este escribidor, vinculado a este diario durante 50 años, humildemente propone es la siguiente: la supervivencia es el valor de uso, es decir, el componente informativo, el oficio periodístico y el de las Artes Gráficas vigentes e ininterrumpidos del diario El País. Valor de uso que el Grupo Prisa, donde se integra el diario, convierte en valor de cambio, en prestigio, plataforma crucial de su despliegue comercial y financiero. De tal modo que el periódico El País se convierte en mascarón de proa y emblema del Grupo, amén de su entidad editorial y radiofónica, en cuyas transformaciones internas, a escala jerárquica y accionarial, cabría ubicar algunas de las disfunciones percibidas por parte de su lectorado y consecutivamente explícitas en algunas fases de deserción por parte de antiguos lectores que, por aquellas causas se negaron, en distintas ocasiones, a seguir leyéndolo.
Sin embargo, la cultura de no injerencia empresarial en la línea informativa del periódico El País, cultura inaugurada y observada durante el prolongado mandato por Jesús Polanco, cabeza y timón empresarial pionero del Grupo Prisa, se ha mantenido a grandes rasgos desde entonces. Que se sepa, en raras ocasiones se impartieron consignas informativas ni editoriales desde la quinta planta del edificio de la calle de Miguel Yuste, donde se asentaba la dirección empresarial. Lo cual no significa que los primeros directores del periódico, desde la tercera planta, no hubieran interiorizado aquello que se podía y no se podía aventar desde un medio de características específicas como El País.
Sobre la cultura empresarial del Grupo Prisa, doctores tiene la Iglesia. La presunta lógica corporativa de los grupos mediáticos es álgebra de difícil comprensión para legos como el que suscribe. Sí cabe decir que la salida a Bolsa del Grupo Prisa fue una especie de mazazo para los sectores ideológica y profesionalmente más conscientes de la Redacción de la casa. La pregunta que se formulaban fue la siguiente: ¿puede un medio someter su crédito reputacional a los vaivenes, generalmente tan caprichosos, de los mercados bursátiles? O bien, dadas las características del vigente mercado capitalista de bienes tangibles y también simbólicos, ¿puede sobrevivir un medio de comunicación, financiado privadamente, en un ecosistema tan competitivo como el mediático sin concurrir a él?
Defensa de la Constitución
El hallazgo a una respuesta a tal dilema causó el abandono voluntario del Grupo por parte de Javier Pradera, una de las cabezas más cualificadas del diario, que había esgrimido su sabiduría cultural y política desde la sección de Opinión, como primer editorialista, durante dos décadas. Pradera fue removido de sus funciones editoriales por Juan Luis Cebrián, entonces director del periódico, cuando trascendió que aquel preconizaba abiertamente la integración de España en la OTAN movido, al parecer, por el afán, como demócrata y ex jurídico militar, de acabar con la injerencia de las Fuerzas Armadas en la política española.
Injerencia castrense que, desde mediado el siglo XIX, se había prolongado ininterrumpidamente con cuartelazos, pronunciamientos, asonadas y dictaduras, incluso hasta el posfranquismo, como demostró el intento de golpe militar del 23 de Febrero de 1981. Golpe frente al cual el diario cosechó más prestigio democrático del que ya disponía entonces, habida cuenta de la valiente apuesta conjunta de su Dirección, su Redacción, Talleres, Publicidad y Distribución por la defensa de la Constitución.
Empero, Pradera, al igual que Felipe González y otros políticos –no Manuel Fraga, que pagó el precio de su abstención al respecto de la integración en la OTAN con el ostracismo político apartado a su Galicia natal– parecieron desconocer que tanto Grecia como Turquía, Estados pioneros en integrarse en la OTAN, sufrieron sendos golpes de Estado a manos de militares de extrema derecha; lo cual demostraba que la integración en la susodicha Alianza Atlántica no era garantía democrática de ningún tipo para España, ni antídoto eficaz contra injerencias militares en la política estatal. Estas irrupciones terminaron, al parecer de modo concluyente, tras un proceso de maceración ideológica en el interior de las Fuerzas Armadas, institución que ha sabido integrar de manera armoniosa valores tradicionales con los valores constitucionales, que implicaban una modernización ya no concebida como traición, sino como evolución del ideario castrense.
