En la actualidad, presenciamos un fenómeno social y jurídico alarmante: la institucionalización del dolor como moneda de cambio para justificar el ejercicio del poder. Existen despachos que funcionan como cámaras de resonancia, donde la empatía ha sido suplantada por una avidez patológica de denuncias. Estos funcionarios, lejos de actuar como los jueces imparciales que la justicia demanda, han decidido colocarse gringolas invisibles para enfocar su mirada exclusivamente hacia aquellos relatos que sostienen su propia narrativa de salvadores. Se comportan como si fueran dioses del Olimpo, dictaminando destinos desde sus cubiles sin cuestionar si la historia frente a ellos es una farsa. Han perfeccionado el arte de vivir morbosamente del dolor exacerbado, donde la verdad no es un objetivo, sino un estorbo que debe ser removido para que el engranaje de su existencia burocrática funcione sin fricciones.
La expresión popular «ponte mosca» cobra aquí un matiz macabro. Para el funcionario, este estado de alerta significa estar pendiente de cualquier oportunidad para fabricar un caso, absorbiendo la mentira como un axioma para convertirse en esponjas del victimismo fabricado. Pero para el ciudadano acusado falsamente, este mismo estado de alerta es su única vía de supervivencia. Aquí reside la dicotomía trágica: la misma «mosca» que el verdugo utiliza para cazar, es la que debe adoptar la víctima para no ser devorada por una maquinaria que ya ha decidido su culpabilidad. Es como el fruto que puede nutrir o envenenar; la vigilancia es un arma de doble filo donde la verdad acomodaticia se impone sobre los hechos. Esta tensión nos recuerda que estar alerta no es una simple precaución, sino una necesidad vital frente a quienes han hecho de la mentira su estrategia de existencia.
Resulta aterrador observar cómo estos personajes manejan la verdad como si fuera plastilina, moldeándola a su conveniencia. No buscan la justicia, pues ella es incómoda y, a menudo, destruye los esquemas prefabricados que sostienen sus carreras. Como señalaría Hannah Arendt, el mayor peligro surge cuando la sociedad acepta una «verdad» impuesta sin cuestionar el origen del relato, permitiendo que la banalidad del mal se instale en las instituciones. Estas personas no juzgan, simplemente ejecutan un guion donde el denunciante es el héroe y el acusado, el villano necesario. Esta estructura mental, rígida y carente de visión periférica, permite que la mentira se enseñoree y que la justicia se convierta en un teatro de sombras, donde el peso de la ley no recae sobre el culpable, sino sobre quien no encaja en la narrativa dolorosa que el sistema ha decidido proteger y exaltar.
Si no vendemos, desaparecemos: la lógica del mercado de la culpa
Debemos profundizar en el núcleo de esta perversión: la supervivencia por volumen de ventas. Estas instituciones operan como un fondo de comercio que, si no coloca sus productos —entiéndase, si no genera reos, culpables o sentencias condenatorias—, corre el riesgo de ser liquidado por obsolescencia. Existe un pavor institucional a la irrelevancia; si no hay denuncias que procesar ni sujetos que señalar, la oficina carece de justificación social y jurídica. Por ello, garantizan un movimiento perpetuo de expedientes; necesitan que la maquinaria no se detenga. Condenan con voracidad porque, bajo su premisa mercantil, si no vendemos, desaparecemos. Es una existencia injustificable que se mantiene activa mediante la fabricación de culpables, sacrificando la integridad de los inocentes para evitar su propia aniquilación y justificar su presupuesto ante el sistema.
Esta dinámica de mercado impone una gestión por resultados donde la eficacia se mide por la cantidad de «víctimas» atendidas y «agresores» procesados, independientemente de la veracidad de los hechos. Al igual que una empresa que debe cumplir cuotas de mercado, estas instituciones han estandarizado la condena para garantizar su permanencia en la cresta de la ola. La verdad se sacrifica en el altar de la eficiencia institucional. No importa si la denuncia es falsa; lo que importa es que el expediente esté abierto, que la estadística crezca y que la narrativa de peligro constante se mantenga vigente. En este escenario, la mentira no es un error, es un activo financiero que permite a estos «sacerdotes del dolor» cobrar su salario y mantener su prestigio como salvadores de una sociedad que, irónicamente, están destruyendo desde adentro.
La ceguera voluntaria es el rasgo distintivo de estos actores. A diferencia de la mosca, que posee una visión compuesta capaz de percibir el entorno en su magnitud, estos funcionarios han atrofiado su capacidad de discernimiento por decisión propia. Prefieren habitar en su cueva, protegidos por el escudo de una «percepción» subjetiva que ellos mismos han erigido como ley. Para ellos, el dolor ajeno es un recurso, materia prima que procesan para validar su sueldo, su posición y su pretendida superioridad moral. No les importa destruir vidas; al contrario, es ese poder de destrucción el que les confirma que, efectivamente, están allí para «hacer justicia». Su hybris, su desmedida soberbia, les impide ver que el suelo que pisan es movedizo, construido sobre los cimientos de testimonios falsos y una omisión deliberada de la realidad que deberá rendir cuentas.
¿Cómo actuar en tiempos donde la mentira ha desplazado al hecho comprobable? La solución requiere un ejercicio de mayéutica socrática constante: debemos cuestionar, indagar y sacar a la luz la contradicción en el discurso del falso denunciante. No basta con defenderse; hay que exponer la estructura de la mentira. Como ante el dilema de Salomón, hay que obligar a que la verdad se revele mediante la lógica y el desmantelamiento del artificio. Los «falsos dioses» se desmoronan cuando se les confronta con la realidad, no con una narrativa de dolor. Es imperativo denunciar la actuación morbosa de quienes comercian con el sufrimiento, dejando claro que la verdadera justicia no se encuentra en las gringolas de la complacencia, sino en la capacidad de mirar de frente al hecho, desnudándolo de cualquier matiz acomodaticio.
Para concluir, debemos entender que esta batalla es, ante todo, ética y existencial. La verdadera valentía reside en mantener la visión periférica mientras todos a nuestro alrededor se obligan a mirar en una sola dirección. Estar «mosca» es, en última instancia, conservar la lucidez en medio de una neblina de falsedades. No permitiremos que quienes viven del dolor ajeno nos marquen el sendero. Aquellos que se creen dueños del destino de otros amparados en sus cubiles, olvidan que la verdad, por más que intenten zigzaguear para evitarla, siempre termina por encontrar su cauce. La lucha por la justicia es una lucha por la veracidad, y es nuestra responsabilidad denunciar el cinismo de los que han hecho de la mentira una forma de vida institucional, devolviéndole a la justicia su sentido original, alejado del morbo de los falsos profetas.
«La integridad es la piedra angular sobre la cual se construye cualquier sistema de justicia; sin ella, las leyes se convierten en simples herramientas para perpetuar la injusticia bajo la máscara de la moralidad.» — Séneca
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario