Nigeria se ha convertido en el epicentro mundial de la violencia contra cristianos, con cifras que han encendido las alarmas internacionales y reabierto el debate sobre una posible intervención exterior. En medio de esta crisis, distintas organizaciones, líderes religiosos y sectores políticos han intensificado sus llamamientos a Estados Unidos y, en particular, a Donald Trump, para que impulse una respuesta militar urgente frente a los grupos armados responsables de los ataques.
Los datos son contundentes. Según el informe World Watch List 2026 de la ONG Open Doors, 3.490 cristianos fueron asesinados en Nigeria en el último año, lo que representa aproximadamente el 72% de todas las muertes de cristianos por su fe en el mundo. En términos globales, el país africano concentra más víctimas que el resto del planeta combinad .
A estos números se suman episodios recientes de violencia extrema. Solo en una semana de 2025, al menos 85 cristianos murieron en ataques coordinados en el estado de Benue . Desde 2009, algunas estimaciones elevan el número de cristianos asesinados a decenas de miles, en un contexto donde también se han destruido miles de iglesias y comunidades enteras han sido desplazadas.
Ante este escenario, la presión internacional ha ido en aumento. Donald Trump, durante su etapa política más reciente, llegó a amenazar con intervenciones militares directas o bombardeos contra grupos islamistas si el Gobierno nigeriano no frenaba la violencia. Incluso ordenó preparar posibles acciones militares y advirtió que Estados Unidos podría retirar ayudas al país africano.
Estas declaraciones han sido recibidas con esperanza por parte de algunos colectivos cristianos, que consideran que la atención internacional —y especialmente la presión de Washington— podría ser clave para frenar los ataques. En sectores políticos estadounidenses, también se han impulsado medidas como sanciones y restricciones de visado contra responsables de violencia religiosa.
Sin embargo, la situación sobre el terreno es más compleja de lo que sugieren algunos discursos. Expertos y organismos internacionales subrayan que la violencia en Nigeria no responde únicamente a una persecución religiosa sistemática, sino a una combinación de factores: terrorismo yihadista, conflictos entre pastores y agricultores, criminalidad organizada y disputas por recursos naturales.
De hecho, diversos análisis advierten de que tanto cristianos como musulmanes son víctimas de esta espiral de violencia, y que reducir el conflicto a una única causa puede distorsionar su comprensión. El propio Gobierno nigeriano ha rechazado las acusaciones de permitir una persecución dirigida contra cristianos, defendiendo que se trata de una crisis de seguridad generalizada.
Pese a ello, la percepción de abandono entre muchas comunidades cristianas sigue creciendo. En regiones del norte y del llamado “cinturón medio”, iglesias atacadas, secuestros y asesinatos selectivos alimentan la sensación de vulnerabilidad y la demanda de protección internacional.