En la erosión de la peana que, como poder fáctico autónomo, el Ejército español ocupaba a la salida del franquismo, tuvo bastante que ver, a su escala, la línea informativa y editorial de El País, proceso que le acarreó más de un grave disgusto. Que se lo digan si no al primer director y a algunos titulares de secciones, que tuvieron que comparecer ante tribunales militares por haber publicado informaciones delicadas, o a redactores de base que fueron humillados por la Policía, aún no democratizada y comandada entonces por uniformados castrenses, cuando cubrían informaciones relativas al terrorismo, cuyos zarpazos España sufrió durante demasiados años.
Escuela y referencia
Pese a todo, el diario El País creó escuela. Se convirtió en una referencia importante del quehacer periodístico en España, referencia informativa y editorial para Europa y ejemplo a seguir por muchos medios, que copiaron algunos de sus procedimientos, como el propio periódico había hecho de medios anteriores a su nacimiento en 1976: el diario Madrid, Cuadernos para el Diálogo o las revistas Cambio 16 y Triunfo, entre otros.
Sorprendentemente, El País resultó ser el diario de mayor tirada y el de mayor influencia en España, dos dimensiones que no acostumbraban darse simultáneamente en casi ningún medio europeo. Incorporó la fotografía, sección muy cuidada, no como ilustración sino como información gráfica y, por presiones y pulsiones señaladamente procedentes de la sensibilidad de su Redacción, su Comité de Empresa y su sección sindical, acreditó la información laboral –desaparecida luego- así como el tratamiento informativo de temas de trascendente alcance como la Educación, el Feminismo, la Ecología o la Tecnología, con un acento muy especial, posteriormente, en la creación de estilos de vida, ocio y, sobre todo, Cultura, en un sentido amplio.
La información Local cobró un auge insólito en los iniciales años del periódico, en la estela del movimiento vecinal y ciudadano, democrático y pletórico entonces, así como la Información Internacional, verdadera referencia para coadyuvar con mirada hispana propia el enfoque de la tímida, cuando no taciturna, política exterior durante los albores de la rescatada democracia en España. De ahí surgiría la inserción iberoamericana del diario, consagrada ya desde los albores del periódico y fomentada por la expansión editorial protagonizada allí desde años atrás por Jesús Polanco.
Una institución democrática
La causa inicial del prestigio de El País fue el hecho de que al iniciarse el proceso democrático, no había en España instituciones que pudieran ser consideradas como tales; por lo cual, el público convirtió por voluntad propia al periódico en una institución democrática, innovada y fresca, apta para lidiar informativa y editorialmente con los retos surgidos por el desmantelamiento de la dictadura franquista y el nacimiento de un régimen de libertades. Esta asignación, que algunos pueden considerar, con más o menos razón, como desproporcionada, pudo haber sido debida más a un whisfull thinking, un pensamiento público teñido de deseo, que a una realidad evidente; pero, pese a todo, cobró la vigencia de una certeza.
Desde luego, ninguna de las supuestas virtudes y logros del periódico, ni el ascendiente social logrado, hubieran sido conseguidos sin que las calles de España registraran desde años antes de la muerte del dictador movimientos de masas obreros, estudiantiles, feministas y cívicos, tendentes a la conquista de las libertades democráticas que la oscura estela de la dictadura proyectaría aún sobre la escena social y política española. El País, convertido en intelectual colectivo, tuvo el acierto de mimetizar este anhelo emancipatorio e integrarlo en su ideario y en su praxis informativa cotidiana; pero pagó un alto precio por su compromiso ideológico con las libertades democráticas: uno de sus más caros tributos lo sufrió con el asesinato del conserje Andrés Fraguas, de 19 años, al abrir una carta bomba dirigida al centro físico de la Redacción -concretamente al Redactor Jefe, Julián García Candau, que ocupaba el centro de la estancia-, por elementos de extrema derecha; de aquella cobarde agresión resultó gravemente herido un empleado de la administración del periódico, Juan Antonio Sampedro. Tiempo después, la muerte del fotográfo Juantxu Rodríguez, tiroteado a manos de marines de Estados Unidos durante la invasión estadounidense de Panamá en 1989, rubricaría el saldo de sangre pagado por el diario.
