Desde que Pedro Sánchez asumió la presidencia en 2018, la relación con Estados Unidos ha transitado por una montaña rusa diplomática. El inicio estuvo marcado por la hostilidad de la administración de Donald Trump, quien en la cumbre de la OTAN de Bruselas señaló directamente a España por su bajo presupuesto en defensa. Con un gasto militar estancado en el 0,9% del PIB, muy alejado del objetivo del 2% exigido por la Alianza, el Gobierno español se convirtió en blanco de las críticas públicas de Washington.
La tensión se trasladó al plano económico en 2019 con la implementación de la ‘tasa Google’. Este impuesto a las tecnológicas estadounidenses provocó una respuesta fulminante de la Casa Blanca, que amenazó con imponer aranceles a productos estratégicos como el aceite y el vino. Aunque la llegada de Joe Biden en 2020 suavizó las formas, el comienzo fue frío; el breve encuentro «de pasillo» en la cumbre de 2021 fue visto como un síntoma de la pérdida de peso internacional de España.
El verdadero punto de inflexión se produjo en 2022, durante la cumbre de la OTAN en Madrid. Este evento permitió escenificar una reconciliación estratégica que se materializó en el refuerzo de la base naval de Rota. El acuerdo para aumentar de cuatro a seis los destructores estadounidenses desplegados en suelo español consolidó el papel de España como pieza clave en el flanco sur de la Alianza y supuso un espaldarazo diplomático para el Ejecutivo de Sánchez.
A pesar de esta mejora en la cooperación, la presión de Washington sobre la inversión en defensa ha sido una constante. Estados Unidos ha mantenido su exigencia de que España cumpla con el compromiso del 2% del PIB. Para calmar las aguas, el Gobierno español formalizó en 2024 una hoja de ruta para alcanzar dicha cifra en el año 2029, un movimiento que, aunque valorado en Washington, sigue siendo visto con escepticismo por los aliados más exigentes debido a su carácter tardío.
En la actualidad, la relación se define por una cooperación pragmática pero exigente. El tablero internacional, marcado por la inestabilidad global, obliga a España a equilibrar su política interna con las demandas de liderazgo de Estados Unidos. Tras un ciclo de tensiones económicas y desencuentros personales, la alianza estratégica parece haberse estabilizado, supeditada siempre al cumplimiento de los compromisos militares adquiridos con la Alianza Atlántica.