Si nos centramos en lo que significa la hipocresía, nos podemos encontrar con diferentes conceptos; el más detestable es el que produce la falsedad más degradante hacia las personas.
Se fingen con virtudes de las que carecen, dejándose llevar por la corriente de ese río de mentiras, que les conducirá a un lugar de donde no podrán escapar, con su enmarañada falsedad.
Es tan adictiva como la mentira; algunos la emplean para poder sobrevivir, pero siempre son descubiertos a pesar de la negación de quienes la practican, con total avidez.
Unos, con esa prosopopeya que emplean en su vocabulario, llevando unas vidas vacías, con el único fin de trepar a costa de lo que sea, cuando pretenden convencer a sus víctimas previamente elegidas.
Lanzan el anzuelo a sus interlocutores y solo con su palabra son capaces de mostrar su buen hacer, ocultando esos cadáveres que dejan, al conducirlos a la muerte económica, dejándolos abandonados para alimentos de los carroñeros.
Se confían a esas personas con entrega y admiración, piensan que son mejores que ellos, más inteligentes, y creen que están más curtidos en ese asunto a tratar. Les hacen ver que será el gran negocio de su vida, sin darse cuenta de que poseen una doble moral, y el incauto sigue con su entrega económica, confiando y esperando esos positivos resultados.
Cuando las víctimas se dan cuenta, ya es demasiado tarde y se ven involucradas en una preocupante, molesta y peligrosa situación, por falta de liquidez en sus cuentas. Esto ocurre al no recuperar el capital invertido.
Aun así, con una absurda confianza, esperan pacientemente esos ingresos tan necesarios para sanear sus cuentas, que quedan sin ese superávit prometido por ese socio caído del cielo, pero que en realidad venía del mismísimo lado oscuro, a limpiarles sus cuentas.
Son expertos en sus múltiples presentaciones personales para obtener prestigio; así, con engaños, crean estafas. Los estafados, al darse cuenta del engaño y convertirse en víctimas, caen en una frustración que les genera rechazo y desconfianza, costándoles mucho confiar de nuevo, ni siquiera en ellos mismos.
Décadas atrás, esa confianza reinaba entre las personas, que con un apretón de manos eran capaces de hacer ventas millonarias y recibir a cambio lo acordado sin notarios de por medio; luego rubricarían con sus firmas esas compras y ventas en ese despacho que acreditaba fehacientemente lo anteriormente acordado, delante de un notario.
Hoy en el siglo XXI, la hipocresía debe ser añadida a los pecados capitales y contra ese pecado, como virtud, la caridad hoy es otro cantar, y aparece en muchas de las profesiones.
En la práctica musical es más difícil disfrazarla; tiene sonido y el oído de los no iniciados puede no captar la ineficacia del intérprete, no siendo un “lumbreras” en la interpretación, y te das cuenta de que esa armonía crea disonancias insoportables al oído.
Hemos llegado a un punto en que ya no nos asombra nada y se practica la hipocresía a diestro y siniestro, gracias a esos seguidores activos, que lo único que esperan siempre es el pago de la recompensa, por su fidelidad al practicarla.
Cuando la orquesta la dirige un mal director, lo mejor es retirarse a tiempo antes que te pidan que lo hagas, o que te despidan por inepto.
Esta situación se expone en esta historia que me contaron:
No hace mucho tiempo, existió un hecho que a muchos estudiantes y profesores de música, les creó una especie de pena, vergüenza y compasión, cuando un titulado, fué engañado por la avidez de un engreído jefe protector y «para más inri» familiar, un ser insaciable de posesión de adeptos.
Y se valió de su poder, para recomendar a un titulado en la materia como profesor, adornandolo de prebendas a diestro y siniestro, lo cierto es que el poderoso no se preocupo de informarse de cómo se llega, para poder aspirar a ese puesto de privilegio en un conservatorio de música.
Que se supone se logra, por estudio brillantez, mucha práctica y esfuerzo con exámenes, ante reconocidos expertos.
Este poderoso, logró recomendar sin hablar, solo por ser quien era, a un joven sin gracia alguna como intérprete, pero que poseía esa vocación, no era un virtuoso pues llegar a serlo es muy difícil, lo lanzaron entre todos, al abismo de la más triste y profunda historia de frustración.
Lo expusieron y lo destruyeron, se creó el eco por todo el país. Lo cierto es, que ante la vergüenza y el ridículo al que le expusieron todos los serviles al poderoso, desapareció del lugar donde se expuso… Con los sentimientos no se juega, la música es eso, puro sentimiento y quienes son adeptos a los clásicos, no es fácil engañarlos en cuestión de reconocer a los buenos intérpretes.
Herir sensibilidades a los amantes de la música, ayudando a trepar en este caso, sin un concurso previo de las cualidades interpretativas, es la hipocresía más descarada que alguien sin conocimientos musicales es capaz de ejecutar, haciéndole un flaco favor al » inocente aspirante».
Lo dejaron en evidencia, ante todos, profesores, estudiantes de música y amantes de esa hermosa carrera, que en los grados superiores, los exámenes ante el público son, excelentes en muchísimos casos.
Su benefactor fué el Sr Amor. Donde imponía sus deseos, destrozaba a cualquiera que aspirase a su favor, luego los dejaba en la estacada.
Para querer, debes querer mejor, no dejes que zozobren tus amores, estate quieto.
No les des el empujón, que los lanzas al abismo, mientras tú hipócritamente osea mintiendo te salvas. El Sr Amor, ama mal, no sabe, no se informa no aprende y cómo su ego le precede, se lanza en picado, creando víctimas a diestro y siniestro, primero da y luego los «ata» o ejerce de Pilatos.
Con esta historia, muchos estudiantes de música,se sintieron heridos ante semejantes «destrozos» musicales, que sin miedo al ridículo, presentaron al «colocado» ante un público que se sintió engañado, por la práctica de esa hipocresía instalada, de obligado cumplimiento. Solo para todos los que se presentan con la «tarjeta de embarque» después del juramento de silencio y pleitesía.
¡No cometerás la hipocresía, con tus semejantes!
Contra ese pecado, existe una virtud.
Ser leales y verdaderos, con vuestros semejantes.
Entonces, sí se hará el milagro del bien común, ese que hoy no se práctica en absoluto y que es tan importante para hacer crecer la economía de un país y la confianza de los ciudadanos.
Seamos «claros» en nuestras acciones.
Mientras el hipócrita mentiroso, obtenga rédito con sus viles acciones, continuará impasible actuando, creando legiones de afectados.