Por otra parte, algunos de sus redactores, como enviados especiales a escenarios bélicos, conflictivos, desérticos o tropicales, sufrieron enfermedades graves, desde la malaria a la amebiasis, más depresiones y estrés desaforado, amén de intentos externos de extorsión, intoxicación, así como de presiones políticas, económicas, militares y acosos policiales, internos y externos, orientados a impedir la honesta extracción de noticias de interés, como casi todo periodista español de aquella época conoció cotidianamente.
Lucha de masas y vocación estatal
Sobre el periódico de la calle de Miguel Yuste cayó reiteradamente la acusación de pro-gubernamentalismo, reiterada y especialmente adjetivado como inscrito en la órbita del PSOE. Independientemente de sintonías puntuales con algunos factores de poder, muchas de ellas basadas más en el sentido común democrático que en la identificación política o ideológica con aquellos, la verdadera voluntad empresarial, acorde con la de algunos de sus primeros directores, fue la de elevar a El País al rango de medio de información y comunicación con vocación estatal, esto es, con el impulso por convertirlo en guía social de la política de Estado; Estado que, como entidad política suprema, ocupa un nivel superior al del propio Gobierno de turno.
El acceso a este nivel estatal, a juicio de este escribidor, acceso que implicaba hacer participar al periódico en el diseño de la razón democrática de Estado en España, habría sido el propósito cardinal implícito de su discurrir como proyecto sociopolítico. Tal diseño sería prefigurado genéricamente desde una óptica suavemente elitista por José Ortega Spottorno, hijo del pensador Ortega y Gasset, con la impronta ideológica burguesa, europeísta y liberal de la Institución Libre de Enseñanza.
No obstante, la idea no resultaba viable si no sintonizaba con los afanes y la fuerza abiertamente democrática y progresista que dominaba calles, fábricas, universidades y templos, fuerzas y afanes no tan tímidos políticamente como los de la élite liberal; y la meta se consiguió mediante una alianza axiológica tácita, no escrita pero muy eficiente, entre el mundo liberal y el de la izquierda más pragmática, consciente del poder residual, aunque entonces, 1976, aún imponente, que todavía el aparato de Estado del franquismo conservaba consigo. Se trató de una alianza entre el mundo del Pensamiento y el mundo del Trabajo. Cuando la alianza se mantuvo, todo fue bien. Cuando ambos mundos se alejaron, surgieron los problemas.
Todo lo dicho es, desde luego, opinable; incluso será considerado quizá como arrogante, acusación frecuentemente emitida contra la preminencia social y profesional evidente alcanzada por el periódico a lo largo de algunas de sus cinco décadas de existencia; pero lo obvio fue que muchas de las grandes decisiones y recetas de alcance estatal durante el período democrático, siendo de naturaleza bien distinta respecto de las meramente periodísticas, han sido informadas durante años por las referencias informativas y editoriales que El País emitía a diario, como señales casi siempre tenidas en cuenta a la hora de configurar actuaciones estatales determinadas. Y ello pese a que los Estados hablan un lenguaje propio, distinto del de los medios, décalage o desequilibrio entrambos del que surgen los tan frecuentes encontronazos entre el mundo político y el mundo mediático.
Mutación tecnológica desbocada
La trayectoria de El País se ha desplegado sobre la movediza base de un cambio tecnológico desaforado y fuera de control, que quienes mandaban en el diario y en la empresa quisieron atajar con más o menos fortuna y, en ocasiones, con más voluntad que acierto. En un principio, pese a las reiteradas advertencias de la Redacción, la Dirección del diario dio por hecha la muerte del papel como soporte periodístico, en vez de dejar que el papel muriera de muerte natural, cosa que aún no ha sucedido, por cierto. Como ejemplo se argumentaba que ni el Video remató al Cine, ni el Cine acabó con el Teatro, ni la Televisión llegó a hacerlo con la Radio. El problema era el de si la imagen aniquilaría o no a la palabra…
Sin embargo, el proceso tecnológico explotó descontroladamente y, con él, el tóxico informático que llevaba dentro y que estuvo a punto de aniquilar el Periodismo al completo; y ello debido a la rotura de la periodicidad que implicaba como vehículo de la difusión periodística. La suplantación del eje secuencial de la vida informativa por el eje de simultaneidades que la informática incorpora y al que da absoluta prioridad, ese presente continuo tan fatigoso, dio la puntilla a la periodicidad que anteriormente, por sus plazos, permitía la reflexión de la información recibida y una elaboración más precisa y rigurosa del mensaje.
El circuito informativo se convirtió pues en una cinta sinfín, que devaluaba las pautas laborales y también los ciclos informativos que, anteriormente, podían ser jerarquizados mediante la titulación o la información gráfica, por ejemplo. En los medios digitales, esta posibilidad de jerarquización desaparece casi al completo. Mas, sobre todo, la consunción del lenguaje escrito en las denominadas redes sociales restringe al máximo la capacidad informativa y expresiva del lenguaje, que abandona sus componentes sustantivos para entregarse de lleno a la adjetivación, a los juicios de valor tan arbitrarios, habitualmente sin base informativa alguna.
El caso fue que pudo sortearse el abrupto discurrir de la tecnología, pero ello no impidió que el mercado publicitario, sobre el cual la Prensa escrita pivotaba, se desplomara. Y, para atajar su crisis, infestara la narración informativa digital con incesantes irrupciones de sus reclamos publicitarios, fragmentándola y degradando la atención que la lectura continuada requería para que la información despejase la incertidumbre, clave de su función social. Para colmo, el encarecimiento de los costes de producción de los medios escritos y el voraz apetito de ganancia de los medios, incluidos los digitales, hundió los salarios profesionales hasta niveles inhumanos y ridículos, distrayendo la presencia directa de periodistas de carne y hueso en escenarios informativos cuya cobertura comenzó a realizarse desde la inercia de la media docena de agencias informativas mundiales que polarizan la información a escala mundial, sin apenas contraste entre unas y otras.
Un nuevo ecosistema mediático
No cabe abstraer a El País de su inserción en este nuevo ecosistema mediático, hoy tan transformador, sin apenas tener ya qué ver con aquel en el que hace medio siglo naciera, con una rotativa que, inicialmente, iba destinada al diario argelino Al Mujaid. Merced a la gestión de un intelectual marxista, Carlos Gurméndez, distinguido columnista del diario en sus primeros años de rodaje, la rotativa Harris Marinoni se quedó en Madrid en poder de El País. Mil vicisitudes ha afrontado desde entonces esta mancheta, que no es ni más ni menos que un medio informativo, pero al que las proyecciones de un público devoto y autocrítico, más la escasez de instituciones democráticas en la España del posfranquismo, convirtieron en icono señero de una democracia española renaciente, a cuya imagen se ha visto indisolublemente asociado. Sus crisis de audiencia suelen coincidir con el olvido en el que su línea editorial a veces ha incurrido, al sustituir el Periodismo en sí, es decir, el versado hacia la sociedad, por el Periodismo para sí, el que se mira el ombligo, se cree un poder por encima de la sociedad y desconoce su función social, su misión como obligado contrapoder y su rendición de cuentas a la sociedad.
Es precisamente de la sociedad de donde la información surge y a la cual ha de devolver organizadamente la información que fundamenta su línea editorial. Con todo, los periódicos y los medios, por muy influyentes que sean o hayan sido, no dejan de ser meros transmisores de información y de opinión, nutridos por profesionales que, a diario y como tantos otros, dedican sus vidas y en muchas ocasiones comprometen las vidas de los suyos y de sus familias, a la mejora de las condiciones, propias y ajenas, de la existencia.